Matar o la crónica desnuda

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Ante un panorama tan morosamente descriptivo del acto criminal, multiplicado por la nota roja y una parte considerable de la llamada literatura negra, sobresalen las crónicas de un sonorense que reunió bajo el genérico título de “Matar”, publicado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Este libro de Carlos Sánchez se distingue porque más que recrearse en la minucia del plato de sangre, nos acerca a la absurda psicología del monstruo.

La fuerza de sus crónicas no dependen del acto brutal sino de sus motivos. Y eso es todo un acierto: la repetición de carnicerías en miles de páginas y el cine Gore que se fragmenta en series, han inmunizado a no pocos lectores.

Más que el lugar del crimen, (ya se sabe: la luz mortecina, la oscuridad, la atmósfera antes del homicidio, esos lugares comunes desvaídos por el uso) los narradores rescatados por Carlos Sánchez nos acercan al  subsuelo de la consciencia de ese hombre común de vida previsible  que de pronto decide ser otro casi sin darse cuenta. Tan natural es su tránsito de una realidad a otra que asusta.

La eficacia de la escritura en las crónicas de “Matar” es que no desvela toda la trama de la mente criminal. Permite que el lector termine de escribir esa crónica que busca contarnos el cuento de la verdad. El escritor es un escucha atento, un entrevistador puntual, para jalar la hebra y mostrarnos la madeja. Imaginarla completa es tarea del lector.

Después de pasar la páginas de cada historia el lector no puede impedir pensar que ha conocido personajes semejantes, con vidas tan comunes que difícilmente podrían  prefigurar las decisiones bárbaras que se convirtieron en el centro de su vida.

Aunque el lenguaje forma parte de la atmósfera narrativa, nunca se convierte en un personaje. Es el puente para llevarnos a la vida de un desconocido tan semejante a muchos que nos obliga a mirar de nuevo nuestro entorno.

En “Matar” no hay concesiones nos dice Imanol Caneyada,  “ni figuras teóricas, ni poesía de alambique. Tampoco filigranas en laboratorio de adjetivos”  y eso se agradece. Las historias transcurren como las cuentas que nos cuentan el cuento de los días.

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