“Moctezuma”, una novela de José Luis Trueba Lara

Una novela sobre el poder y la ambición

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José Luis Trueba, escritor y periodista nos presenta su más reciente libro “Moctezuma” una novela que nos acerca a uno de los emperadores más incomprendidos de la historia, pues fue quien tuvo que enfrentar la llegada de los españoles a Tenochtitlán.

Moctezuma, nos cuenta Trueba en entrevista, “es la bestia negra de la historia, el siempre criticado, es un personaje con el que no te queda más remedio que quedar fascinado con él y la novela inicia al tratar de entender por qué lo tratan así”.

Si bien la historia la cuentan los vencedores, en el caso del sucesor de Ahuízotl es al revés, y Trueba nos dice por qué:

“El Moctezuma que conocemos es el descrito por los derrotados, cuando cae Tenochtitlán, a los aztecas que sobreviven los entrevistan muchos frailes españoles y ellos de alguna manera tienen que justificar y entender la derrota”.

Entonces, ¿a quién le cargas el muerto? ¿A quién le cargas la patiza que te pusieron? El posible culpable es Moctezuma, pues Cuitlahuac no duró mucho y Cuauhtémoc es un emperador fugaz, y Moctezuma es quien vive todo el drama y es a quien culpan los derrotados. Curiosamente los españoles hablaban muy bien de Moctezuma.

El profesor de la UNAM asegura que “Moctezuma no alcanza a entender a los españoles pero los europeos tampoco entienden el pensamiento del emperador”.

Pero a final de cuentas “la historia no la decide Cortés sino las viejas cuentas que tenían pendientes los emperadores aztecas”.

En esta historia sobre el poder, nos damos cuenta que los antiguos habitantes de estas tierras, lejos de la idea romántica que muchos tenemos de que ellos estaban alejados de cualquier mala conducta  el también profesor de la Universidad Tecnológica de México afirma “eran unos transas, hacían sacrificios humanos, llegaron a practicar canibalismo, y no eran tan limpios, la ciudad no estaba llena de flores, sino olía a muerte”.

Pero ¿habitar en la gran Tenochtitlán qué ventajas tenía para sus moradores?

“Si tu vivías en Roma tenías pan y aceite gratis, en Tenochtitlán por el solo hecho de ser su habitante tenías seguridad, pues nadie se atrevía a atacar la ciudad, sin embargo quien vivía en Xochimilco podría ser atacado en cualquier momento”.

Además, los mexicas tenían acceso a un mercado que ofrecía productos de cualquier lugar, incluso de la zona maya.

“Pero aquel mundo que parecía tan poderoso, en el fondo no lo era, lo cual es una lección pues los grandes imperios se han caído con un soplido, por ejemplo, Porfirio Díaz que se cae con Madero que era un movimiento que no era gran cosa, son mundos muy frágiles”.

                                            Fragmento

La oscuridad de la habitación estaba a punto de devorar a Xochicuéyetl. La mujer del soberano avanzaba hacia la primera caverna, el reino de la muerte que se transforma en vida la esperaba sin ansia. Sin importar lo que pasara, ella se adentraría en su territorio. A pesar de los dolores no podía negarse a caminar hacia la negrura que recibiría la encarnación de la semilla más antigua, la que fue amasada junto con la sangre del dios que se rajó el pene para regalarle sus almas. Los hombres eran de maíz, pero sus tres espíritus venían de ese sacrificio. El ritual donde se enfrentaban la vida y la muerte estaba a punto de comenzar, el prisionero que encarcelaba su vientre moriría en sus entrañas y renacería en este mundo.

Un paso casi tembloroso le permitió acercarse para descubrir el sitio al que jamás había entrado. Las mujeres que estaban secas por dentro no podían profanarlo. Ellas eran como los campos que se desprecian sin remordimientos, un vientre yermo apenas merecía un escupitajo. Las vigas que detenían el techo estaban tiznadas y en las paredes ningún adorno se oponía al tezontle. La piedra, escarlata y porosa, era idéntica al color que los dioses exigían en las batallas y los sacrificios. El piso había sido barrido con gran cuidado; los petates que lo cubrían, enrollados y ocultos en algún recoveco del palacio de Axayácatl. El mandamiento no podía ser desobedecido, no debía quedar ninguna huella de la sangre que pronto se derramaría. El humo del copal que se consumía en el brasero se aferraba a la rugosidad de los muros y trazaba delgadas nubes. El fuego se había encendido desde el preciso instante en que se iniciaron las contracciones de su vientre.

