Nosotras no estamos felices, señor presidente, ¡estamos hartas!

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Las cifras son aterradoras: según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema de Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), los casos de feminicidios aumentaron 150% en los últimos cuatro años y las violaciones contra mujeres se incrementaron en un 37% en el mismo periodo.

A las mujeres en México nos acosan, nos agreden, nos atacan todos los días en los espacios públicos. Cada dos horas y media una mujer es asesinada por el solo hecho de ser mujer. Y la respuesta del gobierno desde hace 26 años que se contabilizó la primera víctima de feminicidio en Ciudad Juárez, Chihuahua, sigue siendo la misma: impunidad.

Es innegable el fracaso de las políticas implementadas para combatir la violencia de género en nuestro país: siete de cada diez mujeres son víctimas de violencia.

Según datos difundidos hace días por Ricardo Bucio Mújica, titular de la Secretaría Ejecutiva del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), en seis años crecieron en un 310% las denuncias por abuso sexual a niñas de 0 a 5 años. El 76% de las mujeres sufren violencia durante el noviazgo. 11 mil niñas entre los 10 y 14 años quedan embarazadas al año por abuso y violencia sexual.

Son datos escalofriantes. De terror. México es un país misógino, de eso ya no tenemos la menor duda. Las mujeres nos enfrentamos todos los días a un sistema que nos excluye, que nos violenta, que pisotea nuestros derechos. Nuestro ciclo de vida va de la mano del maltrato, del insulto, del acoso, de la agresión sexual, que nos alcanza en nuestros trabajos, escuelas, en la calle, en nuestros hogares, en todos lados. Somos uno de los 20 peores países para ser mujer. México cayó al puesto 60 de 80 en el ranking de los Mejores países para ser mujer del US News & World Report de 2019.

Nos han violado, nos han golpeado, nos han humillado, nos han asesinado, pero no paramos, ni pararemos en la exigencia de nuestros derechos. Hemos aprendido a fortalecernos en medio de la sororidad, hemos aprendido a unirnos en medio del llanto y la risa, a tendernos la mano, a abrazarnos en medio de la exigencia de seguridad a las autoridades indolentes, omisas, ineptas, que tenemos.

Por eso salimos a marchar, a nombrar nuestros temores, a ponerle apellido a lo que nos angustia, lo que nos espanta cada que salimos de casa. Por eso salimos a gritarle al mundo nuestro hartazgo. Estamos hartas de que nos desaparezcan, de que nos violen, de que nos golpeen, de que nos torturen sexualmente, de que nos mutilen, de que nos asesinen, de que arrojen nuestros cuerpos metidos en bolsas negras a ríos, de que tiren nuestros cuerpos en campos baldíos como si fuéramos basura. Estamos hartas.

Estamos hartas de la simulación de un gobierno que en el discurso afirma apoyar a los grupos más débiles de nuestro país, pero en los hechos no destina los recursos necesarios para enfrentar de forma integral la tragedia que vivimos.

Estamos hartas de las autoridades que cubren su ineficiencia filtrando datos de las víctimas. Estamos hartas de funcionarios indolentes que nos criminalizan. Estamos hartas de funcionarios incapaces que se victimizan cuando son rebasados por la ineptitud de sus procuradores, de sus fiscales, de sus policías.

Un gobierno que condena en una marcha feminista los vidrios rotos, las pintas en paredes y monumentos, expresiones del desencanto, de la rabia contenida, del dolor, de la impotencia, del sufrimiento de miles de mujeres que han sido acosadas, violadas, agredidas, asesinadas; es un gobierno que está muy lejos de cambiar el paradigma de la violencia contra las mujeres por justicia.

Un presidente que pretende que la Guardia Nacional combata los feminicidios en México, cuando los militares y marinos son las autoridades que más violan a mujeres, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) de 2016, es un despropósito. Una irresponsabilidad enorme.

Un presidente que piensa que la Guardia Nacional es la varita mágica que resolverá los feminicidios, cuando en los últimos diez años los asesinatos de mujeres se cuadriplicaron y pasaron de la vivienda al espacio público de forma desproporcional y a la par del incremento de la violencia armada y la militarización de la seguridad pública, es un presidente ignorante o un indolente de primera.

Estamos hartas de reformas, de mecanismos, de protocolos, de fiscalías especializadas, que no funcionan. Estamos hartas de que gobiernos van, gobiernos vienen, y nos sigan matando, nos sigan violando, nos sigan violentando sin consecuencias para nuestros agresores.

Las puertas se arreglan, los monumentos y las paredes se lavan.

¿Cuántas mujeres más asesinadas y violadas para que la lucha contra la violencia de género en nuestro país sea realmente prioridad del gobierno?

No, no estamos felices, señor presidente Andrés Manuel López Obrador, estamos hartas. Estamos furiosas. Estamos encabronadas.

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