Los sirios cavan tumbas por adelantado en Idlib

Foto: OMAR HAJ KADOUR / AFP
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Al volante de una excavadora en la provincia siria de Idlib, el voluntario Basel al Rihani cava en la tierra rojiza las tumbas para las próximas víctimas de los bombardeos del régimen sirio.

La región de Idlib, que alberga alrededor de tres millones de habitantes en el noroeste de Siria en guerra, sufre casi a diario ataques del régimen del presidente Bashar al Asad y de su aliado, Rusia.

Desde finales de abril más de 360 civiles, entre ellos 80 niños, murieron debido a la intensificación de los bombardeos en esta provincia y los territorios cercanos controlados por los yihadistas, según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH).

“Cavamos tumbas (…) ni siquiera sabemos para quién”, reconoce Rihani en el sector de Maaret al Nooman, una localidad de la que huyeron casi todos los habitantes debido a los bombardeos masivos.

Se cava por adelantado y los funerales se celebran de forma apresurada, a menudo en pequeños comités, ante una tumba sin estela funeraria.

Se hace para “enterrar a la gente lo antes posible porque los cementerios suelen ser blanco” de ataques, añade este joven de 25 años.

Con la excavadora termina en menos de diez minutos, explica este padre de cinco hijos. Sin ella tardaría hasta tres horas, con lo que se expondría mucho más a los aviones que sobrevuelan la zona.

Idlib, fronteriza con Turquía, es una de las ciudades comprendidas en el acuerdo concluido en septiembre de 2018 entre Moscú y Ankara para establecer una “zona desmilitarizada” en el sector y separar los territorios bajo control rebelde de las regiones en poder del régimen.

Pese a ello en abril el régimen y Rusia intensificaron los bombardeos sobre esta región y las zonas adyacentes en las provincias de Alepo, Hama y Latakia, controladas por Hayat Tahrir al Sham (HTS), un grupo yihadista formado por el exbrazo sirio de Al Qaida.

El lunes Mohamed Torman, de 21 años, enterró a su hija Fátima. Tenía dos años. Él había salido a comprar verduras cuando su casa del pueblo de Maar Shurin fue bombardeada.

Corrió de vuelta y extrajo a la niña de entre los escombros pero falleció poco después en el hospital. La llevó a casa para lavar el cuerpo y permitir a la familia recitar las oraciones funerarias tradicionales.

“La enterramos rápidamente. Éramos pocos. La gente tenía mucho miedo de los aviones”, afirma.

“Ni siquiera pudimos despedirnos correctamente”, declaró.

Por falta de medios y para reducir el riesgo, las familias de las víctimas organizan funerales modestos y rápidos, explica Basel al Rihani.

“Antes de la guerra, la mitad de la ciudad acudía a un entierro. Ahora la ceremonia cuenta con solo cuatro o cinco familiares”, cuenta el socorrista.

A veces las víctimas están desfiguradas (quemadas o despedazadas) y con frecuencia se entierra a varias, a distintas generaciones de una misma familia.

Rihani cuenta cómo en enero, cuando enterraba al sobrino de un amigo muerto en un bombardeo aéreo, un hombre le pidió que parara. El padre del niño acababa de morir como consecuencia de las heridas sufridas y la familia quería sepultar a los dos en el mismo lugar.

“Estaba cavando una tumba, tuve que agrandarla para que cupieran padre e hijo”, recuerda el socorrista.

La semana pasada, cerca de la aldea de Kafr Aweid, una decena de hombres se juntaron para enterrar a sus seres queridos en las inmediaciones de un campo. Tenían que estar celebrando la fiesta musulmana de Aíd al Fitr, que marca el fin del mes de ayuno, pero diez civiles murieron en los bombardeos del régimen.

Cerca de una fosa, un hombre reconforta a otro con semblante triste y rastros de sangre en la chilaba.

Bajo un árbol, una familia observa una caja de cartón manchada de sangre. En su interior se halla el cuerpo despedazado de Yamen, de cuatro años.

Su abuelo, inclinado sobre la caja, está furioso. “¿Dónde está la humanidad? ¿No tienen conciencia?”, grita con las manos levantadas hacia el cielo.

Cerca de él unos hombres dejan en una fosa los cuerpos envueltos en mantas, separando las víctimas con bloques de cemento. Una pala echa montículos de tierra sobre las tumbas.

(AFP)

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