La Mañanera: ni muy muy, ni tan tan

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La Mañanera no tiene precedentes.

Nunca antes un mandatario se había expuesto tanto a los medios de comunicación como lo ha hecho Andrés Manuel López Obrador en los poco más de tres meses que ha durado su Administración.

¿Acaso alguien recuerda a Enrique Peña Nieto respondiendo preguntas abiertamente? En mi caso, que por un corto periodo de tiempo lo cubrí, puedo decirles que eso ¡era inimaginable!

Si bien, la conferencia matutina diaria del actual presidente no es la panacea, sí es una herramienta útil, tanto para el Gobierno, que a través de ella puede esclarecer planes, proyectos y cifras, como para los medios de comunicación que, valiéndose del foro, pueden ponerlo en evidencia cuando algo esté haciendo mal.

Sin embargo, a lo largo de estos días, algunos analistas se le han ido encima por considerar que el espacio es más bien un método propagandístico con el que el equipo del tabasqueño quiere dormir masas mostrando una careta de eficacia, democracia y bondad.

“Informa lo que quiere y como quiere”, dicen algunos, “eso no es transparencia”.

Otros, por su parte, achacan a los representantes de los medios de comunicación que no cuestionen mejor a las autoridades que todas las mañanas se dan cita en Palacio Nacional.

Los acusan de no estar bien informados y de no pararse frente a ellos con la espada desenvainada exigiendo las cuentas que muchos quieren escuchar.

El espacio es sin duda perfectible.

Si va en serio su intención de ser derechos y transparentes, el presidente y su equipo pueden echar mano de los buenos elementos que escogieron para dirigir las estaciones y canales de radio y TV del Estado mexicano, con la finalidad de que los orienten para que las conferencias matutinas no parezcan espacios de adoctrinamiento y que la secuencia de preguntas tenga un poco de orden.

Mientras que los medios de comunicación, por su parte, pueden enviar a sus mejores elementos a cuestionar, usando siempre la buena documentación como su arma principal para no dejar lugar a dudas cuando se esté actuando mal o al margen de la ley.

Los resultados están a la vista.

Hace unos días, con los pelos de la burra en la mano, una reportera puso contra la pared a la Administración federal y a esta última no le quedó más que pedir la renuncia de Miguel Ángel Lozada, Héctor Salvador Salgado y Luis Galván Arcos, tres empleados de Pemex involucrados en el desvío de recursos públicos que terminaron en empresas fantasmas a través de la llamada La Estafa Maestra.

No les quedó de otra.

También se puso sobre la mesa el tema de algunos funcionarios de Conacyt que incumplían los requisitos para desempeñarse en los puestos que les asignaron.

Tampoco tuvieron para dónde hacerse, no les dejaron alternativa más que decirles rápidamente “gracias” y “adiós”.

Y si hablamos a nivel personal, algunas secretarias de Estado, como Irma Eréndira Sandoval, de la Función Pública, y Rocío Nahle, titular de Energía, han puesto de manifiesto su falta de concentración en temas cruciales o, al menos, que de vez en cuando se les olvida el guion en casa.

Ejemplos, sobran.

En ese contexto, no podemos pasar por alto la disminución en el gasto de la oficina de la Presidencia de la República durante el mes de enero que, a decir de la Secretaría de Hacienda, fue de un 95 por ciento respecto a lo que erogó la Administración de Enrique Peña Nieto en el mismo mes de 2018.

Muchos de los recursos eran entonces para la promoción del mandatario en los diferentes medios de comunicación, a lo que algunos debían su tibieza en las críticas al mexiquense.

Hoy, al parecer, ya no hay compromiso con los medios. No debería haber quien nos detenga a la hora de informar.

El espacio es bueno, sepámoslo aprovechar.

Eso sí, haciendo un llamado al respeto, pues reiteradamente ha habido casos de intimidación en contra de los reporteros que lanzan preguntas incómodas al jefe del Ejecutivo y los demás que lo acompañan.

Así es esto de la 4T.

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