Septiembre, telúrico

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El mes de septiembre ha tenido significación especial para los mexicanos desde hace más de doscientos años. Ha sido llamado el “mes de la patria” por la cantidad de efemérides que se festejan durante su transcurso por el calendario. Pero más allá de las festividades cívicas que nos nutren de pretextos para celebrar una idiosincrasia que, en los hechos, suele ser más bien ajena a los valores que celebra, otros sucesos nos han obligado a hacerlo recordable.

Desde el terremoto del 19 de septiembre de 1985 que sembró el luto en miles de hogares en diversas partes de nuestro territorio, el noveno mes del año pasó a ser conmemorativo de una toma de conciencia que hizo evidente nuestra fragilidad humana y también la de las instituciones públicas. Por otra parte, y de manera positiva hizo aflorar el alma solidaria de cientos de miles de ciudadanos que se solidarizaron en apoyo a las víctimas y damnificados, materializada en ayuda y apoyos de toda índole tanto en las labores de rescate como en la posterior reconstrucción.

La reacción del Estado, como sabemos, fue lenta y tardía. Para cuando el entonces presidente De la Madrid asomó la cabeza fuera de la residencia oficial de Los Pinos, la sociedad civil ya se había organizado de manera eficaz en beneficio de los afectados. Un México doliente pero compasivo y generoso surgió de entre los escombros de cientos de construcciones derruidas.

Nadie podría haber imaginado que en el mismo mes pero treinta y dos años después, las dantescas escenas habrían de repetirse, primero el día 7 y luego el mismo 19, como si se tratara de un castigo mitológico recurrente.

El espíritu solidario del pueblo volvió a hacerse presente frente a la desgracia y si bien las autoridades parecían estar mejor preparadas y reaccionaron con mayor celeridad que en el 85, volvieron a ser rebasadas por mucho, por los ciudadanos de a pie, que organizados casi de forma instantánea en brigadas y grupos de apoyo ocurrieron al auxilio de los necesitados.

A casi un año de esa nueva y terrible repetición de la experiencia, ha habido sin embargo varios eventos que después de los sismos volvieron a darse de forma casi idéntica que poco más de tres décadas atrás. Abusos, engaños y ayuda ofrecida que sigue sin llegar.

De los apoyos ofrecidos por el Gobierno a los damnificados, cientos de ellos fueron desviados, robados o simplemente nunca se otorgaron.

Numerosos reportajes dan cuenta al día de hoy, que muchos de los recursos que en principio debieron ser destinados para la reconstrucción de viviendas, edificios públicos, hospitales, escuelas y sitios históricos no llegaron a su destino.

Para colmo, de entre los pocos que los recibieron total o parcialmente, varios han sido víctimas de estafas de supuestos contratistas y constructores que mediante mecanismos y contratos fraudulentos les han robado su dinero. Gran parte de la ayuda material se extravió en el camino o fue desviada para favorecer intereses político electorales de partidos y gobernantes sin escrúpulos.

El mes de septiembre no debe ser solamente recordatorio de que la tragedia vive a la vuelta de la esquina y de que nadie puede estar totalmente a salvo de lo embates de la naturaleza a la que también hemos descuidado tanto. El mes patrio debiera ser sin duda ocasión para no olvidar a los afectados que siguen sufriendo las consecuencias del burocratismo y de la corrupción. Un motivo más para desterrar la impunidad y buscar vencer a la corrupción.

Que el valor de la generosidad de la mayoría de los mexicanos de buena voluntad, no se vea desvirtuado por la rapiña de unos cuantos.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014