Paz y seguridad

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La mayor preocupación que la sociedad mexicana comparte hoy en día, lo es sin duda la relativa a la inseguridad que priva en la mayor parte de nuestro vasto territorio.

La delincuencia organizada se haya presente en múltiples formas y con actividades muy diversificadas. El narcotráfico es solo una vertiente de las acciones criminales, y seguramente la que les deja mayores dividendos, pero la extorsión, el cobro del “derecho de piso”, el secuestro y la trata de personas son también rubros importantes y cada vez más extendidos. Aunado a ello el asalto a mano armada en las calles y en el transporte público, que muchas veces se traduce en homicidios, y el robo a casas habitación practicados en casi todas las ciudades medianas y grandes son problemas que no han dejado de crecer.

Además, aunque muchas autoridades se nieguen a reconocerlo, las modificaciones al sistema de justicia penal hacen cada vez más difícil que los delincuentes lleguen a la cárcel y que muchos hayan sido liberados y enfrenten sus procesos en libertad, lo que ha alentado la reincidencia.

La mayoría de la cárceles del país están sobrepobladas y en ninguna de ellas operan programas eficaces de readaptación social. Por el contrario, son escuelas en las que los reclusos perfeccionan  sus artes y estrategias y desde las cuales muchos siguen delinquiendo, pues es sabido que muchas de las llamadas de extorsión salen de teléfonos ubicados en los reclusorios.

Para colmo en la gran mayoría de ellos funciona el mal llamado “autogobierno”, en donde las mafias comandadas por los propios internos controlan en buena medida lo que ocurre ahí dentro, con la connivencia de las  autoridades.

Sumado a todo lo anterior, los grandes grupos criminales o carteles, como se les conoce desde hace años, se enfrentan con frecuencia entre sí, haciendo correr auténticos ríos de sangre, y de sus constantes escisiones surgen nuevos grupos igual o más violentos que aquellos de los que provienen.

La criminalidad es pues, un monstruo de mil cabezas, del cual nacen nuevas cuando alguna de ellas es cercenada, como si se tratase de una criatura mitológica.

Ante esta realidad y el hecho de que los gobiernos de los últimos veinticinco años han sido incapaces de frenar este fenómeno y las estrategias intentadas han probado su ineficacia, pues en muchos casos las autoridades se han vuelto cómplices o socios de los propios delincuentes, es que se torna indispensable el planteamiento de nuevas alternativas.

En tal contexto, el miércoles de la semana pasada fue presentado el denominado Plan Nacional de Paz y Seguridad por el presidente electo Andrés Manuel López Obrador y quienes integrarán su gabinete de seguridad nacional.

El plan se basa en ocho ejes principales. El combate a la corrupción mediante diversas medidas es sin duda el eje principal. Lograr erradicarla sin embargo, se antoja poco menos que imposible en el corto y mediano plazos. Sin embargo es algo en lo que sin duda hay mucho que trabajar iniciando por el ámbito familiar, en las escuelas, en el servicio público y en la sociedad en su conjunto.

El replanteamiento de la política de combate a la drogas resalta también dentro del plan anunciado y, si se consigue, contribuirá sin duda a la disminución de la violencia, pero tampoco resolverá el tema de la criminalidad en forma total, aunque es algo que sin duda debe hacerse, procurando enfocar las políticas públicas más en la prevención y en la rehabilitación de los adictos que en la persecución de quienes las producen y comercializan.

Lo que sin duda ha llamado mucho la atención desde la presentación del plan y ha generado varios cuestionamientos es la creación de la denominada nueva Guardia Nacional. Durante el presente sexenio se creó un grupo de seguridad pública al que se le dio el nombre de Gendarmería Nacional. En los dos casos, se da la coincidencia de que se busca integrarlos por miembros del Ejército, la Marina Armada y por la actual Policía Federal.

La Gendarmería creada por Peña Nieto no logró, como bien sabemos, contener el crecimiento de la violencia en el país. Podemos concluir que se trató en este caso de un rotundo fracaso.

En el caso de la nueva Guardia Nacional que pretende crearse bajo el gobierno que iniciará el próximo primero de diciembre no queda claro de qué forma este nuevo cuerpo de seguridad  variará sus estrategia en la lucha anticrimen. Lo único que sí deja entrever es que el presidente electo y su equipo han tenido que recular de su postura inicial de enviar los militares de regreso a los cuarteles.

El Plan Nacional de Paz y Seguridad es sin duda un listado ambicioso de buenas intenciones y todos los ciudadanos deberíamos desearle el mayor de los éxitos, a pesar de la enormidad del reto que se plantea.

Le falta sin embargo, un tema fundamental, el de la capacitación y certificación de los cuerpos policiacos tanto estatales como municipales.

Formar policías eficientes y confiables es una tarea impostergable de la cual nada se menciona en el plan presentado la semana pasada. Pagarles salarios dignos para evitarles la tentación que provoca el dinero fácil generado por la corrupción es otro punto fundamental. Ojalá que el nuevo gobierno ponga atención en este tema y actúe de forma coordinada con las autoridades locales para estos efectos tan importantes como insoslayables.

Es a los cuerpos policiacos, en los distintos niveles de gobierno, a quienes competen en principio las labores de seguridad interna, pero estos se han descuidado y con frecuencia se han vuelto también un brazo más de los delincuentes.

La creación de academias de formación policial de alto nivel y los programas de certificación de confianza deberían considerarse de alta prioridad si realmente se quiere contar con policías  que garanticen la anhelada tranquilidad que los ciudadanos merecemos y que es la función primordial de todo Gobierno.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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