Oposición borrada

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Tras el incuestionable y arrollador triunfo del presidente López Obrador en la urnas el 1 de julio del año pasado, el país volvió a experimentar una realidad que las generaciones nacidas después de 1994 no conocían, la de un régimen presidencial absoluto

Desde la época de hegemonía priista, iniciada con los regímenes posrevolucionarios hasta mediados de 1997, México fue una nación políticamente monolítica y así se mantuvo durante más de sesenta años. En los hechos, un país de un solo partido comandado por el presidente en turno, cuya fórmula de sucesión perfecta cada seis años nos permitió transitar con paz social y desarrollo económico sostenido de manera casi ininterrumpida hasta 1976, año de la primera gran devaluación del peso.

A partir de entonces y después durante el régimen de José López Portillo (1976-1982), los mexicanos tuvimos que acostumbrarnos a sucesivas crisis económicas constantes devaluaciones de nuestra moneda y durante varios años a fenómenos inflacionarios prácticamente imparables que en 1986 llegaron hasta una tasa cercana al 160% anual, para después estabilizarse a partir del año 2000 en niveles de un 5% en promedio hasta la actualidad.

Hacia fines de 1994, con la llegada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y la reconfiguración industrial del país, que permitió diversificar nuestras exportaciones parecía que todo marcharía muy bien; sin embargo, la estabilidad económica parecía estar prendida de alfileres y al inicio del gobierno de Ernesto Zedillo nos volvimos a cimbrar con una nueva crisis financiera que supuso un esfuerzo de más de seis años para volver a alcanzar un razonable equilibrio.

Los sucesivos problemas económicos, fueron minando el basamento político del PRI y culminaron traduciéndose en lo inevitable: la llegada de un partido político distinto  a la Presidencia de la República en la persona de Vicente Fox bajo los colores del PAN.

Además de ello, décadas de corrupción y enriquecimiento injustificado de prácticamente todos los que llegaban a formar parte de la estructura gubernamental priista hicieron sucumbir al otrora todo poderoso partido oficial. Con ello además, terminó de romperse la férrea estructura que había controlado no solamente el poder ejecutivo, sino también el legislativo y el judicial así como a los gobiernos estatales. 

Si bien en el ámbito económico el país logró estabilizarse, en lo político ya nada volvió a ser como antes. Desde entonces y durante tres sexenios seguidos, la integración de los órganos legislativos fue muy plural y diversa. Ningún presidente pudo seguir ejerciendo el poder de forma absoluta, lo anterior obligó a los presidentes en turno a negociar sus proyectos con los demás partidos a fin de no caer en la ingobernabilidad. Así fue, hasta el primero de diciembre del 2018.

La llegada al gobierno de Andrés López Obrador supuso también el arribo de Morena, el partido creado por él, para ocupar la mayoría de los asientos tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados y en casi todas las posiciones gubernamentales de medio y alto niveles.

Desde ese momento pareciera que el país se hubiera detenido en su desarrollo político. Sin contar a los ahora aliados del partido en el gobierno, (el Verde y el PT), los partidos de oposición se han desdibujado de forma notable.

El PRI, al haber perdido la presidencia y ante los innumerables señalamientos de corrupción contra integrantes del gobierno de Enrique Peña Nieto, no ha logrado recomponerse. Lo mismo ocurre con lo poco que queda del PRD el cual se ha reducido a un raquítico esqueleto. Ni que decir del PAN, que tras el cisma provocado por la salida de Margarita Zavala y de su esposo el expresidente Calderón, se ha convertido en una maraña de camarillas e intereses muy alejados de su proyecto histórico original.

En el horizonte cercano no se vislumbra el surgimiento de liderazgos nuevos, frescos y sobre todo dignos de confianza.

Las batallas políticas de quienes hoy se oponen y critican al régimen de AMLO son en realidad ligeras escaramuzas mediáticas y se diluyen en la profusión de mensajes mayoritariamente en las redes sociales, principalmente en Twitter.

Sin embargo, no se percibe el surgimiento de plataformas ideológicas suficientemente sustentables y mucho menos de personajes o grupos identificables que las enarbolen y las promuevan de una forma eficaz.

Si realmente queremos fortalecer nuestra democracia y hasta por el bien del actual Gobierno, es indispensable que surja pronto un movimiento que realmente sea capaz de ejercer un contrapeso frente a la aplanadora morenista. El 2021 está cada vez más cerca y para aquellos a quienes preocupa el respeto a las instituciones y la consolidación del Estado de derecho es de suma importancia que renazca una oposición respetable y capaz y no como la de ahora, que prácticamente se ha borrado del mapa.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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