El Museo de la KGB de Nueva York, un viaje nostálgico a la Guerra Fría

Julius Urbaitis, curador del Museo de la KGB en Nueva York muestra una réplica del paraguas que se utilizó para asesinar al disidente búlgaro Georgi Markov en 1978. Foto: Catherine TRIOMPHE / AFP
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Asesinatos a plena luz del día. Agentes despiadados tramando a escondidas. Micrófonos plantados en todas las capitales occidentales. Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, el fantasma de la KGB aún sigue rondando la cabeza de muchos.

Ahora un museo de Manhattan ofrece un viaje en el tiempo al mundo de los agentes de la Guerra Fría, con retratos de Lenin en sus paredes, música militar de fondo y abundantes dispositivos de espionaje de alta tecnología.

El KGB Spy Museum es una creación del historiador lituano Julius Urbaitis, de 55 años, que pasó tres décadas viajando por el mundo para recolectar 3 mil 500 artefactos originales que se presentan juntos en una sala de exposiciones subterránea en Nueva York.

En el museo, ubicado en la calle West 14th de Manhattan, se muestran numerosos objetos de época que revelan la tecnología de punta utilizada por los espías de la KGB para robar información a los rivales de la Unión Soviética, principalmente Estados Unidos.

Hay decenas de cámaras diseñadas para ser ocultadas en botones, cinturones o accesorios. También se muestran lápices labiales-pistolas, micrófonos en miniatura y zapatos con escondites secretos para documentos en los tacones.

Se puede ver también una réplica del “paraguas búlgaro” utilizado en 1978 en Londres para envenenar al disidente de ese país Georgi Markov en un episodio particularmente infame de la Guerra Fría.

Y un tallado en madera del Gran Sello de Estados Unidos que fue conocido como “The Thing” (la cosa), que el embajador estadounidense Averell Harriman recibió como regalo en 1945.

El tallado tenía un pequeño micrófono escondido, que se alimentaba de energía electromagnética, una tecnología de vanguardia para la época, y que permitió a los soviéticos escuchar conversaciones hasta que fue descubierto siete años después.

Las oficinas de las KGB fueron reconstruidas meticulosamente utilizando artefactos originales de la época, desde muebles, máquinas de escribir o uniformes hasta libros, cigarros o tazas de té.

Como un extra opcional, los visitantes pueden hacer un visita con un guía ruso como Sergei Kolosov, un exdetective de la policía de San Petersburgo que recuerda haber utilizado algunos de los elementos expuestos.

Urbaitis y su hija Agne Urbaityte, de 29 años, se describen como curadores de la muestra, que pertenece a una compañía estadounidense de varios coleccionistas de arte que quieren permanecer anónimos.

Lápiz labial con capacidad para disparar un proyectil

Los coleccionistas habían oído hablar de las investigaciones del dúo padre-hija, que hace un par de años convirtió un búnker nuclear en desuso en un museo de la KGB en su ciudad natal de Kaunas, en Lituania.

Anexada por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, Lituania recuperó la independencia tras la caída del bloque soviético en 1991, cuando Urbaitis tenía 27 años.

“Los estadounidenses fueron a Lituania varias veces y me preguntaron si podía hacer un museo en Estados Unidos”, señaló Urbaitis, que habló principalmente en ruso.

“No querían a alguien que no conociera el régimen (soviético)”.

Aunque el museo describe las severas tácticas de la KGB – por ejemplo con un modelo de silla de interrogatorio – algunos críticos cuestionan que aborda el legado de la agencia soviética de manera ligera.

Urbaitis responde que su proyecto es “apolítico” y que su objetivo es simplemente “hacer que este sea el mejor museo del mundo sobre las tecnologías de la KGB”.

La prueba de la eterna fascinación con la KGB es la exitosa serie televisiva estadounidense “The Americans”, inspirada en la historia de una pareja de espías soviéticos que viven encubiertos en un suburbio de Estados Unidos.

El nuevo museo recibió a cientos de personas en los primeros días de su apertura.

“Es una muestra de cómo nuestros dos países – Rusia y Estados Unidos – estaban constantemente intentando obtener secretos unos de otros”, dijo Jim Lytle, uno de los primeros visitantes.

“Rusia podría tener una exposición como esta sobre la CIA, espero que lo hagan”, añadió.

Aunque la Unión Soviética ya no existe desde hace tiempo y la tecnología evolucionó a un nivel irreconocible, las acusaciones de tramas de espionaje siguen rondando a la Rusia actual y a su presidente Vladimir Putin, exjefe del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), el principal sucesor de la KGB.

Agentes rusos fueron acusados de envenenar al exespía Sergei Skripal y a su hija el año pasado en Reino Unido, un caso que desató la indignación internacional y una expulsión masiva de diplomáticos rusos por parte de naciones occidentales.

Del otro lado del Atlántico, en tanto, el fiscal especial Robert Mueller, que investiga la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016, presentó acusaciones contra 25 rusos, entre ellos varios miembros de la agencia militar de inteligencia rusa GRU.

“Estamos en una guerra diferente ahora”, comentó Lytle, un jubilado de la industria de la publicidad. “Ahora es más una guerra ideológica que amenazas de bombas atómicas y destrucción masiva. Hoy en día transcurre mayormente en internet y las redes sociales”.

Para Urbaitis, la fuente de su fascinación proviene del pasado y por eso tiene poco interés en documentar las técnicas de espionaje actuales, que muchas veces dependen de objetos de la vida cotidiana interconectados.

“El iPhone es el mejor espía. Nuestras computadoras son los mejores espías”, asegura. “Ahora estamos dando nosotros la información. Es más fácil para los agentes”.

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