MENÚ DE BODAS

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Varios medios de comunicación dieron cuenta el pasado fin de semana sobre lo que ha sido calificada como la boda de bodas de la transición.

Una boda de la austeridad republicana que seguramente será símbolo y ejemplo de la sencillez con la que van a vivir los funcionarios del próximo gobierno.

Empecemos por el menú. Los platillos ahí servidos pueden estar al alcance del bolsillo de cualquier mexicano. Los anfitriones ofrecieron cola de langosta, espárragos y camarones, un corte de filete de res a la Bordelesa y una gran variedad de postres para agradar a paladares exigentes.

Pero la sorpresa no estuvo en la suntuosidad del salón, en el derroche de flores o en el exclusivo vestido de la novia, sino en la identidad del novio y de su testigo principal.

Se trató del enlace matrimonial de César Yáñez, excoordinador de prensa y futuro encargado de política y gobierno del presidente electo.

Fue una boda sin ideologías. Quedó en el pasado y seguramente en el olvido aquello de la medianía juarista, el vivir sin lujos para no ofender a los más pobres o el tan sobado dicho: a los de izquierda no nos interesa el dinero.

Todo eso, en una simple boda, se vino abajo.

Entre ese acontecimiento social y los cumpleaños, matrimonios, bautizos, despedida de solteros más lo que se quiera añadir, celebrados por cualquier acaudalado priista o poderoso panista, no hay diferencia. Lo único que cambian son los nombres de los partidos.

Morena organizó una boda que en lujo y dinero invertido no le pide nada a las celebradas por la oposición. Tampoco a una fiesta de reyes.

Luego entonces, ya no entendimos nada. ¿Qué significa eso de la cacareada austeridad republicana?  ¿O aquello de que Morena, según su Declaración de Principios, combate el “régimen de opresión, corrupción y privilegios de un Estado mafioso construido por una minoría que concentra el poder económico y político en México”?   

Alguien podrá alegar que César Yáñez todavía no es funcionario público y que puede hacer con su vida privada lo que le venga en gana.

Tal vez, pero el cambio de régimen, según lo ha dicho AMLO, debe empezar por la conducta de los funcionarios.

Nada de marearse  o de enloquecer con el poder.

La pregunta, entonces, que hoy se hacen los 30 millones de mexicanos que votaron por la “Cuarta Transformación” es, si los que llegan, son, de verdad,  distintos a los que con su voto condenaron.

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