El liderazgo de Andrés Manuel

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Si algo no se le puede regatear al presidente López Obrador, es su liderazgo; aunque gran parte de la oposición sigue intentando hacerlo, al señalar que estuvo en campaña permanente durante 18 años.

Sin embargo, permaneció vigente y tuvo la capacidad de tener un diagnóstico certero de la situación del país y de las necesidades de la sociedad, lo que le permitió conectar con los distintos grupos del electorado y tener un triunfo arrollador en las elecciones de julio de 2018.

Su comunicación política durante la campaña fue excepcional, los mensajes penetraron a lo largo y ancho del territorio nacional; sus causas, se convirtieron en las causas de la mayoría; sus objetivos eran claros; sus demandas totalmente legítimas; y sus anhelos, eran nuestros sueños dorados: acabar con la corrupción, con la impunidad y el desmantelamiento de los grupos privilegiados del poder, por la vía legal.

Ante una tarea titánica, como esta, que sin duda, lleva tiempo, se requiere una hoja de ruta perfectamente trazada, meticulosamente precisa, con tiempos establecidos y con un excepcional y pulcro manejo, además del mejor oficio político.

Toda esta compleja estrategia integral, debería de ser palpable; desgraciadamente, pareciera que no existe, que es el “día a día” lo que marca la agenda, aunque la marque el presidente.

Llegar al poder era el primer gran reto, finalmente, se logró; ejercer el poder, es algo diametralmente distinto y ejercerlo de manera eficiente, aún más; en esta etapa no es suficiente tener el mejor diagnóstico, es indispensable saber el cómo.

En el caso de Andrés Manuel, todavía es más complejo, pues las esperanzas de millones de mexicanos están depositadas en él, y no solamente los 30 millones de votantes, muchos millones más que se sumaron después de la elección y que aumentaron las expectativas, ese gran apoyo, también es la mayor presión

Si a eso le agregamos que tiene la mayoría de la Cámara de Diputados y del Senado, no puede tener ninguna excusa ni pretexto para el fracaso.

Siempre ha sido bien visto que el mandatario de la nación, afronte las adversidades y los momentos de crisis por las que han atravesado sus administraciones; de hecho, en muchas ocasiones, se les ha reclamado por no hacerlo; sin embargo, el ejercicio del poder no puede descansar únicamente en la figura presidencial, confiando, en este caso, en el liderazgo de Andrés Manuel, eso es muy desgastante, física y mentalmente tanto para él, como para su Presidencia y ya estamos viendo los estragos, traducidos en movimientos erráticos cada vez más frecuentes.

¿Dónde está el gabinete? ¿Dónde está el coordinador de Comunicación Social? ¿Dónde están los asesores? ¿Dónde está la estructura?

La información y las acciones de todo el Gobierno federal giran alrededor del presidente, cualquier otra información, planes o acciones concretas, carecen de confiabilidad, porque al día siguiente, o en ocasiones el mismo día, el mismo mandatario puede desmentirlas, no importa si la fuente original es un secretario de Estado o un subsecretario; esta dinámica genera desconfianza, incertidumbre y merma la credibilidad de la Administración, además de nublar la percepción de la “Cuarta transformación”, incluso dentro de filas y de algunas médulas.

Ni la “austeridad republicana”, ni la “pobreza franciscana” pueden ser motivo para abstenerse de tener la estructura correcta y necesaria que soporte la Presidencia, pues son los engranes que hacen que la maquinaria funcione de manera eficiente.

Una Presidencia eficiente con un liderazgo como el de Andrés Manuel, sería un éxito rotundo, enriquecedor, imparable; si las decisiones son erráticas y el rumbo no es el adecuado, el liderazgo se erosiona con el tiempo y con el propio ejercicio del poder.

¡Esa es la ecuación!, analícela, es un consejo sin desperdicio de un escribano que votó por usted.

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