Pan y Circo

- Publicidad -

Fue el poeta latino Juvenal quien en el siglo II acuñara e hiciera famosa la frase “al pueblo pan y circo”, refiriéndose a los requisitos mínimos que los gobernantes debían tener en cuenta para evitar protestas y mantener la paz social.

En la antigua Roma, este principio se mantuvo vigente durante siglos y los sucesivos regímenes del imperio se ocuparon de que al pueblo no le faltaran ni diversiones ni alimentos básicos.

La comida se distribuía a la plebe en forma de pan y granos como el trigo de manera gratuita y el entretenimiento estaba garantizado en los espectáculos del circo, los teatros y los anfiteatros.

De esta forma, el tiempo de ocio de la población se ocupaba en estas diversiones y con eso se disminuía el riesgo de protestas, levantamientos sociales y conspiraciones políticas.

La importancia del aforismo de Juvenal fue absorbida por la mayoría de quienes han tenido acceso al poder público a lo largo de la historia en todo el mundo, aunque según la época y la ideología de quien se tratara, las interpretaciones hayan sido diferentes.

El acceso mínimo a una alimentación básica es un principio que debe ser garantizado por cualquiera que ejerza el poder público si pretende mantenerse en el mismo, aunque aún en pleno siglo XXI existan sociedades (como la nuestra) que no han podido vencer de forma absoluta el flagelo de la pobreza extrema, que se caracteriza básicamente por la mala e insuficiente alimentación y la falta de acceso a servicios básicos de una parte importante de la población.

Por el lado de la diversión, los sucesivos gobiernos que México ha tenido, se han ocupado, -sin duda para su propia conveniencia y atentos principalmente a sus intereses-, de que el pueblo pueda acceder a la misma, a través de políticas públicas encaminadas a mantener la distracción pero sin que necesariamente se pueda acceder masivamente a la cultura o a las bellas artes, por un uso tendiente a la banalización de las mismas.

De forma recurrente y en especial en las décadas más recientes, ha ocurrido lo que Mario Vargas Llosa define como “la civilización del espectáculo” en su ensayo del mismo nombre. (Alfaguara 2012).

“La de un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”.

Lo que desde la perspectiva del gobierno podría interpretarse como una forma de democratización de la cultura, basada en la “ingenua idea de que, a través de la educación, se puede transmitir la misma a la totalidad de la sociedad, se está destruyendo la ‘alta cultura’, pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial… Se trata de un fenómeno que nació de una voluntad altruista: la cultura no podía seguir siendo patrimonio de una élite… Esta loable filosofía ha tenido el indeseado efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justificaban en razón del propósito cívico de llegar al mayor número. La cantidad a expensas de la calidad.

“La desaparición de mínimos consensos sobre los valores estéticos hace que en este ámbito la confusión reine, pues ya no es posible discernir con cierta objetividad qué es tener talento o carecer de él, qué es bello y qué es feo, qué obra representa algo nuevo y durable y cuál no es más que un fuego fatuo”.

En adición a esta visión errática y confusa de los valores culturales que han tenido como resultado el consagrar a figuras como Paulina Rubio para colocarlas al nivel de Mozart o Beethoven, los medios de comunicación y la cultura mainstream como la ha definido Frédéric Martel, se han ocupado también de transformar cualquier evento o suceso en un espectáculo, a fin de atraer la atención del gran público, incluidos los temas relativos a la violencia, a la corrupción o a la política en general.

En México esto ocurre especialmente en tiempos electorales.

Tanto el gobierno como los partidos políticos, sus dirigentes y las autoridades electorales, se ocupan de hacer un circo de tres pistas de todo el proceso, procurando captar la atención de los potenciales electores pero manteniéndolos como simples espectadores en los temas que realmente importan como la definición de candidatos o de plataformas y propuestas cuando acaso las hay.

Lo indispensable para ellos, es mantener la atención del público pero con base en el desarrollo de una obra cuyo guión ha sido escrito de antemano por quienes realmente toman las decisiones ya sea otorgando incontables recursos económicos a los partidos, o en otra de las pistas del mismo show a través del insustituible procedimiento del “dedazo” disfrazado de encuesta o de consulta a una base que en realidad no les importa gran cosa pero que puede manipularse mediáticamente.

Mientras al pueblo no le falte pan y circo, el beneficio para los poderosos está garantizado.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

  

Comentarios