#MeToo o sobre qué se hace con el deseo por los otros

Beverly Hills, CA - enero 07: Sally Hawkins y Frances McDormand. Presley Ann/Getty Images/AFP
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El péndulo se halla ahora en el extremo. El caso Weinstein ha desatado toda una suerte de reacciones: desde luego que la más relevante es el movimiento #MeToo dada su trascendencia por la participación de figuras públicas, la gran mayoría del espectáculo, quienes se han sumado a la denuncia.

En un mundo organizado de esta forma, pareciera que se precisa de las voces de famosos para que algo se vuelva trascendente. No obstante lo anterior, las descripciones de las situaciones de abuso, de amenazas, de sometimiento, provocan horror solo de escucharlas.

Tengo la impresión, que para los más jóvenes este tipo de movimientos parecen ser tan solo el ejercicio obligado de algo que debe llevarse a cabo sistemáticamente; para los que somos de generaciones más añejas, el movimiento tiene ese doble efecto, por un lado de alivio, al reconocer las bondades de un cambio tendiente al esclarecimiento, a la vez que nos recuerda la inercia obligada de otras épocas en las que, no hablar de temas de abuso sexual era la regla; épocas en que las relaciones hombre-mujer recurrían al sometimiento como sistema y en las que la denuncia era algo a veces más temido que el propio agravio.

La “Pensée française” mostró hace unos días su postura. Un grupo de 100 intelectuales tachó el movimiento #MeToo de “puritanismo sexual” advirtiendo que ha devenido en una “caza de brujas”.

Entre ellos destacó Catherine Deneuve, a quien diversos defensores del movimiento han llegado a señalarla como encubridora de delitos sexuales. Sí, la misma Catherine que hace 50 años protagonizara a Séverine Serizy en el clásico “Bella de Día” de Luis Buñuel: una joven mujer que al no encontrar satisfacción sexual con su marido, se adentra en el mundo de la prostitución y al sometimiento de hombres que pagan por sus servicios. Y de nuevo, lo que en esa época escandalizó por ser una propuesta tan atrevida, hoy puede ser vista como una película cuya temática poco sorprendería a las nuevas generaciones.

Pero hay algo muy rescatable del personaje: se trata de la capacidad de Séverine de ponerse en contacto con su muy particular mundo de fantasías sexuales y el permiso que se otorga en algún punto de su vida, de dar rienda suelta a ellas.

La discusión del movimiento #MeToo, hasta donde entiendo, corre por la vía de la denuncia del abuso del poder a través de la coerción en cualquier tipo de ámbito, ya sea laboral, familiar o escolar. Pretende “desnormalizar” una serie de conductas “normalizadas” que durante mucho tiempo han sido el modus operandi de un sistema machista de organización social.

#MeToo nada tiene que ver con el deseo; sí, me refiero al deseo erótico que de inicio se haya fundado en la propia biología de los seres humanos, y que hace que todos, -o para no errarle, casi todos-, nos sintamos sexualmente atraídos hacia otras personas, independientemente del conocimiento o la ignorancia del otro, de todo aquello que suscita su sola presencia. Lo que cada quien hace con este deseo, la forma en que administra su propio erotismo y la forma de expresarlo, son parte de un capítulo vastísimo de la sexualidad humana.

Una gran parte de la teoría psicoanalítica está organizada en torno al devenir del deseo sexual. En “El Malestar en la Cultura”, Freud sostiene que gran parte de los conflictos de las personas (de esa época, pero sigue siendo vigente en la actual), tiene que ver con las restricciones que impone un sistema social que aspira a ser civilizado, en el cual -y para que esto suceda-, los seres humanos no podemos desplegar abiertamente todos nuestros impulsos sexuales.

Sin embargo, la historia de la conducta humana, nos recuerda que para toda restricción, existe un hueco permisivo del sistema que permite que esta regla sea transgredida. De ahí el carácter que toma el acoso sexual en todas sus modalidades y el forzamiento del acto sexual como forma extrema de sometimiento.

La discusión sobre la conducta sexual humana es siempre un tema vigente; hacerlo a la luz de nuevos paradigmas, hace que la reflexión se vuelva no solo oportuna, sino inevitable. Lo mediático puede ser muy deslumbrante, como lo mostraron las actrices vestidas de negro en la última entrega de los Premios Globos de Oro de hace unos días.

Sin embargo, considero que esta discusión debe correr por caminos más críticos y profundos: está en relación ni más ni menos, con el gran tema de la educación, la educación sexual en específico.  

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