Más allá del Informe

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En décadas pasadas, durante larga noche de le hegemonía priista, al primero de septiembre, fecha en la que el titular del Ejecutivo Federal, por disposición constitucional, presenta su informe sobre el estado de la Unión, se le conocía coloquialmente como el “Día del presidente”.

Después de la ceremonia ritual  en la que el equivalente al “gran tlatoani”, daba lectura a su extenso mensaje desde la máxima tribuna del Congreso federal, interrumpido constantemente por vivas y aplausos, salía del recinto cameral en un auto descubierto rodeado de guardaespaldas y se daba un baño de pueblo entre una lluvia de papelitos tricolores.

Seguía entonces la denominada “salutación presidencial”. Esta tenía lugar en uno de los enormes salones oficiales de Palacio Nacional y a la misma eran invitados únicamente los consentidos del gobierno en turno. Era un auténtico besamanos, propio de las antiguas cortes orientales. Un indigno episodio de lambisconería.

El informe además, era transmitido por cadena nacional en radio y televisión y la prensa daba cuenta al día siguiente de los “enormes” logros alcanzados por el gobierno durante el año anterior. En raras ocasiones, como en 1982, el evento servía para hacer anuncios espectaculares, como lo fue la estatización de la banca durante el sexenio de José López Portillo, que sería revertida años después.

Los medios de comunicación críticos al sistema era muy pocos y de muy escasa difusión, menos eran aún los periodistas que se atrevían a criticar abiertamente al presidente o a los funcionarios el gobierno. En los estados operaba prácticamente el mismo ceremonial en lo tocante a los gobernadores de cada entidad.

A partir de la llegada de Vicente Fox al gobierno la rutina comenzó a variar, hasta el punto en que la oposición le impidió comparecer ante el pleno del congreso federal y tuvo que enviar su Informe por escrito a través del secretario de Gobernación. Desde entonces todo cambió y el Día del presidente pasó a ser evento político de menor relevancia, si bien no ha dejado de ser aprovechado para mandar un mensaje político que suele ser más criticado que reconocido, salvo por los incondicionales del gobierno en turno.

El informe de ayer, primero que oficialmente correspondió rendir al presidente López Obrador, fue un poco más de lo mismo de siempre. Una serie de autoelogios y ausencia de autocrítica. Sin embargo, si algo no puede reprocharse al nuevo gobierno ha sido falta de congruencia entre lo que la gente esperaba de él desde los tiempos de su campaña y lo que ha venido haciendo como gobernante.

Aunque ciertamente no deja de sorprendernos en muchos sentidos cada día y los ciudadanos nos preguntamos con frecuencia con qué parte de la clásica concepción de la geometría política se identifica su gobierno. Sin embargo destaca dentro de todo, su insistente y pertinaz discurso sobre la lucha contra la corrupción.

Para nadie es ajeno, que esta ha sido un flagelo y un cáncer que han corroído las entrañas de nuestro país durante siglos y que grave daño le han causado. Si en su señalado objetivo de abatirla lo lograra, aunque fuera en un 50%, el resultado ya sería un enorme éxito. Estoy cierto de que todos los mexicanos de buena fe deseamos que así ocurra, lo mismo que con las tareas pendientes en materia de inseguridad y procuración de justicia que siguen siendo las más urgentes y apremiantes en casi todo nuestro territorio.

Con frecuencia se repite como un lugar común, que si al presidente le va bien, el país tendrá una suerte similar. Sería de esperarse que, con independencia de cualquier crítica razonable y objetiva, AMLO pueda cumplir sus objetivos en cuanto bienestar para todos los que integramos esta gran nación. Pero sin duda, más allá de este primer informe de gobierno y los que sigan, hay una enorme tarea pendiente en cada uno de nosotros, en el seno de nuestras familias, en nuestro entorno, social, académico y profesional. Ningún gobierno podrá cambiar para bien al país, si cada uno de nosotros no hacemos lo que nos toca desde nuestra trinchera individual.

En ello va nuestro futuro y el de nuestro hijos, sin importar quién gobierne. ¡Todos somos México!

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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