Adentro sólo estaban las mujeres que esperaban su llegada. Su madre y algunas de las otras esposas de Axayácatl guardaban silencio. Una palabra invocaría la desgracia. Las lenguas tenían que quedarse firmes hasta que terminara el combate que ocurría en sus adentros. Todos los ojos estaban fijos en el piso, en las afiladísimas navajas que penetrarían en el cuerpo de Xochicuéyetl. Si el que estaba por nacer se aferraba al vientre de su madre, su cuerpo sería despedazado con tal de salvarla. La vida del crío era importante, pero la de la parturienta era más, su existencia era una de las garantías de la alianza pactada entre Axayácatl, el Tlatoani de Tenochtitlan, y su padre, el Señor de Iztapalapa.

Los pasos de Xochicuéyetl eran lentos. De cuando en cuando, las contracciones la obligaban a detenerse y aferrarse del brazo de la comadrona que estaba a su lado; los dedos firmes emblanquecían la piel de la anciana. El cuerpo de la parturienta olía a hierbas y su cabello seguía húmedo. Las gotas de agua perfumada se fundían con el sudor que recorría su frente. El calor del temazcal aún la arropaba, pero la soltura de sus músculos se perdía a cada paso. Cada vez que sus entrañas se retorcían, la tensión volvía con toda la fuerza.

La batalla entre la vida y la muerte se había iniciado, pero ella se sentía tranquila; el sabor del agua en la que habían hervido una cola de tlacuache la ayudaba en las contracciones y sanaba algunos de sus dolores, y Xochicuéyetl también contaba con el amparo de los dioses. Ella había cumplido con los rituales desde que las sangres se fueran de su sexo, los discursos se pronunciaron en la fecha precisa y jamás se comió un tamal que se quedara pegado en la olla, cada vez que los desenvolvía miraba con cuidado las hojas de maíz para descubrir un error de los sirvientes del palacio. Si lo hubiera llevado a su boca, su hijo se quedaría unido a su vientre. Tampoco se alimentó con corazones de guajolote y sus labios sólo sintieron el sabor de las tortillas que se palmearon con las más pequeñas bolitas de masa. La cabeza de su hijo tenía que ser chiquita para que no se atorara. También se alejó de las miradas que podían dañarla, los que le deseaban el mal asesinarían a su hijo con la ojeriza y los que tenían la vista muy fuerte podían herirlo incluso sin desearlo. Si esto pasaba, el niño nacería con la mollera hundida y por ahí se escaparían sus almas, la del corazón, la del hígado y la que se guardaba en su cabeza. Por más que la curandera le soplara en la quijada y los párpados, la coronilla nunca se levantaría y la huesuda se adueñaría de su cuerpo. Su madre siempre tenía razón. Por eso, bajo su ropa tenía amarrada una semilla idéntica a un ojo de venado y a su lado colgaba el diminuto cuerpo de un colibrí disecado.

Cuando naciera, su hijo tendría que convertirse en la encarnación de Huitzilopochtli, el dios guerrero que fue parido por Coatlicue al principio de los tiempos. Valía más que así fuera, de otra manera viviría con espinazo curvo y el sabor de la tierra en los labios. Sin embargo, nadie debía darse cuenta de sus planes. Bajo las impecables maneras de los habitantes del palacio corrían los ríos de fuego que deseaban la desgracia a los que podían aspirar al trono. A los más de cien hijos de Axayácatl se sumaría otro, un peligro para algunos, un enemigo para los envidiosos, una insignificancia para los que se creían seguros. La vida que estaba a punto de llegar al mundo no estaba libre de emboscadas.

Los días de Xochicuéyetl podrían cambiar después del parto, hasta ese momento sólo había sido una más en la fila de las mujeres soberano. Apenas destacaba, por lo que muy pocos sabían y unos cuantos intuían. Lo que ocurría en la oscuridad de las habitaciones del palacio era un murmullo que ocultaba las maldiciones; pero, si su hijo se sentaba en el trono cubierto con pieles de jaguar, ella podría ser la primera y las demás —si es que sobrevivían a su ascenso— tendrían que inclinarse ante su presencia.

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