En vida y post mortem, la dramática historia del conquistador español Hernán Cortés

"Árbol de la Noche Triste"
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El cuerpo de Hernán Cortés, el conquistador que instauró tres siglos de dominio de la corona española en México, yace olvidado en una iglesia de la capital mexicana, mientras se levanta un nuevo debate sobre su legado.

La historia de cómo llegó a este lugar es tan dramática como la misma conquista, iniciada hace 500 años, cuando Cortés, un talentoso y astuto aventurero nacido en el seno de una familia relativamente pobre zarpó para conquistar el imperio azteca.

Esa colisión violenta entre el nuevo y el viejo mundo emergió a las primeras planas de los diarios esta semana, cuando el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, le pidió al rey de España y al papa Francisco que se disculparan por los “agravios” de la conquista.

El gobierno español rechazó la propuesta mientras el Vaticano dijo que consideraba el asunto cerrado, al señalar numerosas disculpas hechas por varios papas.

En tanto, los restos del héroe español que inició todo yacen olvidados en la capital mexicana, en un silencioso recuerdo para ambos países de su pasado en común.

“Los restos de Cortés han tenido una historia muy compleja y novelesca, que merecería un programa especial”, dijo a la AFP el historiador Miguel Pastrana, de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En sus treinta años, Cortés era un hombre listo y rebelde, cuando inició la conquista en 1519 al desobedecer a su jefe, el gobernador de Cuba Diego de Velázquez, quien le había pedido quedarse en la isla.

Al llegar a tierra firme destruyó sus propias embarcaciones dejando a su ejército sin más opción que quedarse a colonizar.

Con la ayuda de caballos, espadas, pistolas y la viruela -desconocida en el Nuevo Mundo en esa época-, así como con alianzas con grupos indígenas, Cortés derrotó al imperio azteca en 1521, y lo reclamó para España.

Cortés gobernó la nueva colonia durante varios años, pero hasta su muerte tuvo problemas legales y malas relaciones causadas por desafiar a la nobleza.

Murió en España en 1547 casi a los 62 años, enfermo y endeudado.

En un último deseo, pidió a su familia construir un convento en el sur de la Ciudad de México y enterrarlo ahí. Eso nunca sucedió.

Réplica del mural “El encuentro entre Moctezuma II y Hernán Cortés”  en el Templo de Jesús Nazareno e Inmaculada Concepción, donde descansan los restos del conquistador 

Los herederos de Cortés lo enterraron en un mausoleo de un monasterio de Sevilla y tres años después lo movieron a una tumba cercana cuando otro noble necesitaba el espacio.

Eso fue solo el inicio.

“Los restos son llevados de un lugar a otro”, dice el cronista y periodista Héctor de Mauleón.

La familia de Cortés lo envió después a la entonces Nueva España en 1566, y fue enterrado cerca de su madre en una iglesia al norte de Ciudad de México.

En 1629, el último heredero varón de Cortés murió y el gobierno colonial ordenó que fuera enterrado junto con el conquistador en un monasterio franciscano de la capital.

Los restos de Cortés fueron posteriormente transferidos al altar principal del monasterio y guardados bajo llave.

En 1790 fueron movidos de nuevo a una tumba dentro de una iglesia adyacente al Hospital de Jesús, el primer hospital de América, que Cortés fundó.

Sin embargo, en 1810 México declaró su independencia de España y la obtuvo 11 sangrientos años después.

Para 1823, Ciudad de México estaba inflamada de panfletos que pedían perseguir a los españoles “y que los restos de Cortés fueran exhumados, arrastrados por la calle y pateados”, dice De Mauleón.

El escritor e historiador conservador Lucas Alamán decidió que eso no sucediera. Entró a la iglesia y retiró los restos de Cortés y por más de un siglo, su destino fue un misterio.

En 1946, un refugiado de la guerra civil española y un estudiante cubano invitaron al historiador Francisco de la Maza a una junta secreta. Le dijeron que tenían una carta que dejó Alamán con un mapa que llevaba hacia los restos de Cortés.

Estaban a solo unos metros de donde Alamán los había sacado, sellados dentro de un muro en la misma iglesia.

Con permiso del gobierno, De la Maza lideró una excavación secreta y encontró lo que los expertos confirmaron era el cuerpo de Cortés.

El hallazgo era distinto a la imagen que se tiene del conquistador.

“Era una persona a la que solo le quedaba un diente, que tenía varias heridas recibidas en combate y de alguna manera los huesos minados al parecer por la acción de una enfermedad venérea”, dice De Mauleón.

El gobierno ordenó que el cuerpo fuera devuelto a ese mismo punto con una placa discreta que dice: “Hernán Cortés, 1485-1547”.

Pastrana criticó el reclamo del presidente mexicano a España -dos países que no existían en ese momento- y dijo que la idea de los buenos indios contra los malvados conquistadores es simplista.

“Son personajes que debemos entender, que comprender en su enorme complejidad”, dijo.

(AFP)

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