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Los mexicanos somos festivos y alardeamos de festejar incluso a la muerte misma. Cuando los extranjeros visitan nuestro país se sorprenden de las diversas formas de representación que le damos a ese momento último al que todos nos enfrentaremos inexorablemente. En las cercanías del Día de Muertos, buscamos ávidos el tradicional y delicioso Pan de Muerto, bañado en azúcar, pero decorado con figuras que semejan huesos largos cruzados sobre su dulce superficie. Los niños juegan con calaveras de azúcar que en la frente ponen un pequeño letrero con los nombres de sus familiares, amigos o los suyos propios. Para muchas familias poner el altar de muertos es tan significativo e importante, como la colocación del nacimiento y el arbolito en la temporada navideña. Colocamos pequeños altares en nuestras casas, adornados con papel picado de colores, fotografías de nuestros familiares y seres queridos ya fallecidos. Ponemos adornos que simulan su comida favorita, botellas del que fuera su licor predilecto e incluso cigarros, -aunque los fallecidos hayan pasado a mejor vida, como consecuencia del alcoholismo o del cáncer de pulmón-; así somos, celebramos la muerte y festejamos a nuestros muertos.

En el arte popular son célebres los grabados sobre la muerte, ejemplo de ello, la Calavera Tapatía de Manuel Manilla y la famosa y tantas veces reproducida Catrina de José Guadalupe Posada. En la literatura urbana, nada como las famosas “calaveras”, rudimentarios ejercicios poéticos, en los que la gente se burla de algún personaje de moda, de su jefe o de algún compañero para hacer mofa de su físico, de sus gestos o de sus dichos para, en un breve verso, mandarlo al otro lado.

Pero en México, la muerte tiene otra cara, que no por cotidiana nos es más ligera o llevadera. Llevamos décadas con la muerte a cuestas. La de los secuestros, los levantones, los ajustes de cuentas, las desapariciones forzadas, las emboscadas y todos sus derivados como lo son las fosas clandestinas y los activistas y periodistas asesinados sólo por levantar la voz y señalar a los culpables y a los cómplices de la impunidad y de la injusticia.

Nos hemos habituado por necesidad, a las notas que dan cuenta de los decapitados, de los pozoleados, de los encajuelados y de los muertos de mil formas que yacen por docenas en los arcenes de las carreteras acompañados de los ya clásicos “narcomensajes” de los cárteles que con cada vez más frecuencia se escinden y se multiplican sin control.

Acusamos los presuntos abusos del Ejército, sin caer en cuenta que a los soldados los entrenan para defenderse y para matar a sus enemigos; mientras los responsables de darles una normatividad adecuada van pateando el bote, sin preocuparse por agradecerles lo mucho que sí hacen para proteger a la población ante la falta de respuesta y la corrupción de los cuerpos policiacos a todos los niveles. Lo anterior, sin que con ello se pretendan justificar las fallas propias de muy contados miembros de las fuerzas armadas que en más de una ocasión han sido también infiltradas por las fuerzas del “lado oscuro” en diversos grados.

La muerte nos ronda, como señalara Jorge Ramos en su más reciente colaboración en Reforma, mencionando que México no está en guerra, pero “casi”, haciendo una triste comparación con la Venezuela de Maduro. Por desgracia no concuerdo con él. Vivimos en guerra, aunque ésta no sea generalizada ni ocupe la mayoría de nuestro vasto territorio. Hay ciertamente muchas regiones en las que la delincuencia tiene el control territorial y dicta sus propias leyes. El Ejército y la Marina se baten casi siempre de manera heroica contra cientos de grupos de la delincuencia organizada que lo mismo se ocupan del trasiego de droga, que del tráfico de indocumentados o de la ordeña ilegal de ductos de gasolina o diesel, o del derecho de piso o de paso, por mencionar sólo algunos de los delitos más relevantes.

El mandamás de Venezuela Nicolás Maduro, ha declarado que México es un estado fallido. Qué triste que un dictador, un tipejo como él nos ponga en evidencia, pero por desgracia tiene razón. Quizás podamos argumentar válidamente que el señor ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, pero no deja de ser doloroso que ante lo evidente, nuestra defensa, -por hacer un símil grotesco-, sea más frágil que la que pudo presentar Julio César Chávez Jr. ante la paliza que le recetó “El Canelo” hace unos días.

La garantía de libre tránsito es hoy sólo una utopía en gran parte del territorio nacional y si hiciéramos un análisis de otros tantos derechos fundamentales que hoy vemos vulnerados, la lista se alargaría de forma triste y casi ilimitada. La base del pacto social, estriba fundamentalmente en el compromiso del Estado en mantener y asegurar la seguridad y supervivencia de los gobernados. Llevamos años sin que eso se cumpla.

No tengo duda, estamos en guerra y eso es muy triste. Más allá de nuestras tradicionales alegorías festivas, la muerte nos ronda de manera violenta e inmerecida en la mayoría de los casos.

Aquí nos vemos, yo voy derecho…

   

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