Todas las mañanas del mundo

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Todas las mañanas del mudo son caminos sin retorno. Y la única evidencia que tenemos de que eso ocurre es nuestro corazón, esa parte de nuestro ser que da sonido. Es nuestro ritmo inicial, el marcador de las misteriosas formas en las que se manifiesta el tiempo.

Si la música es y ha sido una revelación superior que nos hace sentir la presencia de lo invisible; si es, como quiso el poeta, la arquitectura donde habitan las emociones; si sólo puede vivir de manera constante y silenciosa en nuestra memoria o en los mudos signos negros que penden de un pentagrama; si nos exalta y nos pacifica, y al escuchar su último acorde deja de existir; si es capaz de mostrarnos ante otros como una fotografía, como un baumanómetro o como un escaneo digital por preferir ésta o aquella canción; si dice lo que callo y calla  lo que digo; si es más real que cualquier espíritu aunque como ellos sea invisible; si sólo en el presente existe ¿por qué no sabemos cuál fue su origen?

No es una locura afirmar que quien conoce nuestros gustos musicales, nuestro soundtrack interior puede conocernos más que cualquier psicólogo, o que nuestros padres o amigos.

Esta aritmética sonora nos ha enseñado que sentir es una forma de conocimiento; que si el lenguaje es la expresión más inmediata del pensamiento, ésta empieza cuando terminan las palabras.

Hace unos días leí un libro que me acercó a la música por un camino no sonoro, a través de una vida novelada como no me había ocurrido. Se titula “Todas las mañanas del mundo” y su autor Pascal Quignard. Es un libro de apenas un centenar de páginas que el novelista habrá escrito o corregido treinta o cuarenta veces.

Cada palabra, cada párrafo es un ensamble que nos cuenta la historia de un músico casi invisible, el señor de Saint Colombe un fantástico compositor del siglo XVII cuya maestría llegó a oídos del rey quien quiso incorporarlo a su corte. Saint Colombe rechazó la oferta porque le importaba la música y no el fasto.

Gracias a uno de sus discípulos, Marin Marais, sobrevive su nombre y el reconocimiento de su maestría. Marais, hijo de un zapatero, quería ser músico y por su esfuerzo logró incorporarse al selecto grupo de intérpretes del Rey. Pero quería ser el mejor y por eso acudió a Saint Colombe para que fuera su maestro de viola.

El retrato de Quinard es espléndido. Perfecto sin rebuscamientos. Es la prosa sometida al esmeril para que no se note, para que nos asomemos a los días del genio de ese ser irascible y violento que cambió las palabras por la música.

Muerta su mujer, conversó con ella tensando el arco de su viola de siete cuerdas y lo que le dijo con sus notas fue de tal intensidad que quienes lo escucharon intentaron retenerlas en un pentagrama.

Saint Colombe estaba tan ocupado con la música que no le importaba escribir aquellos aires que han sido para algunos los más bellos del mundo. Quería con sus arias despertar a los muertos.

Quignard se parece un poco a su personaje. Fue organista y estudioso de la música clásica. Estudió filosofía con Lévinas y Lyotard, fue lector de Gallimard durante 18 años y director del Festival de Ópera de Versalles invitado por Françoise Mitterrand. Pero un día dejó todo eso para ponerse a escribir para fortuna nuestra.

“Todas las mañanas del mundo” también se hizo película. Quignard colaboró en el guión y fue dirigida por Alain Corneau. Pocas veces novela y película van de la mano.

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