Tiempos de intolerancia

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Estamos viviendo una época insólita. La tecnología en todos los ámbitos avanza a una velocidad casi imposible de seguir. Las comunicaciones y el intercambio de información son cada vez más rápidos y lo serán aún más en el futuro cercano. Las denominadas aplicaciones o simplemente apps”, que no son sino programas de cómputo cada vez más sofisticados y que podemos instalar con rapidez en cualquier tipo de dispositivo móvil, como los teléfonos celulares o las tabletas electrónicas, nos permiten realizar una serie de actividades hasta hace poco inimaginables de una forma cada vez más sencilla y como se dice en el lenguaje tecnológico de manera amigable e intuitiva.

Dentro de esa vorágine existen la denominadas redes sociales, también cada vez en mayor número y para todos los gustos y necesidades. A través de ellas nos comunicamos ya sea con nuestro círculo de familiares, amigos y conocidos, como en el caso de Facebook o con el mundo entero como es el caso de Twitter o Instagram. Las hay para contactos profesionales como LinkedIn o para buscar pareja o simplemente ligar como Tinder. Otras aplicaciones como WhatsApp, Telegram o WeChat han sustituido a las formas tradicionales de comunicación escrita dada su inmediatez y facilidad para intercambiar no solo mensajes sino también fotografías, videos, archivos de voz, música, etc., en cuestión de segundos.

Pareciera en principio que todo lo anterior es positivo y bueno para una sociedad ávida de información y que no quiere perder tiempo en nada. Todo debe ser ágil e inmediato. De las redes sociales, Twitter en especial es una ventana al mundo, podemos seguir y mandar mensajes al exterior de nuestro círculo inmediato y recibir réplicas prácticamente de cualquier persona pública o privada. Lo que pudiera aparentar ser una herramienta para la democracia en todo el mundo que permite leer y escuchar toda clase de opiniones y puntos de vista sobre cualquier tema, se ha tornado sin embargo en un instrumento para acosar, acusar, hostigar, descalificar, insultar y amenazar a próximos y lejanos, a conocidos y a desconocidos. El surgimiento de los denominados bots y de los famosos trolls, han intoxicado a estas nuevas formas de comunicación, tornándolas en sitios que por analogía podrían parecerse a barrios de mala muerte, lugares peligrosos e inhóspitos a los que vale más la pena no acercarse.

En pocas palabras, la intolerancia ha vuelto por sus fueros. Todas las formas de extremismo están presentes en Twitter, y si bien existen ciertas reglas de uso para esta red social, la realidad es que son fácilmente burladas por muchos de los usuarios y por quienes patrocinan auténticas campañas de odio. En los últimos meses, muchas personas cuyos pensamientos e ideas son importantes de darse a conocer, han decidido cerrar sus cuentas en esta red social y muchas más entran a ellas cada vez con menos frecuencia. Esa intolerancia por desgracia permea hacia otros ámbitos de la convivencia social.

Cabría cuestionarnos si Twitter cuyo objetivo en principio podría pensarse como algo bueno, ha ayudado más bien a crear monstruos que fomentan el odio y la violencia hacia formas de pensamiento distintas de las suyas.

¿Cambiarán las reglas o habrá una evolución hacia algo más constructivo y provechoso? Si no es así es posible que Twitter acabe desapareciendo o siendo utilizada solamente por fanáticos  promotores de la discordia y por los masoquistas que sigan dispuestos a leer sus mensajes.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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