MIREYA: JUSTICIA QUE MATA

El Instituto Nacional de las Mujeres, emitió un boletín para señalar que a la juez le faltó resolver con perspectiva de género; un criterio que hoy, ya no puede ser ignorado o minimizado por ningún integrante del Poder Judicial.

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El caso Mireya, la madre que el miércoles pasado decidió envenenar a sus tres hijos y luego suicidarse por haber perdido la custodia, coloca a una juez y al sistema de justicia, como responsables de una tragedia que tal vez pudo evitarse.

Aunque no sabemos cómo pretendió Mireya demostrar que sus hijos eran víctimas de abuso sexual por parte de su ex esposo, todo apunta a que ninguna autoridad creyó la historia de Mireya y que las autoridades judiciales terminaron por escuchar solamente la voz del padre. Es decir, del varón.

El Instituto Nacional de las Mujeres, emitió un boletín para señalar que a la juez le faltó resolver con perspectiva de género; un criterio que hoy, ya no puede ser ignorado o minimizado por ningún integrante del Poder Judicial.

Si llega a demostrarse que Mireya decía la verdad, entonces estamos ante un hecho muy delicado: que de nada sirve aprobar leyes avanzadas en materia de derechos humanos, si la ignorancia, los prejuicios y las fobias dominan a quienes imparten justicia.

Mireya, no es la única persona que, como mujer, ha perdido ante un tribunal. Policías, agentes del Ministerio Público, jueces, magistrados y ministros siguen emitiendo resoluciones a partir de visiones arcaicas que colocan a la mujer en desventaja frente a la justicia, pero también ante la vida misma.

En la Constitución de la Ciudad de México, recientemente aprobada, se hizo obligatoria la paridad de género en la integración del Poder Judicial. Paridad que no existe en la Corte y tampoco en los tribunales locales.

La trágica historia de Mireya nos dice, sin embargo, que si bien la paridad numérica es importante, más lo es que un impartidor de justicia deje de ser el principal verdugo de la mujer.

Horas después de que Mireya y sus hijos “dieran un portazo” con su propia vida a la resolución de la juez, en Nezahualcóyotl sucedía algo similar.

Valeria, de 11 años, apareció muerta después de haber sido secuestrada y de que las autoridades, tal vez,  por tratarse,  de una niña y de una niña pobre, ignoraron la denuncia desesperada de sus padres.

Para decirlo rápido: Mireya no se suicidó y a Valeria no la secuestraron. Ambas fueron víctimas de juezas, jueces y autoridades que imparten y procuran justicia al margen de los adelantos de la mujer y respondiendo a estereotipos decadentes propios de las etapas más oscuras de la humanidad.

P.D. Sería importante saber las razones por las cuales la juez quitó a Mireya la custodia de sus hijos y no evitó colocarla a la orilla del precipicio. 

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