Septiembre, mes de orgullo y de pruebas

Durante el fin de semana se olvidaron de fiestas y de antros para desvelarse y madrugar esta vez, ayudando incondicionalmente sin distinción de sectores sociales u origen socioeconómico.

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“Hoy hace un buen día para hablar

de todos los que están aquí

trazando el bienestar de todo aquel que vendrá,

como precederá la aurora al sol de diario

como sabemos que mañana será igual,

y así se ha venido haciendo con los años

que transcurren y se van”.

Fernando Delgadillo

El mes de septiembre ha sido para México desde hace más de 200 años, el periodo del año que representa el orgullo de nuestra identidad nacional.

A lo largo del mes celebramos las fechas que conmemoran tanto el inicio como la consumación de la guerra de Independencia que dio origen a nuestra nación.

Recordamos de igual modo la gesta heroica de quienes defendieron nuestro territorio ante la invasión norteamericana de 1847, representados en la figura de los Niños Héroes y se conmemora también la anexión definitiva del estado de Chiapas a México, tras haber formado parte de Guatemala en los años inmediatamente posteriores a la Independencia.

Septiembre es, sin embargo, también recordatorio de tragedias y eventos naturales que han hecho despertar la conciencia y la grandeza de nuestra idiosincrasia como sociedad a lo largo de los años.

Desde el gran terremoto del 85, pasando por una docena de huracanes como Gilberto en el 1988, hasta los más recientes de apenas un par de semanas y el sismo del 07 de septiembre, cada vez que la naturaleza pareciera querer ensañarse con nuestro pueblo, el mismo reacciona de manera impresionante y se agiganta ante la desgracia en forma de cientos de miles de manos, voluntades y corazones en beneficio de quienes lo requieren.

Esta vez no ha sido la excepción.

Lo vimos desde el primer momento y antes de que las autoridades reaccionaran, lo cual, es de reconocerse, ocurrió con rapidez en comparación con la inacción y el pasmo que las caracterizó hace 32 años.

En México, hasta lo imposible puede ocurrir y ante la prácticamente nula posibilidad de que un terremoto de esta naturaleza volviese a repetirse en la misma fecha, el hecho se dio como si de una dramática cita se tratase.

Pero con la misma puntualidad y prisa, la sociedad civil volvió a acudir al llamado de los caídos en desgracia, aunque en esta ocasión, no solamente quienes teníamos el recuerdo de los aciagos días del 85 reaccionamos.

Esta vez nos acompaña con la energía de su edad y la fortaleza de su juventud la generación de los “millennials” de quien hasta ahora muchos habían desconfiado.

Para la gran mayoría de ellos éste ha sido su primer encuentro con el dolor y con la muerte de manera cruda y directa.

A pesar de que nadie los había preparado para ello, su respuesta fue inmediata y sin cuestionamientos.

Esta vez las redes sociales y la tecnología propia de los gadgets que ellos dominan, ha sido el instrumento que les ha permitido comunicarse y formar grupos de ayuda, interactuando entre sí para formar brigadas de apoyo y de recolección así como para hacer llegar lo necesario a donde se solicita.

Pero no ha sido sólo eso, ninguno ha rehuido a utilizar sus manos para remover escombros ni para cargar pesadas herramientas y materiales, jóvenes mujeres y hombres por igual.

Durante el fin de semana se olvidaron de fiestas y de antros para desvelarse y madrugar esta vez, ayudando incondicionalmente sin distinción de sectores sociales u origen socioeconómico.

La reacción de los muchachos ha sido como la germinación de una semilla que revienta y que puede significar una enorme esperanza para México.

El país requiere del amor y de la solidaridad de todos los que hemos tenido el privilegio de nacer aquí.

El movimiento surgido hace apenas unos días puede ser una señal tangible de la energía que necesitamos para que las nuevas generaciones puedan gozar del país que merecemos.

Sin embargo, el reto más grande vendrá en las próximas semanas y en los meses siguientes.

La emergencia dejará de ser novedad y la rutina volverá poco a poco.

No obstante ello, como lo vivimos en el pasado, seguirán habiendo miles de personas sin hogar y niños sin escuelas.

La labor de reconstrucción será ardua y prolongada.

En ese proceso se pondrá realmente a prueba el temple de nuestra sociedad en su conjunto.

Cuando haya sido recuperado el último cuerpo de entre los escombros y las lágrimas comiencen a secarse, el trabajo por los vivos deberá continuar.

Una de las mayores pruebas deberá pasarla también la clase política del país que se verá obligada a demostrar que está dispuesta a sacrificar los recursos económicos de las campañas en favor de la reconstrucción y evitar que la ayuda se convierta en botín de sus intereses.

Las elecciones serán entonces la mejor herramienta para determinar si podemos llegar a tener un gobierno digno de la grandeza de una sociedad que nuevamente se ha comportado a la altura de circunstancias tan graves como las que la naturaleza nos ha impuesto en los últimos tiempos.

Ya sabemos que juntos podemos nuevamente, como el Ave Fénix, resurgir de entre los escombros y los muchachos de las nuevas generaciones ahora también los saben.

¡Que no se apague esta llama de amor por lo nuestro y por los nuestros!

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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JOSE EUGENIO CASTAÑEDA ESCOBEDO LICENCIADO EN DERECHO POR LA UNIVERSIDAD PANAMERICANA DE LA CDMX PROFESOR DE DERECHO CIVIL Y MERCANTIL DESDE HACE 25 AÑOS. NOTARIO PUBLICO 211 DEL DISTRITO FEDERAL DESDE 1994. COLABORADOR EDITORIAL DE EL MAÑANERO DEL 2004 AL 2010 COLABORADOR EDITORIAL DEL PERIODICO EL FINANCIERO DE 2006 AL 2014