Resiliencia: más allá de los buenos consejos

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A un mes del S-19 hemos constatado de qué forma la emergencia emocional de las personas se ha ido modificando de muy diversas maneras: mientras que para unos la tormenta parece ya haber pasado, otras parecen encontrarse en el ojo del huracán.

Las consecuencias emocionales pueden tomar diversas formas de trastornos mentales que pueden ir desde lo que conocemos como reacciones de ajuste con síntomas aislados ansiosos y/o depresivos, hasta entidades más serias, como son el trastorno por estrés post traumático, la depresión mayor o en algunos casos, la psicosis.

Hablar de desastres equivale con frecuencia a hablar del estrés: se vuelve evidente que la situación de emergencia pone a prueba la capacidad de las personas de responder ante situaciones inusuales, en donde el principal factor es el nivel inusual de estrés que representan.

Es un hecho conocido que las personas reaccionamos ante el estrés de muy diversas y variadas formas.

Podemos dimensionar el estrés según algunas escalas que lo clasifican con situaciones que universalmente suponemos son altamente erosivas de la persona (por ejemplo, en alguna de estas escalas se considera la pérdida de un hijo como el evento que mayor estrés puede generar), sin embargo, tales escalas no toman en cuenta la vulnerabilidad o resistencia de las personas ante ese tipo de “estresores universales”.

Al estar frente a ciertos eventos similares, otras personas pueden reaccionar de manera más positiva y nunca desarrollar síntomas mentales.

En la actualidad se habla mucho de resiliencia.

De hecho, se trata de esos términos que se ponen de moda y que ingresan en el argot de las personas de manera casi natural.

Soy partidario de que se difunda todo aquello que se relacione con la salud mental y que las personas conozcan cada vez más y se familiaricen con estos términos.

Sin embargo, en una época de hiper-información existen ciertos riesgos de los que tenemos que estar conscientes.

Hoy en día, los medios de comunicación se encuentran plagados diariamente de recetas mágicas:  “los 10 pasos a seguir para…” o “los secretos mejor guardados para…”, que prometen a las personas, como si se tratara de “productos milagro”, la adquisición de cierta habilidad o estado, en el que, por el sólo hecho de haberlos leído o intentar ponerlos en práctica, podrán adquirir la felicidad, el matrimonio estable o como en el caso de la resiliencia, la capacidad de afrontar cualquier adversidad que se le presente.

A menudo se tiene la impresión que las personas “consumen” estas cantidades de información sin mayor cuestionamiento, so riesgo de, una interpretación superficial, o aún peor, de una visión equivocada. De estos riesgos habla Manfred Spitzer (“Demencia [email protected]”) en su ensayo sobre los peligros de los medios digitales .

La resiliencia es un término originalmente de la física que hace referencia a la capacidad de ciertos materiales de volver a su estado original tras haber sido sometidos a ciertas pruebas; el ejemplo más común es el de una liga, que después de ser estirada, siempre regresará a su forma original.

No es difícil pensar que en los humanos algo similar pudiera estar sucediendo. El psicoanalista John Bowlby utilizó por primera vez el término pero fue Boris Cyrulnik quien en los años setenta, desarrolló más ampliamente la noción de resiliencia a los procesos mentales humanos. Y la noción de resiliencia es un ejemplo de ciertos conceptos que se conocen desde hace mucho tiempo, pero que dan pie a una serie de investigaciones que intentan, desde una perspectiva científica, a través de estudios genéticos, bioquímicos y epigenéticos (aquellos factores externos o ambientales que hacen que un cierto gen se exprese o deje de hacerlo), los que han permitido conocer más sobre la resiliencia y la adversidad.

También es cierto que un mayor conocimiento de las formas de reaccionar de las personas ante situaciones adversas permite desarrollar terapias específicas para modular estas capacidades, pero no hay que dejar de tomar en cuenta el peso específico que la genética puede jugar en la diferente tolerancia de muchas personas en relación a otras.

Esto va más allá de sólo aprender cuáles son las características que definen a las personas resilientes. Ni la resiliencia ni la noción vienen con instructivo, no se deje usted engañar.

 

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