Reconciliación urgente

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“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, atribuida a Voltaire

En los últimos meses, a raíz de la toma de posesión del nuevo Gobierno de la República encabezado por el presidente López Obrador, la sociedad mexicana se ha ubicado en polos completamente opuestos en sus opiniones y posicionamientos. Lo anterior sin duda ha generado encono y ha atizado los resentimientos.

El maniqueísmo político a todo lo que da. Los variados matices de la escala de grises han desaparecido del discurso y, o se está a favor, o se está en contra.

Las redes sociales que bien pueden ser un instrumento muy útil para las democracias modernas están descosidas. Que si “fifís” de un lado contra “chairos” del otro. Que si conservadores contra liberales, (que no neoliberales). Retrógradas y corruptos contra los nuevos paradigmas del progreso, la decencia y la honestidad. No hay términos medios.

Mientras esto ocurre, la soberbia de quienes sienten que por fin triunfaron, se exacerba contra el rencor de quienes no han terminado de asimilar la derrota. El tema ya no es si ganó la izquierda y perdió la derecha, pues en el bando ganador hay una mezcla de posturas e ideologías que hasta hace poco podrían haberse visto como irreconciliables y entre los grupos opositores pasa algo similar.

Pero no es solamente eso. Lejos de la postura democrática basada en el principio de la frase atribuida a Voltaire citada al principio de esta columna y distanciándose del aforismo juarista del respeto al derecho ajeno, la crítica a las autoridades y a sus decisiones se perciben e interpretan desde el gobierno como ataques infundados, como puñaladas traperas, como las patadas del ahogado que no entendió que por haber sido derrotado en las urnas, perdió también el derecho a expresar su disenso.

Si bien es cierto que hasta ahora se ha respetado el pleno derecho a la libertad de expresión, las voces discordantes son descalificadas a priori y vistas como un acto de rebelión.

El país requiere urgentemente de una operación cicatriz que deje atrás todas las actitudes de confrontación y de agresiones propias de las campañas electorales. Menos declaraciones triunfalistas de que todo va muy bien y más resultados palpables en temas tan importantes y urgentes como el de la inseguridad pública.

También por parte de la sociedad civil, serían deseables menos ataques a la ligera y en muchas ocasiones mayor serenidad y objetividad. No se trata tampoco de atacar al Gobierno o al presidente, haga lo que haga y diga lo que diga.

México vive sin duda tiempos inéditos y como tales hay que asimilarlos. El nuevo Gobierno requiere de un tiempo prudente para comenzar a cumplir con las enormes expectativas que su llegada despertó en la enorme mayoría de los votantes.

Sin quitar el dedo del renglón, pero sin el ánimo de profundizar en la llaga dolorosa de la derrota debemos esperar a que sea el tiempo el que le dé la razón, o no, a los que están convencidos de que el nuevo Gobierno está haciendo las cosas de forma correcta o a quienes piensan lo contrario.

El presidente López Obrador haría un gran bien a la patria si buscara restañar las heridas derivadas de la batalla electoral y habiéndose alzado como lo hizo con una victoria irrefutable, se comportara generosamente con los vencidos invitándolos a sumarse a su esfuerzo en favor de la patria, con una actitud de generoso respeto y tolerancia hacia quienes pensando distinto que él, pueden desde su trinchera, sumarse a la construcción del país que todos merecemos.

El México de hoy se merece un futuro mejor y no seguir siendo como el que definiera el gran poeta cubano Nicolás Guillén cuando refiriéndose a su país escribió: “Mi patria es dulce por fuera y muy amarga por dentro”.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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