La verdad en la pandemia

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Podrán tener razón todos los que han calificado a López Obrador de omiso ante la crisis sanitaria mundial por el Covid-19 -generoso adjetivo me comentó alguien-, de no suspender sus giras, sus abrazos y besos públicos y dar el ejemplo equivocado; de no declarar emergencia nacional y cerrar las fronteras; como lo han hecho otros países del mundo y ahora también en Latinoamérica; incluso podrían tener razón en sospechar que las cifras dadas a conocer diariamente por el Gobierno federal sobre los casos de coronavirus están maquilladas.

Desgraciadamente, hoy nos enfrentamos a algo desconocido y será el tiempo el que dé la razón y reparta las culpas.

Definitivamente el Gobierno federal, y el Ejecutivo en primera instancia, tiene la responsabilidad de encarar y enfrentar las crisis de toda índole que amenacen al país y nosotros como ciudadanos podemos y debemos exigir que se haga de la manera más eficiente y con los mejores resultados, es nuestro derecho, hayamos votado o no por Andrés Manuel.

Sin embargo, eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos y con la sociedad en general, de actuar de manera responsable, cumpliendo con los protocolos y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, y cuidar nuestro entorno, y eso debe de incluir la información que compartimos de boca en boca, por WhatsApp y a través de las redes sociales.

La desinformación o las fake news” como le llaman ahora, es un virus que viaja a mayor velocidad, recorre mayores distancias y es más letal que cualquier otro que hayamos conocido.

Los rumores, la distorsión de las cifras y los aseveraciones mal intencionadas y dolosas, generan paranoia y terror en una sociedad que bajo el yugo del miedo está ávida de cualquier nuevo suceso.

Ese miedo paraliza y no nos permite pensar con claridad en las consecuencias de compartir información no verificada, tendenciosa o con el simple propósito de generar caos.

Es en esta esfera donde los medios, públicos y privados, juegan un papel fundamental, porque tienen el poder de contener o distribuir a gran escala más miedo a la población, antes lo era la televisión, hoy lo son las redes sociales y de manera exponencial.

Así fue en días pasados cuando muchos medios y periodistas aseguraron que el señor José Kuri había perdido la vida y se convertía, a pesar de su condición económica privilegiada, en la primera víctima del Covid-19 en México, cuando en realidad, a pesar de su estado crítico, permanecía con vida, incluso hasta estos momentos.

Lo que es un hecho, es que el coronavirus había cobrado su primera víctima: las reglas básicas del periodismo.

Incluso se podría haber escrito un obituario que dijera:

Lo mataron los periodistas”.

Mi maestro siempre me ha dicho que es mejor esperar y que la información esté confirmada a ser el primero y pecar de irresponsable, cuanta razón tiene.

Una situación como la que estamos viviendo no se puede, ni se debe, traducir en golpeteo político, porque lo que está en juego no es la credibilidad, popularidad o actuar de un presidente, es la salud mental, incluso antes que la clínica, de toda la población.

Probablemente este sea el párrafo más crudo que haya escrito, el más desalmado y si es así, será el más criticado, aún así, esta óptica es mi verdad, aquella que se ha forjado por no tenerle miedo a la muerte:

Partiendo de la base de que estoy seguro que la pobreza que va a generar en el mundo el coronavirus, es la verdadera pandemia; tenemos que generar los cálculos adecuados y determinar cómo enfrentar esta crisis al menor costo de vidas posibles, no al menor costo político y una parálisis económica con la situación tan endeble que tenemos, le podría costar la vida a cientos de miles de mexicanos que morirían de hambre.

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