Los candidatos y la sociedad civil

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A partir del análisis de la obra La Democracia en América del sociólogo y político francés Alexis de Tocqueville, (1805-1859), mucho es lo que se ha escrito sobre la importancia de la denominada sociedad civil en los regímenes democráticos modernos.

La española Lambra Saínz Vidal, sostiene en las conclusiones de su tesis doctoral sobre la obra del autor normando, (“Tocqueville, la sociedad y la democracia”, Universidad Autónoma de Barcelona, Facultad de Filosofía 2014) que el mundo actual asiste a un renovado interés por la sociedad civil, la que se ha erigido como una solución alternativa a los males que aquejan a las democracias en los últimos tiempos. La distancia cada vez mayor que separa a los ciudadanos de sus representantes y la escasa incidencia de estos en la toma de decisiones, la falta de espacios para la deliberación, la existencia de partidos políticos más preocupados por sus intereses corporativos que por el bien común, los abusos de poder, la corrupción, la falta de transparencia, la pérdida de valores cívicos y la desconfianza en las instituciones y otras patologías sociales, han provocado que la sociedad civil se erija como solución, como “el gran instrumento democrático para democratizar nuestras democracias”.

La sociedad civil, entendida como el conjunto de organizaciones e instituciones ciudadanas, voluntarias y sociales que fungen como mediadoras entre los gobernados y el Estado, ha tomado sin duda una fuerza indiscutible en los tiempos recientes. Desde aquellas que urgen a la población a tomar consciencia sobre la importancia del cambio climático y el equilibrio ecológico, pasando por las que promueven la igualdad de género, el respeto a los derechos de las mujeres, la no discriminación, los derechos de los discapacitados y de los integrantes de la comunidad LGBT, hasta las que se ocupan de la lucha contra la impunidad y la corrupción y un sinnúmero de diversas iniciativas impulsadas por las también denominadas ONG que han beneficiado a millones de personas, no cabe duda que en su gran mayoría han dado voz a quienes en el pasado no eran escuchados ni tomados en cuenta por las autoridades.

Los políticos en su mayoría también se han aprovechado de ellas cuando han hecho suyas sus iniciativas y han logrado que sus demandas se traduzcan en leyes y ordenamientos jurídicos, que de otro modo, nunca se hubieran materializado. Tal como nos recuerda Juan E. Pardinas en su columna del domingo 8 de abril en Reforma, la facultad que ahora tenemos los habitantes de la CDMX de elegir a nuestros gobernantes, es en buena medida resultado de un esfuerzo de la sociedad civil, entre otros muchos ejemplos.

No obstante, el indudable valor de este tipo de organizaciones, debe reconocerse que las hay también algunas que han sido creadas deliberadamente para obedecer a ciertos criterios obscuros o a intereses políticos inconfesables. Máscaras corporativas disfrazadas de iniciativas ciudadanas que en el fondo no son sino instrumentos para servir a determinados intereses personales o corporativos o de plano para lavar dinero.

Por fortuna, estas son las menos y por lo regular son fáciles de identificar, frente a una mayoría de entidades que impulsan legítimamente intereses ciudadanos de los más variados.

En las actuales campañas políticas, varias organizaciones de la sociedad civil, han demandado de los candidatos definir sus posturas frente a inquietudes ciudadanas de urgente resolución. El tema de la legalización del comercio y consumo de la mariguana, así como el de la adopción de menores por parte de parejas homosexuales, son  solo una par de ejemplos de tales cuestionamientos.

Hasta ahora ha habido poca claridad de los candidatos, -salvo el caso de Mikel Arriola quien pretende llegar a la jefatura de Gobierno de la capital de país impulsado por el PRI,-  quien abiertamente ha dicho que se opone a la posibilidad de la adopción homoparental, así como a liberalizar legalmente el uso y consumo de la cannabis.

La postura de Arriola se antoja como un canto de la sirenas hacia los votantes más conservadores que se sienten descobijados por el PAN, bajo el argumento de su interés por proteger a la familias, pero de ninguna manera es representativa de las tendencias mundiales sobre estos tópicos.

Por su parte, Andrés Manuel López Obrador declaró recientemente que le tiene “mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”, ya que le parecen una simulación que atiende a los intereses de la mafia del poder. Pero al ser cuestionado sobre temas como los derechos de los homosexuales y el aborto, ha manifestado que estos deberían someterse a consulta popular, lo cual se escucha como una clara contradicción frente a la abierta desconfianza que le inspiran las organizaciones que en muchos casos representan las inquietudes de millones de ciudadanos.

¿Dónde queda entonces la coherencia y cuál será la realidad de lo que hagan los candidatos una vez que lleguen al poder?

Falta por escuchar a Anaya, a Meade y Margarita Zavala sobre su sentir respecto de la importancia de las organizaciones de la sociedad civil y sobre todo respecto a los temas más álgidos que algunas de ellas impulsan. De lo que en su momento callen o digan puede depender el voto de miles de electores que aún no han tomado una decisión firme sobre sus preferencias para el próximo primero de julio. Al tiempo.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

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