SI LO VAN A MATAR, MÁTENLO DE UNA VEZ

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Si políticamente lo van a matar, que lo maten de una vez.

Ricardo Anaya no merece ser Presidente de México. Por esa razón, no debe ser convertido en víctima.

Si es culpable de haber construido una sofisticada arquitectura financiera para lavar dinero, que implicó crear una o más empresas fantasmas para evadir impuestos y ocultar el origen de una transacción por la cual recibió 54 millones de pesos, entonces, debe ser procesado lo más rápidamente posible.

De otra forma, entre más días transcurran y la PGR se limite a filtrar videos y sus adversarios a utilizar las redes para desacreditarlo, más crece la duda sobre su verdadera culpabilidad.

A Ricardo Anaya no lo van a bajar de las encuestas haciendo circular spots. La única forma de eliminarlo de la carrera presidencial es demostrando que se trata de un psicópata dedicado al hurto.

Si la traición fuera motivo suficiente para descalificar y sancionar a un político, Anaya estaría desde hace tiempo fuera de la carrera electoral.

Lamentablemente, ni la Constitución, ni el código penal, ni la sociedad misma, consideran la deslealtad, el engaño y la mentira como causas graves para poner a alguien en la cárcel.

Entre más tarda la PGR en demostrar que el panista ha incurrido en una serie de actos de corrupción vinculados –como se ha dicho- con el crimen organizado, más oportunidad se le da al candidato frentista de aparecer como un mártir.

Si viviera el dramaturgo Rodolfo Usigli, autor de El Gesticulador, obra en la que un impostor se hace pasar por un héroe de la Revolución Mexicana, sin duda, se hubiera inspirado en Ricardo Anaya.

Su compleja sicología le ha permitido engañar a muchos y acabar con todo. Para empezar con su partido político, Acción Nacional, del que no queda nada, excepto las ruinas que vende y ha entregado a Movimiento Ciudadano y al PRD para llegar al poder.

Si la Procuraduría General de la República no se da prisa, Anaya no solo va a ganar el caso, sino también la elección.

México cargará con el costo de haber llevado a la Presidencia a un empedernido traidor.

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