“El Salvaje”, Guillermo Arriaga

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Esta ambiciosa novela confirma a Arriaga como uno de los escritores más potentes, intensos y originales de la literatura contemporánea.

A sus diecisiete años Juan Guillermo se ha quedado huérfano y completamente solo. Tres años atrás, Carlos, su hermano mayor, ha sido asesinado por unos fanáticos religiosos; abatidos por el pesar, sus padres y su abuela mueren.

En el extremo de la rabia y la desesperación, Juan Guillermo jura vengarse. El problema es que los jóvenes religiosos están muy bien organizados, gozan del respaldo de gente poderosa, portan armas, han entrenado artes marciales y, para colmo, están coludidos con Zurita, un comandante de la policía judicial. Con esta permanente sensación de vendetta convive una entrañable historia de amor que impide que el protagonista se deslice hacia el vórtice de la autodestrucción.

En paralelo corre la historia de Amaruq, un hombre que en los helados bosques del Yukón se obsesiona en perseguir a un lobo y cuya travesía lo conduce hacia las profundidades de la locura y la muerte.

Otros autores han opinado:

“Entonces, una mañana del 2000, en la página de cultura del Washington Post vi una foto gigantesca de Guillermo; abajo, en letras de un millón de puntos, se anunciaba la exclusiva con el escritor más candente de México, que pasaba por Estados Unidos promoviendo Amores perros“. -Álvaro Enrigue, Letras Libres

“Un autor absolutamente único. Una novela palpitante”. -Guadalupe Nettel-

“El Salvaje es uno de los mejores libros que he leído, no sólo en este sino en los últimos años”. -Santiago Gamboa-

                                       Fragmento

Sangre

Desperté a las siete de la noche después de una larga siesta. Hacía calor. Un verano demasiado caliente para una ciudad casi siempre fría. Mi cuarto se encontraba en la planta baja. Mi padre lo había construido con tablas de madera aglomerada junto al baño de visitas. Sin ventanas, iluminado por un foco pelón que colgaba de un alambre. Un catre, un buró pequeño.

Los demás habitaban en la planta alta. A través de las paredes de solo dos centímetros de grosor podía escuchar su trajín diario. Sus voces, sus pasos, sus silencios.

Me levanté sudando. Abrí la puerta del cuarto y salí. Toda mi familia se hallaba en la casa. Mi abuela, sentada en el sofá café, veía un programa de concursos en la televisión, un mueble enorme que ocupaba la mitad de la estancia. Mi madre, en la cocina, preparaba la cena. Mi padre, sentado en el comedor, revisaba los folletos de su viaje a Europa. Era el primer vuelo trasatlántico de cualquier miembro de nuestra familia. Mis padres viajarían a Madrid la mañana siguiente y por dos meses recorrerían varios países. Acuclillado, mi hermano Carlos, seis años mayor que yo, acariciaba al King, nuestro perro, un bóxer leonado con una notoria cicatriz en el belfo izquierdo, producto de una cuchillada que un borracho le sorrajó cuando de cachorro le brincó encima para jugar. Dentro de su jaula, Whisky y Vodka, los periquitos australianos, saltaban ansiosos de una percha a otra en espera de que mi abuela los cubriera con un trapo para poder dormirse.

A menudo sueño con esa imagen de mi familia al despertar de esa siesta. Fue la última vez que los vi juntos. A lo largo de los siguientes cuatro años todos estarían muertos. Mi hermano, mis padres, mi abuela, los periquitos, el King.

La primera muerte, la de mi hermano Carlos, llegó veintiún días después de esa noche. A partir de entonces mi familia se precipitó en un alud de muerte. Muerte más muerte más muerte.

Tuve dos hermanos. Los dos murieron por mi culpa. Y si no fui culpable del todo, al menos sí fui responsable.

Compartí con otro esa caverna llamada útero. Durante ocho meses un gemelo idéntico a mí creció a mi lado. Ambos escuchamos al unísono los latidos del corazón de nuestra madre, nos alimentamos de la misma sangre, flotamos en el mismo líquido, rozamos nuestras manos, pies, cabezas. Hoy, las resonancias magnéticas demuestran que los gemelos luchan por ganar espacio dentro del vientre materno. Son peleas violentas, fieramente territoriales, sin tregua, en las cuales uno de los gemelos termina por imponerse.

Las convulsiones dentro de su vientre mi madre no debió considerarlas como parte de una feroz batalla. En su mente las gemelas (ella pensaba que eran niñas) cohabitaban en armonía. No era así. En una de esas escaramuzas uterinas arrinconé a mi hermano al límite de la matriz hasta provocar que se enredara con su cordón umbilical. La trampa quedó tendida: en cada movimiento el cordón se fue tensando alrededor de su cuello, asfixiándolo.

