PROHIBIDO PRONUNCIAR SU NOMBRE

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Jaime Domínguez, uno de los líderes opositores a la construcción de la termoeléctrica en Huexca se queja de la “frialdad” con que el presidente de la República se ha referido al asesinato del líder  Samir Flores.

Ni siquiera, señala Domínguez, “Andrés” se ha tomado la molestia de mencionar su nombre, de referirse a él como un defensor de los derechos de los pueblos indígenas.

Lo cierto es que los mexicanos ya no sabemos  con cuál de todos los López Obrador que vemos y escuchamos a diario, debemos quedarnos.

¿Con el  que armó un tinglado con copal, tambores y caracolas para mostrar a un presidente comprometido con los indígenas; con el que pidió permiso a la “Madre Tierra” para construir el Tren Maya; con el que se comprometió, como candidato, a impedir la construcción en Huexca porque ponía en riesgo los cultivos de los campesinos de Morelos; o con el que terminó aplastando al “pueblo bueno” con la bota presidencial?

¿A qué presidente debemos creerle?

¿Al  que apoyó y aplaudió el Óscar a la película Roma por tratarse de un cinta antirracista donde resulta reivindicada una trabajadora doméstica -precisamente de origen indígena-, o al  que impuso, a la manera de un cacique feudal, una consulta ilegal sin importarle que un campesino haya sido asesinado por oponerse al autoritarismo del presidente?

El asesinato de Samir Flores puede convertirse en algo más grave que el caso Ayotzinapa. Detrás de la desaparición de los 43 estudiantes de la escuela rural estuvo el crimen organizado, pero en este caso la comunidad campesina de Morelos responsabiliza de manera directa al Gobierno federal de ser el autor intelectual.

“¡Samir no murió, el Gobierno lo mató!” gritaron una y otra vez los pobladores de Morelos que llegaron a la Ciudad de México el viernes pasado para protestar por la ejecución de su líder y la imposición de una consulta mentirosa.

Samir Flores puede llegar convertirse en el nuevo Zapata. En una conciencia nacional. En semilla de un movimiento indígena antilopezobradorista. Esa es la razón por la cual el presidente omite pronunciar su nombre.   

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