La muerte con la X en la frente

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Todos los arcanos mayores del Tarot tienen nombre y número. Bueno, casi todos. El Loco no tiene número y el arcano XIII carece de nombre. El arcano innombrable corresponde a la muerte que, guadaña en mano, no cesa su labor de segar la vida de los hombres.

Hija del sueño y de la noche, la muerte señala el fin absoluto de la vida. Es el símbolo del “no más”, del “hasta aquí”, del “se acabó” y de esa perfecta democracia en la que todo es perecedero, en la que todo se reduce a polvo: en la democracia de los muertos. 

Como sea, la muerte es un símbolo del cambio. Del último salto, del principio de incertidumbre. Para el mundo cristiano cruzar ese umbral era el inicio del camino que se bifurca para llevar a los puros al paraíso y a los réprobos a ese infierno que describió Dante.

Pero el destino más allá de la muerte en el mundo prehispánico no lo determinaban las acciones buenas o malas de los hombres, sino la forma en que se moría.

Los ahogados, los que recibían un rayo, los que morían por hidropesía llegaban al Tlalocan, un lugar de vegetación exuberante lleno de verdor.

Los muertos en combate y las parturientas muertas al dar a luz se convertían en compañeros del sol.

Tan grande era ese privilegio que podía decirse que sus corazones anhelaban dejar de latir al filo de obsidiana.

Los muertos por otras causas llegaban a Mictlán, al “lugar donde de algún modo se halla uno”.

De esas tradiciones cristianas y precolombinas vienen nuestras fiestas por el día de muertos. La muerte es algo tan importante que la integramos a la vida. Con Posada, baila y bebe; con Diego Rivera, se engalana con las plumas de Quetzalcóatl o nos mira con sus cuencas vacías desde los cráneos de piedra de la colección del pintor.

Dice el poeta Carlos Pellicer que el pueblo mexicano tiene dos obsesiones: su gusto por la muerte y el amor por las flores.  

Es festiva y dolorosa, nos alimenta en forma de pan, la comemos  hecha calavera de azúcar o nos aterra en los cráneos empalados de los Tzompantli donde la muerte es pared, bandera, señal, cúmulo para unir lo alto con lo bajo, el alto cielo con el Inframundo. Los cráneos de los tzompantli son cuentas que nos cuentan el cuento de los días. 

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