La pelea terminó cuatro semanas antes de cumplirse los nueve meses de embarazo. Sin saberlo, mi madre se convirtió en el féretro de uno de sus gemelos. Durante ocho días cargó el cadáver en lo profundo de sus entrañas. Los jugos de la muerte inundaron el saco amniótico y emponzoñaron la sangre que me nutría.

Mi hermano, a quien vencí en la fetal pelea, cobró venganza. Casi me mata. Cuando el ginecólogo auscultó a mi madre, quien llegó a su consultorio quejándose de una indigestión, percibió el latido de un solo corazón que se debilitaba segundo a segundo. El médico dejó el estetoscopio y volteó hacia ella.

—Tenemos que practicarle una cesárea.

—¿Cuándo, doctor?

—Ahora.

La llevaron al hospital directo al quirófano. Con urgencia cortaron la línea cesariana. Sacaron el cuerpo tumefacto de mi hermano y luego a mí boqueando como un renacuajo fuera del fango.

Necesité trasfusiones sanguíneas. Envenenado por mi hermano requerí tiempo para destilar mi sangre y permitir que las toxinas se eliminaran. Estuve internado en el hospital dieciocho días.

En el lapso de los seis años que me lleva Carlos, mi madre tuvo tres abortos espontáneos. Dos niñas y un niño. Ninguno pasó de los cinco meses de gestación. Con el afán de concebir un hijo que pudiera sobrevivir esos fatídicos cinco meses y que el embarazo llegara a buen término, consultaron un médico tras otro y se sometieron a varios tratamientos. Desde hierbas hasta ejercicios pélvicos, de inyecciones de hormonas a intervalos de duchas frías y calientes, de medición de temperatura basal a posturas sexuales. Alguno debió resultar porque permitió mi llegada al mundo.

Mis padres regresaron a la casa devastados. Mi madre entró en depresión. No quiso atenderme ni alimentarme. Mi padre me rechazó. Presente en la cirugía en la que nací, arrastrado a la sala de operaciones por el caos y la velocidad de los hechos, se asqueó con la peste a cadáver impregnada en la piel de su hijo recién nacido.

Durante años dormí en un cuarto con dos cunas. Mis padres guardaron el trajecito en neutro amarillo destinado a mi hermano/hermana para cuando saliera del hospital. Lo extendieron sobre la que debió ser su cuna. A veces, por las noches, prendían el móvil infantil con figuras de jirafas y elefantes que colgaba del techo. El móvil giraba en la oscuridad con sus luces de estrellas, distrayendo una cuna vacía y una madre absorta.

Mi abuela paterna llegó a mi rescate. Se mudó a la casa cuando descubrió cuánta repulsa les provocaba a mis padres. Se dio a la tarea de darme el biberón, cambiarme los pañales, vestirme, hasta que mi madre despertó de su prolongado letargo y la naturaleza le devolvió el instinto materno cuando yo estaba por cumplir un año.

Algunos niños crecen con amigos invisibles, yo crecí con un hermano invisible. Como mis padres se aseguraron de que conociera a detalle la historia del malogrado parto, me sentí responsable de su muerte. Para subsanar la culpa jugué durante años con el fantasma de mi gemelo. Compartí con él mis juguetes, le conté mis miedos y mis sueños. En la cama siempre dejé espacio para que se acostara a mi lado. Y percibía su respiración, su calor. Cuando me miraba en el espejo sabía que él habría poseído las mismas facciones, el mismo color de ojos, el mismo cabello, la misma estatura, las mismas manos. ¿Mismas manos? Si una gitana le leyera las líneas de la palma de la mano ¿dirían lo mismo que las mías?

Mis padres lo llamaron Juan José, a mí Juan Guillermo. En la lápida de su diminuta tumba pusieron como fecha de su muerte la misma fecha de su nacimiento. Una mentira: Juan José había muerto una semana antes. Nunca nació. Nunca sobrepasó la etapa acuática, su condición de pez.

Crecí obsesionado con mi sangre. Mi abuela recalcó varias veces que yo había sobrevivido gracias a la generosa donación de seres anónimos que vertieron en mi corriente sanguínea sus glóbulos rojos, sus plaquetas, sus leucocitos, su hemoglobina, su ADN, sus preocupaciones, su pasado, su adrenalina, sus pesadillas. Durante años viví con la certeza de que dentro de mí habitaban otros seres, su sangre mezclada con la mía.

