La noche en un búnker de Cachemira “es como vivir en un cementerio”

Foto: Sajjad QAYYUM
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Junto a su bonita casa de Dhanna, en la zona de Cachemira bajo control pakistaní, Chauhdry Hakam Deen construyó un búnker siniestro donde se refugia cuando estallan hostilidades con India pero para él “pasar la noche en el interior es como vivir en un cementerio”.

El refugio se remonta a la batalla de Kargil en 1999, una región montañosa de la parte india de Cachemira por la que India y Pakistán libraron combates durante varios meses.

Han pasado 20 años pero las refriegas entre los dos vecinos se han reanudado.

El búnker es minúsculo e incómodo. Apenas 2x2m y una altura inferior a 1.70 metros que le obligan a permanecer sentado o de cuclillas sobre cartones o alfombras, al lado de un brasero que le hace toser.

“Cuando los bombardeos comenzaron, llevábamos en brazos a nuestros hijos hasta el búnker”, cuenta Deen, desanimado y con barba de tres días. “Tenían tanto miedo que no comían”.

Las mujeres y los niños de esta familia fueron finalmente evacuados a la ciudad aledaña de Kotli, menos expuesta. En Dhanna, la mayor parte de los 2 mil lugareños huyeron. Solo quedaron unos cuantos para proteger sus bienes.

Chauhdry Hakam Deen apiló sacos de arena delante de la puerta de su búnker. En caso de explosión, los muros de tierra no protegerán a los ocupantes. El techo, de ramas y lonas de plástico, tampoco.

Su casa se encuentra a diez metros del refugio y a unos 5 km de la Línea de Control, la frontera de hecho que separa India y Pakistán.

La tensión diplomática entre los dos países parece haber amainado desde los combates aéreos del 27 de febrero (los primeros en décadas) pero los disparos de mortero y de artillería han aumentado a ambos lados de la Línea de Control.

Varios civiles y militares murieron en los enfrentamientos, tanto en India como en Pakistán. En Dhanna, un corresponsal de la AFP vio una decena de casas, un centro de salud y una gasolinera alcanzados por los bombardeos indios. Los habitantes temen que empeore.

“Es el valle del miedo. La vida se detuvo”, afirma Sardar Javed, un periodista local. “La gente se pone nerviosa en cuanto oye un ruido”.

Las paredes blancas y azules de la casa de Chauhdry Hakam Deen están llenas de agujeros, algunos del tamaño de un puño. Un obús aterrizó en su cocina, otro reventó la puerta de entrada.

“Cuando vamos al búnker, durante un bombardeo, tenemos la impresión de estar en una tumba”, comenta el hermano mayor del propietario, Chaudhry Maqbool, de 60 años.

“Nadie se interesa por nosotros”, añade este hombre. “Ninguna persona del gobierno vino a ver cómo sobrevivíamos”.

Cuando las armas callan, los dos hermanos construyen con otros familiares un nuevo búnker, más espacioso y cómodo.

Ulfat Bibi creó por su parte un refugio fortificado en el interior de su casa, reforzando las paredes y el techo, lo que no le impide vivir “el final del mundo” cada vez que se produce un bombardeo. “Tenemos miedo de ser alcanzados por un obús de mortero”.

Imposible huir; teme perder a sus dos búfalos, la única riqueza de la familia. Junto a ella, su nuera Jameela Akhtar, de 35 años, mantiene a sus dos hijos, de 2 y 5 años, a su lado. Tienen la mirada apagada, están asustados.

(AFP)

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