Mariguana libre

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Durante los años de la famosa “Ley seca” entre principios de 1920 hasta fines de 1933, en que la producción, comercialización y consumo de bebidas alcohólicas en los Estados Unidos estuvo prohibida, la demanda de estas no solamente no disminuyó sino que se disparó en la clandestinidad. Los índices de criminalidad se comportaron de igual forma y aumentaron hasta en casi seis veces.

Las ciudades fronterizas del norte de México, comenzaron a vivir un auge económico. Tijuana, en especial, pero también otras de menor tamaño como eran entonces Ciudad Juárez o Reynosa, recibían todos los días, pero especialmente los fines de semana, a miles de estadounidenses ávidos de poder consumir lo que del otro lado les estaba vedado.

Miles de litros de cerveza, vino, whisky y cualquier otra clase de bebida espirituosa eran vendidos a raudales en bares, cantinas y centros nocturnos, generando un exitoso negocio de este lado de la frontera.

El contrabando de licores por su parte también fue una práctica común, tanto desde México como desde Canadá. Las bandas de delincuentes que operaban destilerías y bodegas clandestinas se multiplicaron y las cárceles de llenaron de gente dedicada al negocio.

La pretendidas virtudes sociales que supuestamente habían sido el objetivo para justificar la Enmienda XVIII a la constitución estadounidense, nunca lograron concretarse y por el contrario los demonios del vicio con los que se pretendía acabar, se multiplicaron por centenas.

Sobre este tema se han escrito cientos de páginas. Sin embargo, aún tras el fracaso de esta experiencia la política del prohibicionismo heredado de las costumbres puritanas que aún subsisten en buena parte de la sociedad estadounidense fueron transmitidas e impuestas a otros países, entre ellos México bajo diversas facetas.

Mientras en la actualidad, el alcohol y el tabaco, son drogas socialmente aceptadas, a pesar del evidente daño potencial que su consumo supone y que está científicamente comprobado, y la venta de productos inhalables, auténticos venenos como el thinner y los pegamentos sintéticos son de libre acceso, incluso para los menores de edad, otro tipo de sustancias especialmente la mariguana, han sido estigmatizadas y prohibidas sin más razón que la que le da al Estado la facultad de regular la producción y comercio de todo lo que se produzca, circule, se venda o se consuma en el territorio nacional, si bien bajo criterios ciertamente absurdos, aunque la legitimidad de un gobierno democrático para determinar qué puede uno o no introducir a su cuerpo sea claramente cuestionable.

En la actualidad, como sabemos, varios estados de la Unión Americana, entre ellos Colorado, Nevada y recientemente California han liberalizado y permitido el consumo de la Cannabis, tal y como ocurre en otros países como Holanda y Uruguay. Esta política ha supuesto no solo el fin de negocios ilegales para las bandas delincuenciales, sino importantes ingresos fiscales para los gobiernos de dichos estados y países. En México, sin embargo la realidad y la política prohibicionista y de cerrazón absoluta continúa.

Apenas hace unos meses, se aprobó tímidamente el uso de ciertos derivados de la mariguana con fines medicinales pero bajo restricciones que prácticamente hacen imposible el acceso a ellos, mientras que muchas otras sustancias adictivas se venden libremente en las farmacias bajo la etiqueta de medicamentos que, aunque se suponen “controlados” son de rápido acceso con recetas médicas fácilmente falsificables.

El argumento utilizado por el gobierno a lo largo de la historia, es el de la supuesta protección a la salud pública de la población. Sin embargo, esta pretendida justificación cae por su propio peso.

Resulta más riesgoso para el bienestar de la comunidad el alto consumo de azúcares en los refrescos y la dieta basada en alimentos grasosos típica de nuestros usos y costumbres sociales, que suponen al año cientos de miles de muertes por diabetes y enfermedades cardiovasculares.

La semana pasada, fueron muy comentadas las valientes declaraciones del secretario de Turismo, Enrique de la Madrid, en torno a la necesaria revisión de estas políticas públicas y en especial sobre el comercio y uso de la mariguana en el territorio nacional, sugiriendo que estos podrían comenzar a liberarse en zonas turísticas como Baja California Sur, Cancún y la Riviera Maya.

Las reacciones en favor y en contra no se han hecho esperar, pero desde luego el Gobierno federal se apresuró a desmarcarse de las opiniones de De la Madrid, las cuales habría hecho a título personal.

Ninguno de los precandidatos se atrevió tampoco a externar una posición clara al respecto y cuando mucho, alguno se atrevió a decir, que se trata de  un tema que debe abrirse al debate público de manera seria y objetiva.

Nadie, sin embargo ha incluido públicamente dentro de sus plataformas y propuestas la necesidad de que este debate se realice de manera urgente, a pesar de que está plenamente demostrado que el prohibicionismo a ultranza, como hasta ahora ha subsistido, ha significado un rotundo fracaso y es un claro aliciente para la delincuencia organizada y el crecimiento de la violencia incontrolable en el país.

¿Hasta cuándo seguiremos pretendiendo tapar el Sol con un dedo y vivir en la hipocresía?

Es hora de enfrentar la realidad de forma madura y reconocer que una guerra contra las drogas y contra cualquier tipo de adicción se gana con políticas públicas encaminadas a la prevención, información y rehabilitación desde los hogares, en las aulas y en los medios de comunicación y no a balazos y a costa de miles de muertes. El prohibicionismo debe terminar.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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