Redes sociales

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El mundo de la información y de las comunicaciones avanzadas evolucionó de manera constante e ininterrumpida a partir de la invención del telégrafo surgido durante la primera mitad del siglo XIX. Le siguieron la radio, el teletipo o telex y la telefonía.

A partir de entonces la distancias comenzaron a acortarse y las noticias que antes podían tardar meses en llegar de un punto a otro del planeta comenzaron a ser accesibles de forma casi instantánea. El siglo XX trajo consigo la invención de la televisión, primero en blanco y negro y posteriormente a colores.

Vinieron después las comunicaciones vía microondas y los primeros satélites, producto de la carrera espacial desatada entre la entonces Unión Soviética y los Estados Unidos. En pocos años se generó la percepción de que el tamaño del planeta se había reducido, pues en forma paralela con el desarrollo de las comunicaciones inalámbricas se desarrolló también la transportación aeronáutica y los primeros viajes tripulados al espacio exterior.

Quienes nacimos y crecimos en la segunda mitad del siglo XX, vivimos durante décadas pensando que la televisión era el non plus ultra de las comunicaciones. Bastaba con encender el aparato para tener acceso audiovisual a hechos ocurridos momentos antes en lugares situados a miles de kilómetros de distancia. Le televisión constituyó también un medio de entretenimiento nunca antes imaginado, no obstante, hoy sabemos que la televisión tal como la conocimos tiene sus días contados.

Hace poco más de veinte años, con la cercanía del fin del milenio y la  llegada de la telefonía celular y del internet comenzamos a ser testigos y a formar parte de la más grande revolución en las comunicaciones de que se tenga registro en la historia de la humanidad.

Lo que al principio se percibía únicamente como una fuente de información e intercambio de datos se transformó con rapidez en una herramienta indispensable para la mayor parte de los habitantes del planeta. La velocidad de transferencia de datos y la capacidad de almacenamiento de los mismos, creció también de forma exponencial, de manera que a lo que hace solo una par de décadas requería de edificios completos para su archivo y conservación, hoy le basta un pequeño aparato que cabe en la palma de nuestra mano.

Esta capacidad de procesamiento y la inmediatez con que es posible intercambiarla dio lugar al surgimiento de las llamadas redes sociales. Se trata de herramientas o sencillos programas de computación pero que no requieren sino de los conocimientos más básicos para el manejo de un teléfono o de una PC de escritorio a lo que se denomina aplicaciones: WhatsApp, Messenger, Facebook, Twitter, Instagram, Spotify y desde luego YouTube, son algunas de las más conocidas y utilizadas por gente de todas las edades, pero desde luego mayoritariamente por los jóvenes de la generación millennial, que nacieron prácticamente con estas tecnologías debajo del brazo.

Lo que comenzó como una curiosa novedad, pasó rápidamente a constituir una enorme telaraña que nos ha atrapado prácticamente a todos los que tenemos acceso a un teléfono celular conectado a internet. Todos los días nos conectamos a ellas para comunicarnos con nuestros contactos o “amigos” en las diversas apps.

Abrevamos de las mismas para conocer las últimas noticias y para dar a conocer nuestra opinión o exteriorizar nuestra inconformidad o solidarizarnos con lo que otros piensan, para compartir nuestras vivencias, viajes, celebraciones, tristezas e incluso nuestros momentos  íntimos con familiares y allegados.

Sin embargo, como todo avance tecnológico, su uso se ha convertido  en un arma de dos filos. Si bien la mayoría de las personas las vemos como un instrumento que facilita nuestra vida diaria y el contacto con aquellos a quienes queremos mantener en nuestro entorno cercano, su uso excesivo nos aísla con frecuencia de nuestro círculo inmediato y nos aleja del contacto humano y del enorme placer que representa una charla en persona.

De la misma forma en que son utilizadas por empresas y negocios particulares de todos género así como organismos no gubernamentales por los órganos del Estado de prácticamente todos los países del mundo, las redes sociales son también instrumento para la comisión de fraudes, explotación de personas y la proliferación de redes de pedofilia por mencionar algunos delitos.

El robo de información y las suplantación de identidad son también consecuencia del uso masivo de estas, sin embargo, las redes sociales  son simultáneamente una forma de ejercicio de la libertad de expresión y del derecho a la información a las que no podemos renunciar y no deben ser limitadas ni censuradas en manera alguna por las autoridades, a pesar de que las críticas y el disenso puedan incomodarles de formas que nunca fueron imaginadas en el pasado.

Como todo, su uso prudente y responsable debe anteponerse a su abuso y la libertad para su ejercicio no debe convertirse en libertinaje ni instrumento para la difamación o la descalificación irresponsable.

De las redes sociales que hoy conocemos habrá sin duda algunas que desaparezcan en el futuro y otras nuevas que surjan. Para muchos su uso quizás represente solamente un medio eficaz de comunicación, mientras que para otros sea un medio para enaltecer su ego mediante la acumulación de seguidores, likes y emoticones, los jeroglíficos de la modernidad.

Las redes sociales están ahí sin duda para servirnos y no para que se sirvan de nosotros. ¡Pugnemos por el uso responsable de las mismas!

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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