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Volver a estar presente, en un medio tan imprescindible cuanto necesario, como lo es El Mañanero, supone poder subirse al tren de la clase de periodismo que el país requiere. En el México, de siempre, -plagado de medios parciales controlados por el mejor postor, oscilantes a los vaivenes del poder y saturados de lugares comunes-, es una oportunidad que no puede dejarse pasar. Es sumarse al esfuerzo de unos pocos, por hacer una prensa crítica y valiente, pero a la vez responsable y plural.

Representa la posibilidad de poder dar testimonio y opinar, sobre lo que sucede en una sociedad que pareciera haber quedado detenida en el tiempo, o que incluso hubiese dado marcha atrás en la historia y regresado a los tiempos de los salteadores de caminos y del abigeato, ahora transformado en huachicol. Hemos sumado males a nuestro devenir cotidiano, sin desarrollar la capacidad de sacudirnos el subdesarrollo, el oprobio y la pena, que suponen entre otros, la inseguridad en todas sus variantes, -incluyendo las cotidianas ejecuciones de uno y otro bando-, la corrupción a todos los niveles, en todos los ámbitos y en sus más creativas modalidades, los cacicazgos locales al margen del Derecho, el robo de combustible, los procesos electorales manipulados y la campante subcultura de la impunidad, como la ha identificado Ignacio Morales Lechuga, ex procurador general de la República, uno de los pocos ex funcionarios que puede hablar del tema con autoridad y solvencia moral.

Vemos con envidia a otros países que sí han tenido la capacidad de, no sólo desarrollarse económicamente para transformarse en potencias, (como Corea del Sur y Singapur), sino de prácticamente eliminar el flagelo de los vicios sociales que a nosotros nos siguen corroyendo las entrañas, a pesar de los logros que debieron haber supuesto las reformas estructurales aprobadas con años de retraso. Nuestras garantías fundamentales vulneradas, con la tolerancia de una indiferencia casi generalizada de una sociedad, que se dice harta pero que transmite resignación.

El robo de combustible a nivel nacional que, de ser un problema aislado hasta hace unos años es hoy noticia cotidiana, se ha convertido en el deporte favorito de la delincuencia organizada, haciendo de los más pobres su brazo ejecutor, pretendiendo justificar sus acciones en la carencia de oportunidades y atreviéndose a poner a las mujeres e hijos de estos como parapeto.

Ante la incapacidad de una empresa como Pemex, podrida de por sí desde adentro y desde siempre incapaz de hacer frente a la fragilidad e indefensión de sus instalaciones exteriores. Los ductos que recorren toda la geografía nacional, nunca mejor definidos como herencia demoniaca, que en La Suave Patria de Ramón López Velarde, escrita a principios del siglo pasado: ...”el niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo, el diablo….”

La cacería de pequeños corruptillos de la propia paraestatal, a cargo de la Secretaría de la Función Pública, que sale a la luz para colgarse una medalla de papel y taparle el ojo al macho de las grandes fortunas amasadas a la sombra y el cobijo de los altos funcionarios y líderes sindicales que suman miles de millones de pesos, no es más que una burla. Una dosis más de atole con el dedo para la base de la pirámide social; cacahuates para sectores  ávidos de resultados reales en el tema de la lucha contra la corrupción, pero que ya no se tragan como en el pasado las gacetillas oficiales y saben que los de arriba, siguen usando jets privados y derrochando el dinero público sin que nadie los llame a cuentas.

Ante este escenario de suyo surrealista, se suma la voz del “profeta de la esperanza” que piensa y asegura que para el 2018 la corrupción podrá terminarse por decreto cuando él ocupe la silla presidencial, como si de magia se tratara.

La tristeza nos hace volver a la poesía de López Velarde, quien con visión de augurio escribió hace casi cien años, sobre aquello que pudo ser y no ha sido. Un país en el que, con la salvedad de unas cuantas iniciativas ciudadanas y profesionales, como este Mañanero que hoy inicia un nuevo ciclo, casi nada se mueve hacia adelante para superar los obstáculos. Un país que colecciona problemas, como si fueran trofeos, en vez de resolverlos. Una nación que desoye los avisos y deja de lado las oportunidades.

La poesía nos recuerda que la historia y el presente, siguen siendo los mismos, se reciclan perversamente. El águila de la leyenda fundacional de Tenochtitlán nunca pudo terminar de devorar a la serpiente, y ésta rediviva, -como escribió Amado Nervo-, se muerde de la cola.

Aquí nos vemos, yo, voy derecho…

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