El libro erótico de un fantasma

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El joven poeta sueco Lasse Söderberg nunca imaginó, a sus 19 años, que a los ochenta llegaría a sus manos un cuaderno con poemas eróticos de un colombiano que sólo había conocido José Eustasio Rivera, en el remoto año de 1924. Por lo menos esa es la única referencia de la que disponíamos hasta hace unos días de la aparición de ese personaje.

El novelista había dado  a conocer el nombre de Arturo Cova en su novela “La vorágine”   el año mencionado y,  desde entonces, nada se había vuelto a saber de él. Claro, se conocía  que era el protagonista  de esa novela que  transcurre en la selva y da cuenta de la salvaje explotación de los caucheros.

Todos creían, incluido yo, que sólo era un personaje que había muerto con el novelista, cuatro años después de la primera edición del libro. Que nunca más conoceríamos de él nuevas aventuras. Que era  algo así como el Pedro Páramo de Rulfo, el Aureliano Buendía de García Márquez o Doña Bárbara de Rómulo Gallegos; una especie de alter ego con el que se asociaría su nombre hasta el fin de los tiempos.

¿Quién era Arturo Cova para  Lasse Söderberg? Confiesa que no lo sabe, pese a tener “desde hace ya muchos años, un legajo de poemas escritos a máquina de cinta negra gastada y en cuartillas tamaño americano, manchadas de humedad y alguna que otra corrección a lápiz, en una carpeta también manchada” que tenía en la tapa esta leyenda: “Arturo Cova El libro de los adulterios”.

Después de algunos tumbos, marcados por el azar que nada deja al azar, el manuscrito había llegado a las manos de Shöderberg allá en Suecia, según  la nota con la que  presenta a la pequeña plaquette lujuriosa, que decidió editar en México  bajo el sello editorial de El Tucán de Virginia.

No debe sorprendernos que haya decidió dar a conocer esos poemas en México. Era amigo de Octavio Paz ( tradujo algunos de sus poemas y lo acompañó a recibir el Nobel); había participado en varias actividades literarias aquí y, en su país, cuando trató de hacer una antología de poesía erótica sueca, se llevó la sorpresa de que este tipo de poemas prácticamente no existían. La única explicación que encontró es que se debía quizá  a la cultura luterana de los países nórdicos.

Söderberg me regaló el primer ejemplar de la edición con un epígrafe que más que aplacar mi curiosidad terminó por acrecentarla: Para Javier Aranda, el saludo lejano de Arturo Cova y otro más cercano de  Lasse Söderberg.

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