Salud mental: ¿Se puede hacer mucho con poco?

DEPRESSION ILLUSTRATION. JACOPIN / BSIP
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A pesar de la contundente evidencia que nos han brindado los investigadores en la epidemiología de los trastornos mentales a lo largo de varias décadas, poco se ha logrado en lo referente al presupuesto asignado para su atención.

En 2017, el presupuesto asignado en México para la atención de la salud mental fue del 2.2 por ciento del total del presupuesto de la Secretaría de Salud.

La cifra de 2 mil 586 millones de pesos alcanza para muy poco; la mayor parte se destina para dos rubros, a saber: Prevención y atención contra las adicciones y Atención a la salud. Una mínima proporción se dirige a la Prevención y control de este tipo de enfermedades.

Si bien los porcentajes para la salud mental en diversos países oscilan en general entre un 2 y un 5 por ciento, la situación cambia si se le observa desde el porcentaje del PIB que cada país le otorga a la atención de la salud.

Hay una gran desproporción entre la frecuencia con que se presentan los padecimientos mentales y el gasto que se dedica a ellos.

Pensemos por ejemplo que, según los estudios de Medina-Mora y colaboradores, una de cada tres personas presentará un trastorno mental a lo largo de su vida.

Los trastornos psiquiátricos más frecuentes en nuestro país los encabeza la ansiedad; en segundo lugar, las adicciones; y en tercer lugar, la depresión (14.3 por ciento, 9.2 por ciento y 9.1 por ciento, respectivamente).

Si bien existe la noción de que los trastornos mentales son “difíciles de evidenciar” en comparación con otros padecimientos de la medicina, su forma de afectación es a través de la funcionalidad de las personas.

En el caso de la depresión, por ejemplo, se trata del padecimiento más incapacitante que existe, no solo dentro de la gama de padecimientos mentales, sino de todas las enfermedades en general.

Y es que la depresión como tal, no duele como una apendicitis, pero genera una grave alteración en el funcionamiento habitual de las personas. Esta afectación a nivel laboral se manifiesta como “presentismo”, es decir, la persona acude a trabajar, pero en realidad no realiza las actividades que se esperan de ella. Y sucede además que no solo se trata del padecimiento más incapacitante que existe, sino que además sabemos que en los últimos años presenta una tendencia a aumentar.

Pero de nuevo cabe la pregunta: ¿Por qué no se dedican más recursos para la atención de la salud mental?

El problema tal vez no tenga que ver con una respuesta específica, sino que tal vez los profesionales de la salud mental no hemos sabido plantear específicamente las preguntas pertinentes, o bien, no hemos hecho los esfuerzos suficientes por hacer que nuestros argumentos sean escuchados.

De nuevo, el cuestionamiento tendrá que hacerse basándose en las evidencias que la investigación nos ha brindado.

Si tomamos en cuenta que los padecimientos mentales son frecuentes y que afectan el funcionamiento de las personas, entonces será posible inferir que esta disfuncionalidad se relacionará con la falta de productividad, y esta a su vez, con pérdidas cuantiosas en la economía de una comunidad.

Existen otras implicaciones muy delicadas en caso de no voltear la mirada hacia la salud mental.

La gran mayoría de los trastornos mentales hacen su aparición en la adolescencia. Y también es en la adolescencia que dan inicio las adicciones, cuyo inicio está sucediendo cada vez más temprano y cada vez más equiparada entre hombres y mujeres. Tampoco es difícil intuir el impacto que tiene en una sociedad en la que una quinta parte de su población se encuentra expuesta a los riesgos crecientes de la exposición a drogas en un cerebro que aún no termina de desarrollarse.

Los retos de la salud mental son una parte importante de los retos de cualquier sociedad que pretende evolucionar a pesar de un mundo más violento y complejo.

Desdeñar la salud mental es lo mismo que negar que la última finalidad de cada sociedad sea el bienestar de sus ciudadanos.

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