Los Simpsons: la risa como método para razonar

Tampoco conozco crítica más incisiva y constante contra el "American way of life" que Los Simpsons.

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Todo humorista es un moralista.

Desde la carcajada nos hace pensar, dudar de lo visto, replantearnos lo vivido.

En 1928 Curzio Malaparte empezó a publicar una novela  por entregas corrosiva, de sátira incansable, que daba en el blanco invariablemente. La crítica mordaz de “Don Camaleón”, nunca bajó de tono. Incluso da la impresión de que en sus últimos capítulos incrementó su dosis de humor ácido. No conozco mejor campaña subversiva contra Benito Mussolini, el Duce de la mano de Hierro que “Don Camaleón”.

Tampoco conozco crítica más incisiva y constante contra el “American way of life” que Los Simpsons.

El primer episodio de esta serie imaginada por Matt Groening apareció el 17 de diciembre de 1989 y desde entonces se convirtió en un referente indispensable de la cultura estadounidense.

No es un pecado imaginar que Moliere habría disfrutado de esta serie. Y si Los Simpsons le gustaban a Octavio Paz y al tendero de la esquina, algo debe tener la serie pues se ha mantenido durante tres décadas en un mundo donde la competencia por el público televisivo cada día es mayor.

Para James M. Wallace, Los Simpsons es un cocido de referencias literarias, alusiones culturales, parodia autoreflexiva, humor a quemarropa donde todo cabe.

Y es cierto, lo real y lo imaginario coinciden en Springfield esa ciudad que es todas las ciudades: Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, Stephen Hawking y Paul McCartney, George Bush, Hillary Clinton y un universo de personajes “tipo” donde todos en algún momento se convierten en coprotagonistas de un capítulo.

Montgomery Burns es el típico empresario corrupto; Homero, el ingenuo puro capaz de provocar una muerte; Lisa es la nerd vegetariana con excelentes notas en la escuela; Marge, el ángel del hogar; Bart el niño problema, buleador de cepa; Moe el cantinero enamorado de Marge; Edna la maestra sexy.

Pero si la serie ha cautivado a públicos tan distintos como el del tendero de la esquina y el representado por Octavio Paz y Carlos Monsiváis, se debe a que la serie tiene distintos estratos satíricos, alusiones a la alta cultura y la cultura popular, y un humor referencial y simultáneo para especialistas y profanos.

Las referencias a Homero, Poe, Bradbury, Dracula, Stevenson, no chocan porque no se necesita conocerlos para reírse con un capítulo. Si alguien encuentra la referencia culta recibe, digamos, un premio adicional.

Todo cabe en Los Simpsons: la sátira a la religión, la burla a las formas de hacer política, la crítica mordaz a golpe de carcajada de los empresarios de doble cara, la broma a costa de la educación tradicional y, por si fuera poco, la bufonada ácida sobre la televisión misma.

Si el capitalismo devora todo para ponerlo en venta, Los Simpsons todo lo asimilan para mostrarnos el perfil de nuestro rostro.

“Los Simpson y la filosofía” de William Irwin y otros, nos ayuda a mirar la parte trasera de este tapiz animado que al provocarnos la risa nos hace pensar.

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