“El testamento del Dragón”, Homero Aridjis

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«Adiós, voy a encontrarme conmigo mismo”.

Todo poeta está hecho de sus amores, de sus obsesiones, de sus lecturas y de sus predecesores.

En este libro inclasificable, que es una suerte de diccionario personal, Homero Aridjis reúne los temas que han influido su obra poética y narrativa: el amor, las posibilidades de la palabra, el misticismo, la literatura antigua y la moderna, Dios, los dioses, la Edad Media, Mesoamérica, sexo, muerte, valores humanos, Biblia, cábala judía, zombis… Los aforismos y las breves anécdotas se conjugan con recuerdos personales, referencias literarias, poemas propios y traducciones de otros poetas, y reflexiones ordenados en entradas temáticas de la A a la Z, que llevan al lector a un paseo por el íntimo mundo creativo de Aridjis, donde el Dragón es una “serpiente de muchos años, que con la edad ha venido a crecer desaforadamente; y algunos dicen que a los tales les nacen alas y pies en la forma que los pintan”.

Vital, fervorosa, nostálgica, amorosa, y al mismo tiempo un remanso de recuerdos y sabiduría acumulados tras varios años de lecturas y dedicación a la escritura, esta obra es la autobiografía de un poeta, novelista y diplomático reconocido por su independencia intelectual, creatividad literaria y comprometido con los problemas que aquejan el mundo moderno.

Es un acto de fe en sus creencias y valores humanos, donde sus lectores encontrarán una guía de las ideas y experiencias que han dado sustento a su particular mundo literario donde la herencia azteca y maya dialogan con la herencia clásica y bíblica, emergiendo una profunda reflexión sobre el destino inmediato de la naturaleza y, a través de ella, sobre el destino de la humanidad.

Fragmentos de El testamento del Dragón

¿De dónde salió Dios?, preguntaba el peluquero de mi pueblo al maestro de escuela, y éste no podía contestar. Hasta que años después, haciéndome yo mismo esa pregunta, una voz dentro de mí, contestó: “Dios salió de las profundidades de Sí Mismo, del Uno que se gestó en su Yo, del Alma que se animó en espacios interiores durante milenios de inmensa soledad y de eones de profundo silencio”. En un relato procedente de textos sagrados del antiguo Egipto se dice que, antes de toda creación, Atum-Ra, el antiguo dios-sol de Heliópolis, estaba sumergido en el océano primordial con los dioses potenciales. Y Atum dijo: “Yo estaba solo e inerte en el Nouou, yo no encontraba sitio donde ponerme de pie o pudiera sentarme. La ciudad de Heliópolis no había sido creada… Fue mi hijo, Vida, que me hizo consciente y que hizo vivir mi corazón, luego que reunió mis miembros, hasta entonces inmóviles”. En ese momento El creador, solo, confundido con el océano primordial en una presencia única, suscitó su vida: “Yo soy Nouou, el Único, el Sin-Parecido, he llevado mi cuerpo a la existencia gracias a mi poder mágico.

Yo me he creado a mí mismo, yo me he constituido según mi deseo…”. El Sol surgió del magma líquido por su propia voluntad, en una fuente luminosa: “Yo soy el Eterno, yo soy Re que ha salido de Nouou… Yo soy el dueño de la luz”. Por eso he pensado que el acto de convertirse la palabra en luz tomó milenios; quizás, eones, y que el proceso fue como un largo amanecer en el espacio, un alumbramiento de la oscuridad, un nacimiento del Ser en el vientre cósmico. Así comenzó la poesía del Ser.

Como Dios como el alma, diría San Agustín. Por lo que a mí respecta, concuerdo con San Juan de la Cruz, que el centro del alma es Dios. Y dichosa el alma a la que Dios hablare. Pues cuando percibí la presencia del alma en mí, la fuerza misteriosa que impulsaba mi ser al movimiento, fue el momento más grave de mi vida. Si bien, mi alma existió antes de que yo naciera y seguirá existiendo después que me haya ido, tal vez, en otros cuerpos, en otras existencias, en otros espacios terrestres o estelares, seré parte de su espacio. Y así como la mujer en la hora del parto siente tristeza, pero después no conserva recuerdo de su angustia; así yo, en el parto de la muerte, nacido en otra parte, espero no guardar recuerdo de mi angustia.

