Pandemia maniqueísta

“De la conducta de cada uno, depende el destino de todos”.- Alejandro Magno.

Yogana, Oaxaca, 22 de marzo de 2020.- Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, encabezó la supervisión de obra en el tramo carretero Barranca Larga-Ventanilla. Acompañado del gobernador del estado, Alejandro Murat; Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes; Cedric Iván Escalante Sauri, subsecretario de Infraestructura de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y Jorge Mendoza Sánchez, director general de Banobras
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Para el pensamiento maniqueísta, como sabemos, no existen términos medios. Solo hay lugar para los extremos opuestos, el bien y el mal. El blanco y el negro. La luz o la oscuridad. En pocas palabras, o estás conmigo o estás contra mí. Si yo soy el auténtico poseedor de la verdad tú estás en el error.

Estamos viviendo tiempos inéditos para las actuales generaciones. La pandemia del Covid-19, que se ha declarado como tal por la Organización Mundial de la Salud y se ha reconocido como de enorme gravedad por los gobiernos de  la mayor parte de los países del mundo, pende como espada de Damocles sobre prácticamente la humanidad entera.

La canciller alemana Angela Merkel, -quien ya está aislada por un posible riesgo de contagio,- declaró la semana pasada que Europa no ha vivido una contingencia ni un peligro tan graves desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. El Presidente francés Emmanuel Macron ha dicho también que el mundo vive una guerra de gran dimensión contra un enemigo invisible pero mortal.

En similar sentido se han pronunciado distintos jefes de estado y de gobierno, así como científicos, académicos, filósofos y periodistas del más diverso espectro ideológico.

Las decisiones adoptadas por las autoridades de los distintos países en torno al problema han sido variadas, aunque en todos existe coincidencia sobre las medidas preventivas que deben tomarse para tratar de evitar el contagio y que no mencionaré en este espacio pues son más que conocidas y se han repetido hasta el cansancio por todos los medios. Varios países han cerrado sus fronteras de forma casi hermética y no permiten ya la libre circulación de personas en las calles so pena de multas y encarcelamiento, es el caso de Italia y España, donde el nuevo virus ha causado estragos inimaginables  y miles de muertes con todo y sus eficientes y modernas infraestructuras sanitarias que se han visto rebasadas. Se ha limitado al mínimo el tránsito de personas y en muchos casos se han prohibido los vuelos internacionales; varios gobiernos solo permiten el acceso a su territorio de sus nacionales o residentes permanentes. Muchas  fronteras se han cerrado y solo se permite el tráfico de mercancías o de insumos de primera necesidad, como en el caso de nuestra vecindad con los Estados Unidos y de éstos con Canadá.

La única medida sobre la que no existe consenso y subsisten discrepancias es la relativa al aislamiento, a la necesidad imperiosa de quedarse en casa y de cancelar prácticamente cualquier actividad social, comercial, de entretenimiento y de servicios.

Mientras el llamado de la comunidad médica internacional y de la mayoría de las instituciones científicas ha sido en el sentido de que solo evitando o limitando al mínimo el contacto interpersonal es como se controlará la propagación del virus y por ende el número de contagios, el gobierno de México ha sido reacio a promover esta medida.

El Presidente López Obrador apenas ayer domingo desde Oaxaca, invitó a la gente a seguir con sus actividades normales, a salir a comer a fondas y restaurantes, a continuar con su vida prácticamente como si nada pasara. La fuerza de nuestro pueblo, dijo, proviene de nuestra ancestral capacidad y resistencia para hacer frente a todas la calamidades que hemos padecido y ésta no será la excepción.

El optimismo de nuestro Presidente choca con el fatalismo que hemos visto y escuchado de otros gobernantes y para muchos la actitud del Jefe del Ejecutivo mexicano se antoja irresponsable. Sin embargo, la mayoría de quienes creen en la palabra del Primer Mandatario como si de un dogma se tratase, seguramente seguirán sus indicaciones a pie juntillas y esperarán a que él les diga cuándo y cómo guardarse en sus casas.

En el discurso oficial subyace una entendible pero arriesgada preocupación por evitar que se frene aún más la actividad económica del país y que las consecuencias sean todavía peores de lo que se anticipa.

Se trata sin embargo de una apuesta muy peligrosa y que, de no ser tan segura como el Presidente vaticina, podría arrastrar enormes costos en vidas humanas, mucho más allá de las pérdidas económicas. Quienes no concuerdan con la visión oficial exigen que las ciudades se cierren de inmediato convirtiéndose en comunidades fantasmas sin importar el alto costo que esto suponga en el aspecto financiero y social. Ante las experiencias china, italiana y española, ésta pareciera ser la medida más sensata.

Sin embargo, la experiencia histórica ante las más diversas tragedias humanas enseña que, entre lo blanco y lo negro existe una variadísima escala de grises y que a cada circunstancia y momento puede ser recomendable aplicar una directriz diferente, los retos que impone el Covid-19 no son la excepción.

Existen, nos guste o no, actividades que no pueden ni deben detenerse, pues el remedio sería incluso peor que la enfermedad: la producción y distribución de agua, alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad, la recolección de basura, los servicios de salud, la seguridad pública y los servicios de rescate, entre otros. Si la economía se para de golpe, los efectos serían gravísimos tanto para los grandes consorcios, que seguirían viendo caer el valor de sus acciones quedando prácticamente obligados a despedir a miles de empleados, como para los medianos y pequeños empresarios y comerciantes que viven al día de los productos que manufacturan y venden o de los servicios que prestan.

La primera pandemia de este siglo traerá repercusiones en lo humano, en lo económico, en lo social y en lo político que se prolongarán durante mucho más tiempo después de que la misma se haya controlado. Debemos estar conscientes de ello. El mundo que nos tocará vivir en los próximos años no volverá a ser igual al de antes de enero de 2020. Pero más allá de ello, como sociedad, debemos desde ahora aprender a que las posiciones extremistas nunca han sido las más recomendables. En el equilibrio, en el justo medio, está y estará siempre la mejor opción.

Al buen juicio, al sentido de responsabilidad y a la prudencia tanto del gobierno como de cada uno de los ciudadanos y empresas se deberá la mejor forma de franquear el problema. Ante la ausencia de éstos y ante posturas extremistas se asomará el signo de la fatalidad.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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