Las cartas de Van Gogh

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Si los textos literarios deben medirse por la emoción que provocan, las cartas de Vincent van Gogh a su hermano Theo seguirán siendo más que un documento testimonial. Las líneas que redacta son las líneas de su mano, el perfil de su rostro, su otro autorretrato no menos audaz e intenso que los más de treinta autorretratos pintados por el artista.

Su correspondencia es el diván del pintor, el close up de su taller artístico, su arte poética transformada en escritura.

En un carta a su hermano Theo, por ejemplo, Vincent van Gogh le comenta la nueva idea que le ronda la cabeza y que no es otra que su habitación que pintó tres veces bajo el mismo esquema:  “esta vez se trata sencillamente de mi dormitorio” donde sólo debe operar el color y — escribe— “dándole un mayor estilo a las cosas por su simplificación”.

La obra “ha de sugerir reposo o el sueño en general. En una palabra, al contemplarse el cuadro debe descansar el pensamiento o, mejor aún, la imaginación”.

Y en otra carta fechada en Arlés el 30 de abril de 1889 asegura que los artistas necesitan singularizarse a partir del color, no limitarse a copiar simplemente los colores de la naturaleza porque el color en manos del artista “expresa algo distinto por sí mismo”. Su tarea debe ser buscar colores “que parezcan hermosos” desde su óptica, para que sean los correctos y así puedan relacionarse unos con otros.

Así describe su famosísima habitación en Arlés a su hermano a partir de los colores: son violetas las paredes, el piso de tablas rojas, la madera de la cama y las sillas son de un amarillo de manteca tierna, las sábanas, la almohada, de limón verdoso, el cubrecama, rojo escarlata. No hay sombras, escribe, el cuadro está pintado en capas planas y libres como las estampas japonesas.

Vincent van Gogh, según sus cartas, quiere que los colores hagan su trabajo, que junto con sus pinceladas gruesas y atrevidas digan algo aunque supiera bien que los pigmentos con el tiempo cambian y las pinturas se marchitan como flores.

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