El juego del ajedrez puede inducir a la locura. Arreola sufría de insomnio y de migrañas estudiando variantes. Como en el problema de ajedrez en Alicia a través del espejo, donde en el tablero trastrocado aparecen tres reinas, en una lógica ilógica fantaseada por Lewis Carroll, los problemas planteados en los manuales de ajedrez lo dejaban abatido en el laberinto de las posibilidades; pues en el juego de nunca acabar la partida podía reiniciarse mañana, encontrándose de nuevo los adversarios en el juego disputado ayer. Entretanto, él recitaba versos de López Velarde: “Fuensanta: dame todas las lágrimas del mar. Mis ojos están secos y yo sufro unas inmensas ganas de llorar”.

Había un patio cuadrado en el edificio donde él vivía en los años cincuenta, y lo pintó con cuadros negros y blancos para jugar ajedrez con piezas humanas. Arreola decía: “En el momento en que las negras y las blancas están en su lugar, y mi adversario juega cuatro peón rey, se detiene el mundo para mí y todo el espacio del universo se contrae hasta medir ocho casillas por ocho. El tiempo deja de existir, a menos, claro, que se juegue con reloj reglamentario, y se pongan límites a los jugadores que cavilan demasiado sus movimientos. Por eso he puesto relojes en las mesas”.

Asomadas al tablero sus hijas Claudia y Fuensanta nos miraban jugar, mientras yo me sentía como el caballero en El séptimo sello, de Bergman, que juega contra la muerte una partida de ajedrez, los alfiles moviéndose en diagonal sobre un color, eludiendo el escaque que controlaba la Reina negra, la gran igualadora de jugadores y piezas.

Hay hombres que aman a una mujer en todas, y otros que aman a todas en una sola.

Cuando la multitud tiene prisa, el cojo va delante.

“¿Cómo oye a la multitud?”, le pregunté a Borges ciego en un cocktail en el Center of Interamerican Relations. “Como un monstruo de mil cabezas que habla al mismo tiempo”. “¿O como un monstruo cotidiano fascinado por su propio ruido?”. “Las dos cosas”, replicó él.

La descripción de la multitud en el Infierno parece actual respecto a las multitudes que aparecieron en Londres en el siglo XX, y sobre los gentíos del siglo XXI. Las imágenes dantescas vienen a mi mente ante las muchedumbres de Nueva York, Nueva Delhi, Londres y el DF. En la estación Tacubaya, en cuyos corredores transitan cientos de miles de personas diariamente, me he sentido tragado por los gentíos camino del más allá. Tacubaya, sofocante y alucinante, es un símbolo del tráfico humano. Cuando se deambula por esa pesadilla demográfica en las horas pico de la mañana o de la tarde, uno se siente abrumado por ese mar de caras y zapatos, y de sudada humanidad, que aquí y allá choca consigo misma. La vista de esta aglomeración promiscua de cuerpos, ojos y bocas que se abre paso en un espacio claustrofóbico, buscando salidas del laberinto de carne y hueso en que está atrapada, en que estamos atrapados, me hace exclamar: “Caminamos ya en el futuro”.

Delirio en Veracruz

“¿Adónde ha ido la ternura?

Le preguntó al espejo

del Hotel Baltimore, cuarto 216.

La ternura estuvo aquí, en este cuarto, en este lugar,

su forma vista, sus gritos escuchados por ti.

¿Soy yo acaso… el espectro del amor que solías reflejar?

Ahora con un fondo de tequila, colillas y cuellos sucios,

perborato de sodio, y una página emborronada

para los difuntos y el teléfono sordo, descolgado”.

Rabioso destrozó todos los vidrios de la pieza.

(Calcularon los daños en 50 dólares).

Malcolm Lowry.

El despertador para qué lo quiero, si marca un tiempo que no es mío, un tiempo ahorrado para el otro; una hora, un minuto, un segundo que se ahogan en lagunas mentales. El ruido que marca no está siquiera sincronizado con otros ruidos, siempre hay algún reloj que se adelanta o se atrasa, o se quedó dormido. He acomodado mi vida a instantes sucesivos, pero ellos no me han acomodado a su paso, ignorando mi existencia. Aunque no use relojes no pasará nada, ellos seguirán marcando un tiempo ajeno.

