Tecnología contra la democracia

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La irrupción de las nuevas tecnologías en la vida diaria de la sociedad actual es innegable y aplastante.

Difícilmente podríamos imaginar nuestra existencia y el desarrollo del trabajo en la mayor parte de los campos del conocimiento humano, sin la existencia de los satélites artificiales y de la inmediatez de las comunicaciones y del acceso a la información que supone el internet por mencionar sólo algunos ejemplos.

Lo dicho es tan evidente que se vuelve un lugar común.

Diariamente se desarrollan nuevas aplicaciones, programas y formas de uso y se encuentran nuevas posibilidades para almacenar, procesar, interpretar y transmitir el contenido de bases de datos cada vez más grandes.

Desde la agricultura y la medicina hasta el deporte, el entretenimiento y cualquier área del saber, la tecnología informática está presente, tanto para el bien como para el mal.

Los famosos “hackers”, expertos en descifrar claves y en romper códigos de seguridad, trabajan lo mismo para empresas y gobiernos que buscan resguardar la seguridad de su información, como para el bando contrario que intenta acceder a bases de datos cuyo contenido puede llegar a valer cientos de millones de dólares dependiendo del uso que se pretenda darles.

El campo de la política no es la excepción, aunque nos encontremos con contradicciones y paradojas que serían difíciles de explicar en países con democracias más desarrolladas, pero que en México pasan a formar parte del surrealismo que nos caracteriza y eso hace que se perciban casi como normales.

La posibilidad para acceder a cargos de elección popular sin el apoyo de ningún partido político, es decir el que pudieran haber candidaturas ciudadanas independientes, es un tema que durante años fue tratado casi como un tabú, pero que la presión social logró vencer hace apenas poco tiempo.

Todavía para la elección presidencial de 2012 el ex canciller Jorge Castañeda buscó por todos los medios legales lograr una candidatura independiente sin éxito alguno. Su lucha sin embargo, dado el ruido que generó y la difusión que los medios de información le dieron al intento, coadyuvó junto con el reclamo de diversos grupos de la sociedad civil, para que al poco tiempo se generaran cambios legales que abrieran esta posibilidad. Sin embargo, los candados y requisitos para lograrlo son ridículos y prácticamente imposibles de cumplir.

La resistencia de los partidos políticos clásicos, principales benefactores del presupuesto electoral y de innumerables prebendas y beneficios, han hecho especialmente tortuoso el camino de quienes se han aventurado a buscar una candidatura ciudadana independiente.

Un ejemplo claro de ello es la ya famosa aplicación (app) que el Instituto Nacional Electoral (INE), diseñó y puso en funcionamiento para que los aspirantes a una candidatura independiente a la Presidencia de la República, puedan reunir los casi 900 mil apoyos certificados, que cada uno necesita acreditar, para conseguir que su nombre aparezca en las boletas electorales el día de la votación.

Lo que en principio podría haberse interpretado como un avance, en realidad ha constituido un retroceso. Prácticamente todos los aspirantes ciudadanos han puesto en evidencia lo tortuoso que resulta el proceso para registrar los apoyos en la aplicación a través de teléfonos celulares de los conocidos como “smartphones” además de que el tiempo concedido para conseguirlo es también absurdamente corto, pues supone recabar apoyos a un ritmo de aproximadamente 200 por hora las 24 horas los 7 días de la semana.

El INE ha buscado justificar por todos los medios las bondades y ventajas de la metodología, pero es evidente que la misma no funciona y que lo más seguro es que sean muy pocos, si no es que ninguno de quienes lo están intentando, los que logren conseguir finalmente los mentados apoyos.

La señal de internet no es estable en todo el territorio nacional y hay muchos sitios donde ni siquiera llega, eso se sabe y se sabía desde antes. Luego entonces el método es claramente inoperante en muchas zonas del país.

En segundo lugar, el INE no ha explicado con claridad cómo resguardará la confidencialidad de la información de los electores que prácticamente estarán haciendo un voto anticipado al proporcionar sus datos personales y los de su credencial para votar para apoyar al ciudadano de su preferencia. El INE sabe ya de antemano si usted o yo somos simpatizantes de “El Bronco”, de Margarita Zavala, de Ríos Piter, de Pedro Ferriz o de Marichuy, la candidata zapatista.

¿Qué valor representa esa información para los partidos políticos y qué uso faccioso podría dársele a la misma? El INE dice que la información está segura y que nadie tendrá acceso a ella. ¿Usted le cree?

Por otra parte, nada se ha dicho hasta ahora de la posibilidad de utilizar urnas electrónicas para votar el día la elección, lo cual proporcionaría por primera vez en la historia la posibilidad de conocer los  resultados electorales de manera inmediata y sin posibilidad de que se alteraran con posterioridad las actas, de que se robaran las urnas, los paquetes electorales o las boletas. Para ello existe ya en el mundo tecnología probada y aprobada. ¿Por qué no se hace?

Si la razón es económica, lo cierto es que no es un buen pretexto ante la irracional cantidad de millones de pesos que el Estado gasta en cada proceso electoral, en campañas publicitarias, recursos a los partidos políticos, papelería electoral y todo el andamiaje que supone cada elección.

La tecnología es indispensable y desde luego positiva si se utiliza con inteligencia y de buena fe. De otro modo no es más que un instrumento más para la inseguridad jurídica y el abuso del poder.

La autoridad electoral debe terminar por reconocer que su aplicación para el registro de apoyos a candidatos independientes es muy deficiente y que lo que se necesita es abrir algún otro tipo de plataforma, -informática también-, a la que el elector que lo desee pueda acceder desde cualquier computadora, tablet o teléfono y dar de alta sus datos para apoyar a quien mejor le parezca. De otra manera sólo quedará en evidencia la perversidad del proceso.

 

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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