Nadie sabe para quién trabaja, ¿o sí?

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El nefasto periodo denominado de “intercampañas”, supone un impasse durante el cual, nadie de los partidos, ni los propios candidatos a puestos de elección popular, tienen claro qué pueden o no pueden hacer.

Nuestra absurda legislación electoral que, lejos de perfeccionarse con el tiempo, cada vez que se modifica se torna más enredada y absurda, permite que así ocurra.

Visto desde fuera, parecería ser el tiempo adecuado para la reflexión durante el cual cada uno de los contendientes estaría teniendo constantes reuniones de estrategia con sus equipos, planeando los pasos a seguir con vistas al cada vez más próximo inicio formal de las campañas.

De sus respectivos cuartos de guerra se esperaría que estuviera aflorando la creatividad de las propuestas y el aterrizaje de las plataformas.

Lejos de ello, lo que los ciudadanos percibimos es la bajeza con la que se conducen la mayoría de los actores políticos.

El único que -gracias a su ya muy retorcido y gran colmillo- parece no estarse enganchando en estas lides es López Obrador; aunque la conformación de su equipo y la vaguedad de sus declaraciones sean, cuando menos en una parte importante, de los más cuestionables e inentendibles.

Pero la política es así.

Es y siempre ha sido la arena de los golpes bajos, de las estrategias ruines y de la falta de ética con tal de ganar a toda costa. No es ni con mucho el planteamiento de soluciones realistas ni objetivas o el obsequio de respuestas posibles ante los problemas sociales.

Todos prometen de una u otra forma lo mismo, pues todos estamos conscientes de los problemas comunes que son insoslayables: la inseguridad, la violencia, la corrupción, la impunidad, los deficientes servicios públicos, la falta de empleos bien remunerados, la pobreza y el largo etcétera de todos conocido.

Durante la última campaña electoral por la Presidencia de los Estados Unidos una de las principales armas utilizadas por Trump para triunfar, fue el desprestigiar a Hillary Clinton atacándola de corrupta y provocando que se le investigara a profundidad por parte del FBI.

La que para todos era favorita terminó, como sabemos, perdiendo estrepitosamente.

Allá las cosas funcionan diferente y aunque el entonces Presidente Obama intentó defenderla, la estrategia de Trump funcionó y logró finalmente salir triunfante.

En México estamos hoy viviendo una situación similar.

El uso del aparato estatal por conducto de la PGR en contra de Ricardo Anaya, candidato de la coalición PAN-PRD-MC, va precisamente por ese camino. La diferencia es que en nuestro caso, ha quedado más que evidente lo burdo del movimiento.

Decenas de intelectuales han puesto en evidencia al Gobierno, que está dando coletazos de dinosaurio ante un candidato que para su desgracia no logra levantar su imagen en las preferencias del electorado, a pesar de que nadie puede poner en duda sus capacidad profesional ni sus aciertos como funcionario en los diversos cargos que ha ocupado.

El pretender criminalizar a Anaya a estas alturas, puede tener el efecto contrario del que se busca, pues la mayoría de la gente puede darse clara cuenta de lo que está pasando, verlo como una víctima del sistema y volcarse en su defensa y apoyo.

Otro efecto, teóricamente indeseado para quienes han promovido este movimiento manipulando los hilos de la PGR en contra del candidato frentista, sería estar haciéndole el caldo gordo a AMLO, quien como un antiguo mariscal de campo podría estar viendo desde lo alto, cómo sus contrincantes pelean una batalla en la que a él no le corresponde intervenir pues las bajas entre aquellos terminarán siendo en su beneficio.

Dice un viejo dicho que “nadie sabe realmente para quién trabaja”, y el mismo aplica totalmente al caso.

Mientras priistas y frentistas luchan descarnadamente por desprestigiarse unos a otros, el “candidato de la paz y el amor” ve llegar cada vez más agua a su molino.

Salvo que lo que estemos presenciando sea un ejercicio aún más maquiavélico de lo que cualquiera pudiera suponer y todo esto sea un teatro para afianzar la candidatura del tabasqueño y por debajo del agua se hayan ya tejido los hilos de un pacto de no agresión, para que aquél que todo lo perdona pueda llegar tranquilamente a la Presidencia y los que necesariamente tendrán que irse no lo hagan con el miedo de sufrir venganzas ni persecuciones.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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