LAS TUMBAS DE TLAHUELILPAN

Foto: ALFREDO ESTRELLA / AFP
- Publicidad -

El infierno que desató la explosión de Tlahuelilpan dejó ver entre las llamas el rostro más oscuro de México.

Los autores de ese fuego fueron muchos. En primer lugar, las cabezas de una red criminal que hasta hoy parece intocable.

Pero también, presidentes de la República, gobernadores y alcaldes que no han hecho nada o muy poco por combatir la pobreza, pero sobre todo, la miseria  cultural e intelectual de millones de mexicanos.

Las crónicas e imágenes que relatan cómo hombres y mujeres de todas las edades se bañaban, “felices”, bajo un géiser de gasolina; que robaban combustible sin escrúpulo alguno para después convertirse en bolas humanas de fuego, exige hacer un análisis que vaya mucho más allá de la anécdota.

Se trata de uno de los episodios más tristes en la vida reciente del país porque pone en evidencia múltiples carencias. La social, la económica, pero también la humana.

Las llamas acusaron falta de justicia social, pero también ignorancia,  oportunismo, y el desprecio por la  legalidad.

Si algo nos dijo Tlahuelilpan es que México, su sistema educativo y la sociedad en su conjunto no han sabido construir ciudadanos.

Valdría la pena saber a qué escuela, con qué escolaridad y qué aprendieron en las aulas y en su comunidad cada uno de los que murieron carbonizados.

¿Acaso no sabían que la gasolina es incendiable? ¿Que bañarse en combustible era una apuesta al suicidio? ¿Que estaban cometiendo un hurto?

A este vacío -¿cómo llamarlo?- intelectual y de sentido común se suma otro: el desprecio a la autoridad.

Prefirieron suicidarse, ser abrasados por el infierno, a escuchar las advertencias de los soldados que les pedían alejarse.

El desprecio a la ley, acabó en la excavación de tumbas.

Comentarios