Toda la verdad, Karen Cleveland

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Vivian Miller es una brillante analista de contrainteligencia de la CIA, donde se encarga de destapar células de espías rusos encubiertos en Estados Unidos. Tras acceder a la computadora de un posible agente, Vivian descubre un archivo con cinco fotografías. Un clic más tarde, su vida se detiene: quien le sonríe desde una de las imágenes es su marido. Marido perfecto. Padre perfecto. ¿Perfecto mentiroso?

«Todos devoraremos este excelente debut, saltándonos el almuerzo, perdiendo horas de sueño, pasando sus páginas hasta el final, quedándonos con ganas de más». John Grisham.

Karen Cleveland colaboró con el FBI y ha trabajado como analista en la CIA durante ocho años, los seis últimos especializada en la lucha contra el terrorismo. Estudió en el Trinity College de Dublín, con una beca Fullbright, y en la Universidad de Harvard. Vive en el norte de Virginia, Estados Unidos, con su marido y sus dos hijos pequeños. Toda la verdad, es su primera novela.

Fragmento:

—Malas noticias, Viv. Oigo la voz de Matt, unas palabras que horrorizarían a cualquiera, pero el tono es tranquilizador. Desenfadado, como de disculpa. Es algo malo, seguro, pero que se puede solucionar. Si fuera algo malo de verdad, su voz sería más grave. Utilizaría una frase completa, un nombre completo: «Tengo malas noticias, Vivian».

Sujeto el teléfono con el hombro, ruedo con la silla hasta el otro lado de la mesa con forma de ele, hasta el ordenador, que se halla centrado bajo los armarios altos y grises. Llevo el cursor hasta el icono con forma de búho de la pantalla y hago clic dos veces. Si es lo que creo que es —lo que sé que es—, no estaré mucho aquí trabajando. —¿Bella? —pregunto.

La vista se me va a uno de los dibujos hechos con pinturas que están afianzados con chinchetas de colores a las altas paredes del cubículo, una nota de color en medio de este mar gris. —Treinta y ocho y unas décimas. Cierro los ojos y respiro hondo. No nos pilla por sorpresa. La mitad de los de su clase han estado enfermos, han ido cayendo como fichas de dominó, así que sólo era cuestión de tiempo. Los niños de cuatro años se contagian con mucha facilidad. Pero ¿hoy? ¿Tenía que pasar hoy? —¿Alguno más? —Sólo la fiebre. —Hace una pausa—. Lo siento, Viv. Parecía que estaba bien cuando la he dejado. Trago saliva a pesar del nudo que noto en la garganta y asiento, aunque Matt no me ve.

Cualquier otro día iría él a buscarla. Puede trabajar desde casa, al menos en teoría. Yo no, y agoté todos mis días libres cuando nacieron los gemelos. Pero Matt está llevando a Caleb al centro para la última ronda de citas médicas. Hace semanas que me siento culpable por no poder estar, y ahora no estaré y además seguiré tomándome un día que no tengo. —Llegaré antes de una hora —aseguro. Según las normas, disponemos de una hora desde el momento en que nos llaman. Si tenemos en cuenta lo que se tarda en llegar allí y el paseo hasta el  coche —está en los confines de los vastos aparcamientos de Langley—, dispongo de unos quince minutos para dar por concluida la jornada.

Quince minutos más que añadir a mi saldo negativo. Miro de reojo el reloj de la esquina de la pantalla —las diez y siete minutos— y a continuación me fijo en la taza de Starbucks que tengo junto al codo derecho, el vapor que escapa por el orificio que hay en la tapa de plástico. Un gusto que me he dado, un capricho para celebrar este día que tanto tiempo llevaba esperando, un chute de energía para hacer más llevaderas las tediosas horas que se avecinaban. Unos minutos preciosos desperdiciados en una cola que podría haber empleado en examinar los archivos informáticos.

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