Marichuy, oxígeno para la democracia mexicana

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Las elecciones de 2018 sin duda serán únicas. Nunca se había visto una justa electoral tan reñida e incierta, a pesar de que los actores políticos que contenderán por la silla presidencial ya venían anunciándose meses atrás.

Aunque el descontento y el abstencionismo se advierten como los virtuales ganadores de los próximos comicios, hay que reconocer que el panorama electoral de este año también será recordado por dar pie a nuevas candidaturas, y no nos referimos a las independientes ya que éstas aparecieron por vez primera en 2015, sino a aquellos perfiles que buscan visibilizar a los sectores más excluidos de la sociedad mexicana buscando un lugar en la boleta electoral.

La diversidad y los grupos en situación de vulnerabilidad están dando pelea por verse representados, y es que la candidatura de María de Jesús Patricio Martínez, mejor conocida como Marichuy, constituye una victoria social para aquel sector poblacional de México que siempre ha sido víctima de la política clientelar del sistema mexicano.

Una mujer indígena nacida en la comunidad de Tuxpan, Jalisco, originaria de la etnia náhua y que ejerce la medicina tradicional, hoy encabeza la candidatura impulsada por el Congreso Nacional Indígena, quien la designó su representante el 28 de mayo de 2017 y, posteriormente, la registraría como aspirante a la Presidencia de la República por la vía independiente el 07 de octubre de ese mismo año.

Marichuy goza de una reputación impoluta. No ostenta ningún grado académico por parte de instituciones educativas de prestigio en México y el extranjero, ella solo estudió hasta el bachillerato. Tampoco es políglota, solamente habla náhuatl y español. Ni posee una trayectoria profesional en el servicio público al frente de alguna dependencia, es una consolidada y reconocida médica tradicional (actividad que, en países como China, equivale a un grado de licenciatura o posgrado) y que además ha impulsado numerosos proyectos comunitarios en diversas partes de la República Mexicana (como la Casa de Salud Calli tecolhuacateca tochan, en su natal Tuxpan).

Su trayectoria es mucho más meritoria que la de los demás candidatos que actualmente buscan la Presidencia de México ya que, en un país tan desigual, el que una mujer indígena y de escasos recursos haya concluido sus estudios, ya es un logró per se.

Claro, si se viene de una familia “bien” y holgada de recursos económicos, estudiar no debería ser un logro que aplaudir, sino una exigencia mínima considerando lo conveniente de la situación.

La representante de los más de 60 pueblos originarios que conforman el Congreso Nacional Indígena además ha sido una férrea combatiente del machismo estructural que hoy no solo permea en las comunidades, sino en toda la sociedad mexicana (basta con recordar El Bronco quien evidenció su ignorancia y misoginia en su más reciente entrevista con Loret de Mola).

¿Que acaso no es signo de valentía y compromiso social auténtico el enfrentar al patriarcado desde las trincheras más vulnerables del país?

Totalmente, la lucha feminista de Marichuy es incluso más legítima y admirable que la de muchas otras defensoras de la misma causa.

Marichuy es mucho más que una mera colección de victorias académicas y curriculares.

Representa una verdadera vocación de servicio público que hoy, lastimosamente, ni los candidatos de partido ni los funcionarios públicos poseen en lo absoluto.

Marichuy, es un ejemplo vivo de la otredad, al dedicar su vida al servicio de la comunidad, tal y como debería ser la verdadera política.

La democracia mexicana está en agonía, se está ahogando en los vicios del tripartidismo y de la promiscuidad política, la identidad de partido ha desaparecido y no existen ya candidatos que logren inspirar el voto de la ciudadanía ya que ésta solo vota por el “menos peor”.

En este escenario tan desolador y adverso para México, donde la perversión de la democracia solo repercute en la maximización de violaciones a derechos humanos, la candidatura de Marichuy aparece como un bálsamo social.

Quizás y no gane la elección, pero el simple hecho de visualizarla como una opción en la boleta, es ya esperanzador.

República Checa ya vivió algo similar hace algunos años. En las elecciones de 2013 de ese país, el abogado y músico Vladimir Franz, quien además de ser un conocido compositor de ópera tiene el 90% de su cuerpo tatuado, contendió por la Presidencia checa. Su candidatura desafió por completo los estereotipos de la política occidental y no solo fue provocadora, sino que despertó un sentimiento inédito, el ver al frente de ese país a una persona común y corriente que, por sus tatuajes, hace algunos años hubiera sido descartado por completo como candidato. Franz logró algo histórico, si bien no ganó en los comicios quedó en tercer lugar y, además, fue invitado a participar por el Presidente electo como vice ministro de cultura, cargo que ostenta hasta la fecha.

La candidatura de Marichuy, igual que la de Franz, va más allá de una victoria electoral, significa la posibilidad de desafiar a ese clasismo recalcitrante que discrimina por el color de la piel, es redignificar los orígenes de la cultura mexicana.

Desafortunadamente, todo indica que la valiente náhua no logrará el registro ya que, a solo nueve días de concluir el plazo para la recolección de firmas, ésta tan solo lleva el 25% de los apoyos necesarios, por lo que reunir el 75% restante para sumar las 866 mil 593 firmas requeridas por el INE, es una labor imposible de concretar.

¿Es el esnobismo pseudo académico el que ha impedido que María de Jesús logre registrarse como la primera mujer indígena en contender por la Presidencia de México? ¿La malograda aplicación móvil del INE para la recolección de firmas de candidatos, confirma la situación de exclusión que vive este sector de la población?

A la democracia mexicana le urge oxígeno, ya que perece muy lentamente asfixiada por los partidos políticos de siempre y, la candidatura de Marichuy, es ese soplo de vida que tanto necesita.

Rezan los siete principios que rigen al Concejo Indígena de Gobierno: (i) servir y no servirse, (ii) construir y no destruir, (iii) obedecer y no mandar, (iv) proponer y no imponer, (v) convencer y no vencer, (vi) bajar y no subir, (vii) representar y no suplantar.

¿Qué acaso no es esto lo que México pide tanto a gritos?

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Adalberto Méndez López. Country Representative para México de la Organización Internacional Justice Travel, LLC., Director Ejecutivo del Centro Iberoamericano de Formación en Derecho Internacional y Derechos Humanos, A.C. (CIFODIDH) Y Consejero Académico del Instituto de Investigación y Estudios en Cultura de Derechos Humanos, A.C. (CULTURADH); Catedático de la Universidad Iberoamericana y del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM); Profesor visitante de la SUNY University at Buffalo (E.U.A) y del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (OEA); Twitter: @ADALSAMMA; E-Mail [email protected]