Vivir de expectativas

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“Imaginémonos cosas chingonas”, Javier “Chicharito Hernández.

La conclusión del  campeonato mundial de fútbol Rusia 2018 y el incontrovertible resultado electoral del pasado primero de julio deberían propiciar que poco a poco volvamos a situarnos en la realidad. Sin embargo, lo prolongado del impasse entre la elección y la toma de posesión, especialmente del presidente electo, provocan que sigamos viviendo en el mundo de las especulaciones y las expectativas.

Mucho se ha hablado y dicho respecto de cómo será el Gobierno de López Obrador y, aunque, como nunca antes, podemos adelantar el conocimiento y perfiles de quienes, todo indica, habrán de ser sus colaboradores más cercanos, la realidad es que aún navegamos en el proceloso mar de la incertidumbre.

Hasta ahora hemos sido receptores de una serie de comunicados y declaraciones que en buena medida podríamos identificar como un listado de buenas intenciones, pero que no dejan de sonar un tanto utópicas o cuando menos muy difíciles de concretar.

El leitmotiv de la campaña electoral del ahora virtual presidente electo, fue sin duda la lucha contra la corrupción y desde luego no puede haber ciudadano, con cuando menos dos dedos de frente, que pueda válidamente oponerse a esa noble intención. A lo largo de todo el tiempo previo a la elección Andrés Manuel López Obrador no dejó de  insistir en el tema y de identificarlo como su mayor objetivo. En pocas palabras, la corrupción es la madre y razón de todos los vicios de nuestro sistema político y hay que acabar con ella a como dé lugar.

La premisa es, sin duda, impecable y prácticamente no deja lugar a dudas, sin embargo deja trunco el análisis sobre las causas y el origen de tales prácticas y de un fenómeno tan arraigado en nuestra sociedad, que hay quienes lo han identificado como parte de nuestra idiosincracia e incluso de nuestra cultura. Poco se ha hablado de las causas, centrándose la discusión más bien en los efectos de tales prácticas nocivas y sus diversas variantes. La mordida, el moche y el tráfico de influencias, son solamente algunas de las cabezas de ese monstruo multiforme y escurridizo que es la corrupción.

El virtual presidente electo y el equipo que lo acompaña en la transición, algunos de ellos de innegable talento y brillantísima trayectoria como la ministra en retiro Olga Sánchez Cordero señalada para ocupar la Secretaría de Gobernación -que en otros países equivale al ministerio del interior-, han dado a conocer algunos de los planes que buscarán abatir las oscuras prácticas que tanto han costado al país a lo largo de la historia.

La centralización de las compras del sector gubernamental a través de la Secretaría de Hacienda, el traslado de diversas carteras gubernamentales al interior del país, la disminución de sueldos, prestaciones y privilegios de los altos funcionarios y la disminución del número de estos, son algunas de las medidas que  buscarán no solo ahorrar de forma importante el gasto gubernamental, sino también abatir las prácticas corruptas de quienes formen parte del aparato oficial.

En teoría todo suena muy bien, el llevarlo a la práctica es lo que a priori se antoja, cuando menos, complicado pues se echa  de menos una base educativa y de comportamiento social que facilite tales buenas intenciones para poder materializarse en los hechos.

Reducir a la mitad los salarios de quienes ocupen los puestos más altos en el Gobierno, a la par de privarlos de las prestaciones a que han estado habituados durante años, exigirá de los servidores públicos una probada disposición de trabajo más allá de sus capacidades y conocimientos y de cualquier pretensión material.

Quienes por amor a la patria y auténtica vocación por el servicio público estén dispuestos a colocarse en esa tesitura deberán, en teoría, cubrir de su sueldo los costos  derivados de su seguridad personal y la de sus familias, pagar sus gastos en telefonía celular, gasolinas, casetas de peaje y seguro de gastos médicos privado, salvo que deseen recurrir a los servicios de seguridad social a que tengan derecho como trabajadores del Estado. Deberán también, tener claro que ni ellos ni sus colaboradores podrán valerse del poder y de la influencia que derive de sus funciones de gobierno para obtener beneficio alguno más allá de su salario y prestaciones básicas.

En un país, en el que durante siglos, trabajar en el gobierno ha sido sinónimo de prebendas y beneficios extralegales, tales supuestos se antojan un tanto cuanto utópicos, aunque no por ello debieran ser imposibles.

¿Cómo sembrar y arraigar en la huestes del nuevo presidente, que habrán de ejercer como autoridad a partir de diciembre tales principios? ¿Bastará acaso con el buen ejemplo del primer mandatario y de su círculo cercano? ¿Quién será el eficiente funcionario que haga las funciones de ese “Gran Hermano” que vigile y supervise que nadie se salga del redil y que, en su caso, aplique de forma ejemplar todo el rigor de la ley a quienes pretendan hacerlo?

Identificar y atacar las causas así como el origen de estas malas prácticas será, sin duda fundamental para poder disminuirlas y eventualmente acabarlas, pero sin duda la raíz está en la educación en valores sociales. Revertirlas tomará sin duda mucho tiempo, pero no por ello se debe renunciar a intentarlo y a buscar comenzar a hacerlo.

Por lo pronto y de aquí a principios de diciembre seguiremos viviendo de las expectativas y por qué no, como dice el “Chicharito” imaginándonos cosas chingonas, esperando llegar más allá de las buenas intenciones.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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