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Delfina Gómez, candidata de Morena al Estado de México tiene dos poderosos enemigos: Andrés Manuel López Obrador e Higinio Martínez.

El primero, no solo opera como dirigente de partido y jefe de campaña, sino como dueño absoluto de la candidatura de Delfina y el segundo, Higinio,  conocido como el cacique de Texcoco, es quien la convierte en  alcaldesa y la obliga a poner las arcas del municipio a disposición de los negocios de la familia Martínez.

A dos semanas de los comicios mexiquenses, todos saben que en esa elección  ya se cometió un crimen político: la usurpación de una candidatura.

El autor material e intelectual se llama Andrés Manuel López Obrador. Y el hecho, ha encendido las alarmas de la democracia nacional porque, de ganar Delfina, ella y su gobierno serían víctimas del primer golpe de Estado, desde los inciertos gobiernos de la revolución.

Para decirlo en unas cuantas palabras: más tardaría la ex presidenta municipal en rendir protesta como gobernadora, que López Obrador en quitarle la silla para sentarse en ella.

Y la razón  es simple y por supuesto obvia: AMLO no está operando a favor de la candidatura de Delfina. El tabasqueño trabaja para su proyecto presidencial.

Si al inicio del proceso sólo aspiraba a que Morena ganara algunos municipios, hoy ve la elección con otros ojos. Lo ambiciona como pirata frente a un enorme botín.

Y no es para menos. Gobernar el estado que más aporta al Producto Interno Bruto del país, después de la Ciudad de México, significa contar con recursos para ganar la Presidencia de la República.

Esto explica el nerviosismo y desesperación del mesías.

Por eso su insultante arenga contra el PRD y el PAN a quienes llamó hace poco “paleros de la mafia del poder” por no declinar a favor de Delfina. Lo que debe traducirse como: a favor de él.

La candidata de Morena ha sido convertida en un simple escalón, en un mero  instrumento  para preparar un proyecto totalitario y de usurpación del poder.

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