En una ocasión, ya adolescente, pensé en buscar la lista de donadores para agradecerles por haberme salvado la vida. Un tío me reveló una verdad que hubiese preferido no conocer: “Darles las gracias de qué, si los cabrones cobraron carísimo cada mililitro de sangre” (fue hasta años después que se prohibió el comercio con la sangre). No hubo donadores generosos, sino gente desesperada por vender su sangre. Jeringas extrayendo el petróleo de la vida de cuerpos marchitos, vencidos. Me desilusionó saberme nutrido por mercenarios.

A los nueve años vi correr mi sangre por primera vez. Jugaba futbol en la calle con mis amigos de la cuadra, cuando se voló el balón a casa de un abogado alcohólico y divorciado que cada vez que descendía de su automóvil dejaba ver una pistola escuadra fajada a su cintura. Las bardas de la casa estaban cubiertas por enredaderas y en la parte superior había pedazos de botellas rotas incrustados para disuadir a quien intentara traspasarlas. Como el abogado nunca estaba, se me hizo fácil trepar por entre las enredaderas, librar los vidrios afilados y saltar por el balón. La ida fue fácil, al regreso trepé de nuevo y al brincar hacia la acera sentí que mi pantalón se rasgaba. Caí al piso y me incorporé. Mis amigos me miraron, pasmados. Por mi pantalón roto empezó a chorrear sangre. Revisé mi pierna y descubrí una rajada profunda de la cual borbotaba un chisguete rojo. Abrí la herida con mis manos. Al fondo se veía un objeto blancuzco. Pensé que era un trozo de vidrio o algo que me había clavado. Era mi fémur. Empecé a ver negro. Por suerte una vecina llegó justo en el momento en que me senté sobre la banqueta, mareado y lívido, con un charco carmesí bajo mis pies. La mujer me cargó, me arrojó al asiento trasero de su Ford 200 y me llevó a una clínica de cuarta sobre la avenida Ermita Ixtapalapa, a diez minutos de distancia.

De nuevo trasfusiones. Más sangre de desconocidos. Un nuevo ejército de mercenarios bombeado por los ventrículos de mi corazón: prostitutas, dipsómanos, madres solteras, adolescentes calenturientos en busca de dinero para pagar una tarde de hotel, oficinistas despedidos y sin empleo, albañiles tratando de darles de comer a sus hijos, obreros completando para el gasto, adictos desesperados por una dosis. La marginalidad irrigando mis arterias.

El médico que me operó dijo que la mía era una herida de torero, que justo así los pitones penetran los muslos de los matadores y les cercenan la femoral, tal como se me cercenó a mí. Dio la casualidad que este médico había sido ayudante de cirugía en la Plaza México. En la lóbrega sala de operaciones de la inmunda clínica a la que me llevaron, él supo exactamente cómo suturar la femoral desgarrada. La destreza del médico y la pronta reacción de la mujer que me rescató impidieron que la vida se me escurriera por la pierna.

Estuve internado quince días. La clínica solo disponía de cuatro camas. En una de ellas dormían alternándose mi abuela, mi madre y mi hermano. A veces llegaban borrachos severamente intoxicados o heridos en accidentes de automóvil. Una tarde llegó un hombre al que habían acuchillado en el estómago y que se salvó también por las dotes quirúrgicas del joven médico.

Fue durante las noches que Carlos se quedó a velarme que realmente nos conocimos uno al otro. Los seis años y meses que nos llevábamos nos habían impedido convivir. Esa vasta distancia de edad se acortó en las horas que hablamos durante las madrugadas, en que se preocupó porque mi herida drenara, porque las enfermeras no olvidaran administrarme los antibióticos, por ayudarme a ir al baño, por limpiar con una esponja la extensa rajada que recorría mi pierna. Con genuino celo vigiló mi recuperación. Caí en la cuenta de que con él también había compartido el oscuro útero de nuestra madre, que éramos miembros de la misma nación de sangre. Del hermano invisible —Juan José— pasé al hermano visible —Carlos—. Descubrí que mi verdadero gemelo había nacido seis años y medio antes que yo y nos hicimos inseparables.

Durante dos meses el médico no me permitió cargar objetos pesados, agacharme o caminar, ni siquiera con muletas. Como mis padres no disponían de dinero para pagar una silla de ruedas, me montaban en una carretilla para llevarme hasta el salón de clases.

El primer día que pude salir por mi propio pie fui a buscar la mancha de sangre que quedó dibujada sobre la banqueta. Contemplé esa mariposa negra trazada por las muchas sangres de mi sangre, un recordatorio de la vida que casi se me vacía en el asfalto.

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