Reconstruir la oposición

23 de julio de 2001.- El contraste entre la nueva imagen del PRI y la efigie de Plutarco Elías Calles
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Para quienes nacimos durante la segunda mitad del siglo XX en México, el sistema presidencialista de autoridad absoluta fue, durante décadas parte de la normalidad política y de la vida diaria.

Desde la fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) por Plutarco Elías Calles, su transición en 1938 como Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y su refundación en 1946 como Partido Revolucionario Institucional (PRI) -nombre que conserva hasta la fecha-, la mayoría de lo mexicanos vivimos una especie de pax romana, en la que al tiempo en que todo ocurría, paradójicamente no pasaba nada.

La regla establecida a partir del principio cuasi sacramental de la no reelección, permitió que el país mantuviera una estabilidad social envidiable comparada con la de la mayoría del resto de naciones latinoamericanas y, un desarrollo sostenido que desde fines de la Segunda Guerra Mundial y hasta finales de la década de los sesenta permitiera hablar del “milagro económico mexicano”.

Desde la llegada al poder del general Lázaro Cárdenas en 1934, hasta la elección intermedia del sexenio de Ernesto Zedillo en 1997, los destinos de México fueron siempre regidos por el poder y las decisiones de un solo hombre, el presidente en turno, quien sucesiva e indefectiblemente perteneció siempre al mismo partido, el PRI.

La oposición en la cámaras tanto de senadores como de diputados era realmente simbólica y en buena medida -con la salvedad del PAN y del Partido Comunista, que entonces no tenía registro oficial-, comparsa del gobierno. El Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), que a la postre desaparecerían, fueron durante décadas más paleros del gobierno a cuyas costillas se mantenían, que una oposición real y respetable.

El statu quo de aquella época se basaba en valores (o antivalores) entendidos. El presidente en turno decidía quienes serían gobernadores de los estados, a quienes ponía y quitaba a su antojo. Lo mismo ocurría con los candidatos a senadores y diputados cuyas listas eran “palomeadas” por el jefe del Ejecutivo quien decidía en definitiva entre sus incondicionales a quienes podían ocupar tal o cual posición.

Ello implicaba desde luego que todas aquellas iniciativas de ley propuestas por el presidente fueran siempre aprobadas prácticamente de manera unánime por el poder legislativo. La Suprema Corte de Justicia y el resto del poder judicial funcionaban también de manera coordinada con la voluntad del presidente de la República.

En México, prácticamente no se movían las hojas de los árboles, si la voluntad presidencial no lo quería. El ejemplo más claro de ello lo era el viejo chiste de época que se contaba en todas partes y que decía que si el presidente preguntaba “¿qué hora es?”, sus ayudantes estaban siempre prestos a responderle: “la que usted quiera señor presidente”.

A este largo y cada vez más oxidado sistema político, el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa lo definió como la “Dictadura perfecta” durante un coloquio de intelectuales celebrado en México a iniciativa de Octavio Paz en 1990.

En el interior de la República ocurrió durante ese largo período algo muy similar. Los gobernadores actuaban como pequeños señores feudales, dueños de las vidas y haciendas de sus gobernados, definían la estructura de los poderes locales y de igual ponían y quitaban a los presidentes municipales y demás funcionarios; esto desde luego mientras no cayeran de la gracia del presidente de la República oponiéndose a sus designios o tratando de “grillarlo”. En esos casos, eran llamados de inmediato a cuentas a Los Pinos y con frecuencia renunciaban a su cargo por “razones personales”.

El sistema, como sabemos, perduró prácticamente sin cambios casi durante setenta años, funcionando como una máquina de relojería, lubricada por la corrupción y el enriquecimiento ilegítimo de prácticamente todos los integrantes del sistema político priista. Sin embargo, las presiones tanto internas como del exterior obligaron a forzar una progresiva apertura democrática.

EN 1987 el PRI se fracturó con el cisma de la llamada “Corriente Democratizadora”, dirigida por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, dando origen al primer partido de izquierda realmente organizado que fue el PRD fundado en 1989 y dirigido por el respetado ingeniero Heberto Castillo.

En 1997 bajo el mandato de Ernesto Zedillo el partido oficial dejó de tener una mayoría absoluta en el Congreso. Tras ello vino, en el año 2000, el primer gobierno de alternancia presidido por el panista Vicente Fox y luego en el 2006 el de Felipe Calderón.

El PAN perdió la gran oportunidad de transformar realmente al país y preso de la divisiones y pugnas internas se dejó llevar con frecuencia por la inercia del régimen anterior caracterizado por la corrupción y el compadrazgo. A ello se sumó la inseguridad y la violencia crecientes y generalizadas en muchas regiones del territorio nacional. Los gobernadores priistas que todavía eran mayoría, dejaron de servirse con la cuchara grande pues ya no había un poder presidencial de su mismo partido que los controlara. Sobrevino el caos.

Los priistas aprovecharon la situación y recuperaron el poder en el 2012 a manos de Enrique Peña Nieto, quien lejos de demostrar que habían aprendido de las lecciones del pasado presidió un gobierno caracterizado por el influyentismo, el compadrazgo y toda clase de componendas y formas de corrupción, mientras la violencia siguió creciendo.

Ante ello, como sabemos, le llegó la hora a la izquierda. El tres veces candidato Andrés Manuel López Obrador al frente ahora de su propio partido (Morena), ganó holgadamente las elecciones de 2018 arrasando también con una cómoda mayoría en el Congreso.

Su estilo personal de gobernar, como lo llamaría don Daniel Cosío Villegas, se asemeja claramente al de los presidentes absolutistas del largo período priista. Su palabra es prácticamente no solo ley, sino norma constitucional y dentro de su equipo, pareciera que no hay quien cuestione o lo invite a reflexionar sobre sus decisiones.

Es muy poco el tiempo que ha transcurrido desde el inicio del actual gobierno, pero las señales de un férreo poder presidencial son cada vez más claras. Para muchos de quienes vivimos una parte de ese largo invierno priista, quizás no nos sea nuevo lo que está pasando. Hemos vuelto a los tiempos en que la oposición parecía inexistente, pero aún peor. Presos de sus propios errores, los políticos tradicionales del PRI y del PAN principalmente, no alcanzan a recomponerse y sus liderazgos son débiles y tampoco gozan de respeto ni entre sus propios compañeros de partido.

Ni en el corto ni en el mediano plazos, se vislumbra un gallo lo suficientemente fuerte y respetable como para hacerle frente en la arena electoral ni al presidente López Obrador ni a su partido, por más que en las redes sociales los opositores no se cansen de patalear.

Si se pretenden generar auténticos contrapesos democráticos para bien de nuestro sistema político y del país, es urgente la recomposición de una oposición respetable y fuerte que en el futuro represente una auténtica alternativa. Los candidatos independientes hasta ahora no han sido opción, el “Bronco” es la mejor prueba de ello.

El camino más viable debería surgir de los académicos, de los colegios de profesionistas y de los intelectuales independientes organizados con base en la sociedad civil.

El tiempo apremia, las elecciones intermedias del 2021 llegarán muy pronto y por la salud misma de nuestro sistema político y en beneficio del propio presidente y del partido actualmente en el poder, a quien es de desearle todo éxito en su intención de sacar a México adelante, es indispensable reconstruir a la oposición para consolidar nuestro sistema democrático.

Aquí nos vemos yo, voy derecho…

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