Peña Nieto y el punto final

- Publicidad -

Recibir el diario por la mañana y encontrar en la portada, aunque no como nota principal sino en un escuálido lateral derecho, el encabezado: “Hunde EPN a México en corrupción”, parecería normal pues ya casi cumple dos meses de haber terminado su sexenio; en la misma portada, justo al centro y debajo de la nota principal, una imagen titulada: “Luis Mirrey y Los Mirreyes”, en la cual aparece muy sonriente el cantante Luis Miguel abrazando a Alejandro Peña, hijo del expresidente Peña Nieto, Gerardo Islas, diputado local con licencia en el Congreso de Puebla y exsecretario de Desarrollo Social en la Administración del finado Rafael Moreno Valle; completan el cuadro Miguel Osorio, hijo del exsecretario de Gobernación y actual senador, Miguel Ángel Osorio Chong; así como Santiago y Luis Miranda, hijos del extitular de la Sedesol y actual diputado federal, Luis Miranda, alias “el compadre”.

Más allá de la especulación sobre el tiempo, el lugar o el motivo de la celebración, ver ambas imágenes al mismo tiempo, me resultó patético.

Darme cuenta que la nueva generación de juniors, de las esferas del poder, mantienen los lazos, los compadrazgos y las complicidades, bajo buen resguardo; una imagen vale más que mil palabras y los hechos son contundentes, durante el Gobierno de Peña Nieto, México tuvo una drástica caída en la percepción mundial en relación al combate a la corrupción.

En el informe del Índice de Percepción de la Corrupción (IPC), presentado el martes en Berlín, elaborado por la organización Transparencia Internacional, se revela que México sigue en picada en la materia.

En los seis años de la Administración federal peñista, nuestro país cayó 33 lugares en el ranking de posiciones, al pasar del 105 en 2012 al 138 el año pasado.

Tan solo en 2018, México cayó tres lugares respecto a 2017, ubicándose en la posición 138 de 180 países, con una calificación de 28 puntos sobre 100.

Muy lejos de Chile que se encuentra en el lugar 27 o de Argentina en la posición 85. En América Latina solo aventajamos a Guatemala y Nicaragua; y entre los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en el último lugar, incluso por debajo de Grecia que en años recientes enfrentó gravísimos problemas de gobernabilidad y viabilidad económica; por último, entre las naciones integrantes del G-20, solo estamos por encima de Rusia.

¿Por qué?

En la opinión de Eduardo Bohórquez, director de la oficina en México de Transparencia Internacional:

“Las medidas preventivas tomadas hasta ahora pierden efectividad cuando quienes participan en las redes de corrupción saben bien que no serán sentenciados y que podrán mantener los recursos desviados del erario público”.

Para poder mejorar en el Índice, la organización recomendó, entre otras cosas, consolidar el Sistema Nacional Anticorrupción, corregir las acciones preventivas que no logren resultados medibles y orientar la política anticorrupción hacia la sanción y la recuperación de activos.

Definitivamente pertenecer a la lista negra de corrupción mundial es indignante, aunque no estén muchos de acuerdo con los organismos internacionales de esta índole, sin embargo, más allá de escalar posiciones en este índice de percepción, lo importante para México es erradicar la corrupción

No basta con dejar de ser permisivos, tampoco con no participar en los contubernios desde las esferas del poder, pues los círculos de corrupción son tan amplios y han penetrado tan profundamente las estructuras de las instituciones, que tienen que ser desmantelados, y la única fórmula posible para que esto ocurra es atacándolo.

¿Cómo?

Investigando el pasado, juzgando y castigando con todo el peso de la ley, para higienizar el presente y sin impunidad, vacunar el futuro. Se tienen que desmantelar las redes de corrupción enraizadas y desmontar las estructuras políticas que las protegen.

El punto final no puede aplicar para quienes dejaron al país en bancarrota, la voracidad con la que saquearon no puede quedar impune, porque esas mismas estructuras fueron creadas con ese propósito y con diferentes modus operandi perfectamente establecidos; para muestra un botón, el huachicol.

La lucha frontal en contra del robo de combustibles, es la misma lucha que se tiene que dar en todos los frentes, con estrategia, planeación, sagacidad y valor.

Esta misma semana Rocío Nahle lo puso en blanco y negro; al recibir Peña Nieto el Gobierno federal, había menos de 1 mil tomas clandestinas, al cierre de 2015 había un total de 2 mil 660 tomas. Para 2017 la cifra creció a 10 mil 363 y al final de su Administración cerró con 14 mil 894.

Sin conocimiento, participación y reparto del botín, esto jamás hubiera pasado.

Parafraseando a uno de los partícipes de la desgracia y del cual prefiero omitir su nombre, le puedo decir señor presidente, una frase sin desperdicio:

Ya nos saquearon, si usted aplica el punto final a la pasada Administración, ¡nos volverán a saquear!

Comentarios