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Antes de que Hollywood descubriera  que las películas de fantasmas más que un género cinematográfico  son toda una industria, un oficinista de migración, que terminó convertido en vendedor de llantas, decidió escribir hace más de medio siglo una historia de fantasmas, donde el diálogo con los muertos fuera el santo y seña de los personajes.

En los cuarenta Juan Rulfo ya había escrito una novela de más de mil páginas pero la desechó por retórica y alambicada. Se llamó, se llamaría, “El hijo del desconsuelo”.

Por fortuna Rulfo persistió en su intento:  publicó varios cuentos, algunos de los cuales incluyó en su libro “El llano en llamas” y en 1955 dio a conocer la que sería  su primera novela que se convertiría en la última: “Pedro Páramo”.

Las nuevas técnicas narrativas utilizadas por Rulfo fueron motivo de críticas y entusiasmos. A un crítico consagrado como Ali Chumacero le pareció una historia demasiado confusa y desordenada pero Mariana Frenk Westheim no dudó en traducirla al alemán de manera inmediata.

Para muchos el misterio de Rulfo fue su silencio, el conformarse con haber publicado sólo dos libros,  pero el verdadero misterio es, me parece, que un libro de cuentos y una novela puestos a circular hace más de medio siglo le bastaron para asegurarse un sitio de privilegio en esa esa eternidad que sólo pueden otorgar los lectores.

Si el tema de “Pedro Páramo” es el regreso, la trama interna de la novela es la huida, la migración forzada por el hambre y la violencia. Si Pedro Páramo es el cacique de Comala, que deja un mundo miserable, los nuevos autócratas  son los narcos que se apoderan de municipios y regiones.

La soberanía del dinero, el poder tangible, es el Atila que con los cascos de sus caballos desertifica la tierra.

 

Rulfo fue un un maestro en la técnica literaria pero sobre todo tuvo el genio para contarnos la odisea que significan las migraciones. Es un tema que conocemos desde la antigüedad y no ha cesado. Los migrantes que dejaron todo para sobrevivir cuando regresan sólo encuentran ruinas y escuchan susurrar a los fantasmas.

Convertido en fantasma como los habitantes de Comala Juan Rulfo  sigue tan presente como ellos. Tan actual como cuando conversamos con los muertos en ese páramo que a veces nos entregan los sueños.

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