Trump busca una estrategia de ataque (y un apodo) para Buttigieg

Pete Buttigieg. Foto: Matthew Cavanaugh/Getty Images/AFP
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“Joe el Dormilón”, “Pocahontas” y el “Loco Bernie” son los apodos con los que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, intenta ridiculizar a sus potenciales rivales Joe Biden, Elizabeth Warren y Bernie Sanders.

Pero un recién llegado, Pete Buttigieg, el único treintañero en la interna demócrata, por ahora se ha salvado de los ataques y el ingenio ácido del mandatario.

“A (Buttigieg) le está yendo muy bien esta noche. La está haciendo difícil de ganar para el Loco Bernie. ¡Muy interesante!”, escribió el martes por la tarde noche, al cierre de las primarias de New Hampshire, en un tuit inusualmente medido para alguien acostumbrado a lanzar insultos a diestra y siniestra.

¿No considera todavía al “Alcalde Pete” como un candidato creíble? ¿Aún no ha encontrado la manera de enfrentar a esta nueva cara del paisaje político estadounidense a quien prácticamente dobla en edad? ¿Está precisando una estrategia para atacar a un rival que tiende su mano a los independientes y a los “futuros exrepublicanos”?

Para el historiador Julian Zelizer, de la Universidad de Princeton, está claro que si el exalcalde de South Bend sigue este rumbo ascendente se convertirá muy pronto en un blanco favorito del millonario republicano.

“Cuandoquiera que Trump ve una amenaza, él ataca a la amenaza”, dice Zelizer a la AFP. “Estará observando y se desatará si esto se intensifica”.

Falta establecer qué flanco elegirá el magnate inmobiliario para atacar a Buttigieg.

¿Su nombre, difícil de pronunciar?

Trump ya ha jugado esta carta desde el podio en sus actos de campaña, fingiendo enredarse al decir su apellido. Pero el joven político despejó la cancha desde el momento que anunció su candidatura, con una jocosa explicación de cómo pronunciar el nombre de su familia.

¿Su falta de experiencia?

Buttigieg, con 38 años, jamás resultó electo para un escaño en el Congreso, y su experiencia como gobernante se reduce a la gestión, durante ocho años, de una ciudad de 100 mil habitantes, South Bend, en el estado de Indiana, donde nació.

Trump puede estar tentado a utilizar este argumento en contra del exalcalde, tanto como lo han esgrimido los rivales de Buttigieg en la interna demócrata, pero deberá tener cuidado.

“He visto caerme cosas mucho peores que un tuit lleno de errores”, ha dicho en varias oportunidades el joven candidato, que cuenta en su currículum con haber servido al ejército estadounidense en Afganistán.

“Estoy listo para enfrentar a Donald Trump porque cuando llegue al discurso duro y se golpee el pecho, tendrá que pararse al lado de un veterano de guerra estadounidense y explicar cómo fingió que una osteopatía le impedía alistarse en el ejército”, dijo en enero, en referencia a reportes sobre varios certificados para posponer su incorporación y evitar un reclutamiento que lo hubiese llevado a Vietnam.

¿La religión?

El llamado del “Alcalde Pete” a los cristianos estadounidenses no se le pasa por alto a Trump, quien encontró en esa masa de votantes un elemento clave en su triunfo electoral de 2016.

A principios de enero, delante de centenas de votantes evangélicos en Miami, Trump ironizó sobre la fe de Buttigieg: “Ahora de pronto se ha vuelto extremadamente religioso, esto ocurrió hace unas dos semanas”, dijo el presidente.

La respuesta del candidato demócrata fue mordaz: “Estoy bastante seguro de que he sido creyente más tiempo de lo que él ha sido republicano”.

¿Su homosexualidad?

Frente al primer candidato abiertamente homosexual con una chance seria de obtener la nominación de un gran partido, ¿qué tan lejos irá Trump?

“Nada está fuera de los límites para el presidente”, dice Zelizer. “Podría provocar una reacción negativa, aunque hemos visto al presidente cruzar constantemente esas fronteras sin ninguna clase de repercusión desde su propio partido”.

“Si Buttigieg es el nominado, el asunto de su matrimonio gay seguro estará en el centro del debate”, dice Larry Sabato, profesor de ciencia política en la Universidad de Virginia. “Pero Trump puede dejar que los líderes evangélicos cristianos hagan en este caso el trabajo sucio por él”, agrega.

Por último, está la cuestión, central en la estrategia de Trump, de un apodo, una herramienta poco digna de su investidura pero muy eficaz entre su seguidores.

“Crooked Hillary” (“Deshonesta Hillary”), “Lyin’ Ted” (“Ted el Mentiroso”), “Sleepy Joe” (“Joe el Dormilón”), “Crazy Bernie” (“Loco Bernie”), “Shifty Schiff” (“Schiff el Engañoso”), “Cryin’ Chuck” (“Chuck el Llorón”), “Pocahontas” (una alusión a la hija del jefe de una tribu india del siglo XVII), “Mini-Mike” (“Mike Miniatura”)… republicanos o demócratas, sus oponentes han sido bautizados con fórmulas que han resonado entre los acólitos del millonario (aunque pierden chispa y sonoridad en la traducción).

“Tengo pequeños sobrenombres para cada uno de ellos”, dijo un entusiasmado Trump hace algunos días. Pero la afirmación es incorrecta. Buttigieg todavía no tiene el suyo.

En la primavera boreal de 2019, el presidente intentó comparar al benjamín de la carrera demócrata con Alfred E. Neuman, el personaje de orejas grandes y sonrisa exagerada que es símbolo de la revista satírica Mad.

Pero Trump erró en su intento: no todos comprendieron la alusión y el “Alcalde Pete” no dejó pasar la oportunidad.

“Seré honesto, tuve que googlear eso”, respondió. “Supongo que es una cuestión generacional. No entendí la referencia”.

(AFP)

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