Las diosas madres. Ancestrales, toscas, boludas, esculpidas en marfil, talladas en madera, barro o piedra como la Dama de Brassempouy, la de Willendorf o la estatuilla de Ucrania como un falo; hasta las diosas mesopotámicas, egipcias, cicládicas y la imponente Diana de Éfeso; las más antiguas de ellas —no diré las prehistóricas, porque siempre hubo historias, orales, escritas, pintadas, esculpidas—, en sus momentos biológicos, concepción y maternidad, transformadas a través de las épocas, ellas son nuestras Madonnas, nuestras Evas. Y nuestras bellezas, como las de la Grecia mitológica y las Venus de Tiziano. Desde la abstracción a la geomotrización del cuerpo, desde las graciosas miniaturas de Chupícuaro a las madres Yorubas de Nigeria, amantes o sacrificadoras, y hasta feroces, como Coatlicue y Kali (adornadas con cráneos), nos han provocado fervor y horror.

El diplomático es una criatura extraña que va por el mundo inflado de sí mismo. Si le picas la barriga con una aguja no le sale sangre, no le sale agua, no le sale aserrín, no le sale harina, le sale aire, puro aire.

Cómo pintar la noche. El objeto que está enteramente privado de luz es totalmente tenebroso, siendo la noche de esta condición. Si tú quieres representar una historia, harás que exista un gran fuego, y las cosas cercanas a dicho fuego retendrán más su color, porque la cosa que está más vecina al objeto, más participa de su naturaleza, y haciendo que el fuego desprenda color fuego, conseguirás que todas las cosas iluminadas se enrojezcan, y las que están más alejadas de dicho fuego, conserven en mayor medida el color de la noche.

Leonardo da Vinci, Tratado de pintura.

El único equivalente de un ojo es otro ojo, y cuando dos ojos se miran se completan uno a otro.

Los ojos vienen en pares, se encuentran en pares y en pares se hacen y deshacen en amor y en odio.

Los ojos con los que tú miras no son los ojos con los que yo te veo, pues viendo las mismas cosas miramos cosas distintas.

Cuando los ojos interiores se abren en un sueño, el alma ve a su Ego.

Ojos que no has de beber, déjalos correr.

Al andar el poeta convierte en frases los pasos. Las esquinas son puntos seguidos. El cambio de calle es un punto y aparte. Las consonantes son piedras (piedras colocadas en las banquetas, en el horizonte mental). Algunas piedras son rodadas, otras fundamentales. La luz que se retira parece un cuerpo que se convierte en sombra, en nada. “El olvido acecha en todos lados, hasta en las piedras”, me dije un día, volviendo sobre mis pasos para recoger un papel con palabras mías dejado sobre una mesa en el café Tirol. “En el horno de los días se cuece el pan, el pan de la pobreza, el hambre y el horror”.

El periódico es el mantel sangriento con que el hombre moderno toma su desayuno.

Los mejores planes de los hombres los roen los ratones.

William Shakespeare.

Plegarias. Precariar es, en religión, lo que pensar es en filosofía. Precariar es hacer religión; los sermones no deberían ser jamás más que oraciones, auténticas plegarias. Novalis, Los fragmentos.

El poema como el relámpago como el orgasmo como una descarga eléctrica es de breve duración, provoca un sacudimiento interior y exterior que nos deja como el cuerpo quemado.

El autor

Nació en Contepec, Michoacán. Su vasta obra de poesía, narrativa, ensayo, dramaturgia y literatura infantil ha sido traducida a quince idiomas y ha sido reconocida con importantes premios literarios en México, Italia, Francia, Serbia y Estados Unidos, como el Xavier Villaurrutia, el Diana-Novedades, el Grinzane Cavour, el Roger Caillois, la Llave de Oro de Smederevo y el Eréndira.

Exembajador de México en los Países Bajos, Suiza y la UNESCO, durante seis años fue presidente internacional del PEN Internacional, del cual es presidente emérito. Fundador del Grupo de los Cien, por su labor como ambientalista recibió el Premio Global 500 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el John Hay Award de la Orion Society, la “Fuerza de la Naturaleza” del Natural Resources Defense Council y el Premio del Milenio para Liderazgo Internacional en el Medio Ambiente de Mikhail Gorbachev y Global Green.

Ganador de la beca Guggenheim en dos ocasiones, ha sido profesor en las universidades de Indiana, New York, Columbia y California (Irvine). Su última novela es Carne de Dios, y su más reciente libro de poesía es Diario de sueños.

Editorial Alfaguara

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