Los candidatos, la prensa y las suegras

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“México necesita estadistas, no pugilistas”. Diego Valadés.

La tolerancia se define como la capacidad de una persona para respetar las ideas, opiniones o actitudes de las demás, aun cuando no coincidan con las propias.

La frase que mejor ha definido el concepto de tolerancia sin hacer referencia directa a esta, ha sido sin duda atribuida al ilustrado francés Voltaire al señalar: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero daría la vida por defender el derecho que tienes de expresarlo”.

La tolerancia es además un valor social de doble sentido, es decir, de ida y vuelta. Aquel que acusa de intolerante a otro debe, desde un punto de vista ético —si quiere que su opinión se respete—, ser igualmente tolerante a su vez con las posturas de los demás.

Desde luego, como en casi todo, existen límites. Cuando se nos coloca frente a posiciones extremistas, que pueden dañar a las personas en su integridad o afectar la estabilidad del tejido social, la tolerancia no aplica y el error debe señalarse, pues en caso contrario se corre el riesgo de perder su calidad de virtud y transformarse en indolencia, negligencia, permisividad o libertinaje.

La intolerancia por su parte puede tornarse en autoritarismo.

En México, durante 70 años continuos de regímenes priistas, la mayoría de los medios de comunicación subsistieron bajo el control del gobierno de una u otra forma.

La censura se ejercía de manera oficial a través de la Secretaría de Gobernación, la que además tenía dentro de su nómina a decenas de periodistas pagados, a fin de que estos escribieran notas favorables al régimen, que  además controlaba de manera monopólica la distribución del papel necesario para la edición de periódicos impresos.

La apertura democrática contribuyó indudablemente a una mayor libertad de expresión que comenzó a percibirse de unos 25 años para acá, pese a que siguen subsistiendo añejas y viciadas prácticas como la del “chayote”.

También siguen existiendo medios cuyas  líneas editoriales buscan congraciarse con el gobierno en turno o con grupos políticos en particular, pero cada vez son más los periodistas independientes que se atreven a ejercer una crítica valiente, abierta y objetiva, y los medios que abren sus páginas a voces variadas y plurales.

La tendencia a una mayor apertura es irrefrenable y mucho más hoy en día, en el que los instrumentos electrónicos de comunicación como el internet y las redes sociales constituyen herramientas para difundir información de manera inmediata y al alcance de todo aquel que tenga a la mano una computadora o un teléfono celular.

Además de ello, existen cientos de blogs, foros y toda clase de plataformas digitales que ya no requieren del radio, la televisión o la prensa de papel y cuentan con millones de seguidores, sobre todo los más jóvenes, que recurren a ellos para mantenerse informados. Este Mañanero Diario es un ejemplo de ello, pero los hay de todos los colores y sabores, a gusto del consumidor.

La semana pasada, el portal de noticias Animal Político publicó una nota basada en información dada a conocer por la Auditoría Superior de la Federación, en la que se daba cuenta de una serie de irregularidades financieras —similares a las de la denominada “Estafa Maestra”—, presuntamente ocurridas en la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno federal en los tiempos en que esta fue dirigida respectivamente por Rosario Robles y por José Antonio Meade.

La nota no incluía una acusación directa contra ninguno de los funcionarios señalados.

El equipo de campaña de Meade reaccionó inesperada y violentamente ante esta información, señalando que “(…) el contenido de la nota referida supera por mucho el derecho a la libertad de expresión (…)”. A lo anterior, siguió una amenaza directa de emprender acciones legales contra el medio periodístico y contra el autor de la nota. ¿Cuáles son entonces los límites de este derecho, de acuerdo a los criterios del candidato priista?

El hecho mismo de la reacción del equipo de Meade es alarmante y manda una señal de intolerancia inaceptable en estos tiempos y más aún cuando las campañas electorales están apenas en su etapa inicial.

¿Cuáles serán las políticas que en torno a estos temas siga el hoy precandidato oficial si llega a la Presidencia? La probable respuesta da miedo.

Pero este tipo de reacciones no son privativas del PRI. En el pasado, Andrés Manuel López Obrador se ha dicho víctima de la prensa que no es proclive a sus posiciones políticas y ha descalificado continuamente aquellas encuestas públicas que en algún momento no lo han marcan como claro  favorito.

Lo mismo ha pasado con gobernadores y funcionarios de todos los partidos. Al más puro estilo de Trump y de Maduro, muchos políticos mexicanos se niegan a aceptar que la realidad informativa ha cambiado en todo el mundo y que una parte fundamental dentro de las reglas del juego electoral se llama tolerancia y respeto absoluto a la libertad de expresión.

México tiene, por desgracia, un lamentable récord en materia de violencia y asesinatos en contra de periodistas y reporteros.

Los políticos deberían descalificar cualquier intento de censura contra los medios informativos y quienes forman parte de ellos. Por el contrario, deberían ser los primeros en alentar la críticas y la transparencia, aunque en ocasiones no los favorezcan.

Pero que no se mal entienda, esto no debe tampoco suponer el que se estimule la proliferación —que también se da— de noticias realmente falsas que únicamente pretenden dañar a alguien o generar inquietud  social, pero en todo caso ciertos excesos serán siempre preferibles a cualquier intento de mordaza.

Los políticos, y especialmente los que ahora pretenden verse favorecidos por el voto popular para llegar a un cargo público deben darse cuenta que los periodistas y los medios de comunicación se asemejan a la familia política. Son una especie de suegra con la que hay que convivir de manera permanente y cotidiana. Las hay amorosas, comprensivas y que procuran no inmiscuirse más allá de lo indispensable en la vida familiar, pero son implacables en la crítica y pueden ser una amenaza mortal si se sienten amenazadas o limitadas en el ámbito de su territorio, que en el caso específico es la libertad informativa y de expresión.

Hay otras que odian al yerno o a la nuera desde el principio y nadie las hará cambiar de opinión. Con estas también hay que aprender a lidiar. No se trata de pretender ganarse sus afectos con regalitos y apapachos hipócritas, sino su respeto en una relación de equidad.

El ciudadano Meade —como ha dado en llamársele— deberá ocuparse de una inmediata operación cicatriz con los medios informativos, si no quiere tenerlos francamente en contra y que estos se tornen aún más sensibles en las críticas y señalamientos que hagan a su gestión como funcionario público y al desarrollo de su campaña.

Si no lo hace, correrá el riesgo de ser visto desde ahora como un candidato autoritario e intolerante y potencialmente como un presidente parecido a Trump o a Maduro, con los peligros que ello implica.

Adicionalmente, sus contrincantes buscarán capitalizar a su favor cualquier otro error que cometa en este sentido.

La prensa es como la suegra: severa, crítica y no siempre la más objetiva, pero desde luego es más conveniente procurar mantenerla contenta y, si no podemos conseguir que esté de nuestro lado, hay que evitar a toda costa que se convierta en nuestra peor enemiga. Parafraseando de nuevo a Voltaire: Aunque no siempre estemos de acuerdo con lo que diga o haga, no podemos desconocer su derecho a hacerlo; por el contrario, debemos apoyarlo.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…  

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